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Muerte y resurrección de Enrique Urquijo

En Música miércoles, 27 de noviembre de 2019

Carlos Pérez de Ziriza

Carlos Pérez de Ziriza

PERFIL

En el devenir de Los Secretos se citó posiblemente el mayor cúmulo de desgracias nunca visto en nuestro pop en un mismo grupo: dos baterías —ambos valiosos compositores— fallecidos en accidente de tráfico en cuatro años (Canito y Pedro Díaz) y la muerte, quince años después, de quien se había erigido en su principal compositor, Enrique Urquijo, por sobredosis de drogas.

Pero la banda madrileña, aún en activo gracias al empeño de Álvaro Urquijo, el único de los tres hermanos que aún permanece al pie del cañón, no merece pasar a la historia solamente porque el recurrente barniz tristón de sus textos se viera correspondido (más veces de las recomendables) por la descorazonadora realidad. No.

Aunque solo fuera por haber facturado uno de los mejores discos de power pop nunca hechos en España (el vitamínico Los Secretos, de 1981, en seria competencia con los dos primeros de Nacha Pop) y por haberse atrevido a facturar con solvencia discos de americana antes de que se inventara el palabro y cuando la música country era aún considerada cosa de paletos rednecks y demás fauna reaccionaria (El primer cruce, en 1986), ya merecerían Los Secretos ese reconocimiento que muchas veces se les he negado, y que tampoco a nivel de ventas ha lucido más que en momentos tardíos y muy puntuales.

No sobrepasaron el medio millón de copias hasta que facturaron su primer recopilatorio, ya a finales de los noventa, cuando Enrique Urquijo andaba más pendiente de consolidar su aventura paralela junto a Los Problemas, solo tres años antes de su muerte. Otro paralelismo con el directo de despedida que encumbró a Nacha Pop cuando ya eran una banda agonizante, en 1988. Ya se sabe que aquí los profetas lo suelen ser cuando merodean su ocaso.

Las canciones de Enrique Urquijo, quien nos dejó hace ahora veinte años y diez días, despedían esa tristeza serena que, de tan poco desgarro, diríase que era algo congénita. En alguna ocasión se le ha llegado a comparar con Antonio Vega, pero lo suyo transitaba una lírica sencilla y de menor vuelo, aunque su influencia haya gozado de una visibilidad parecida: los primeros pasos de Quique González no se entenderían sin él.

Es precisamente Quique González uno de los testimonios que el periodista Miguel Ángel Bargueño ha decidido incorporar a su reedición de Adiós Tristeza (Cúpula, 2019), la mejor biografía en forma de libro que nunca se ha escrito sobre un músico español, con permiso del Peret. Biografía íntima de la rumba catalana (Global Rhythm Press, 2011) de Juan Puchades. Originalmente publicado en 2005, ahora vuelve a ver la luz ampliando la coralidad de su remate final, con testimonios de Amaral, Mikel Erentxun, Luz Casal o Anni B. Sweet.

El cancionero de Enrique Urquijo era la mejor forma de hacerse una idea sobre la temperatura de su estado de ánimo en cada momento. Así de transparente era. Su ausencia de pretensiones, su indiferencia ante los etiquetajes, esa tierna forma de abrirse en canal sin remilgos ni temor a que desde fuera lo encajonaran en el arcón de lo sensiblero (“baboso” era como a él y a sus correligionarios les llamaban unas hornadas irritantes que, en general, han tenido luces de menor alcance) era su mejor activo.

"Enrique Urquijo. Adiós tristeza", Miguel Ángel Bargueño. Ed. Cúpula

El vigésimo aniversario de su muerte se conmemora con la edición del excelente libro de Bargueño, un trabajo tan exhaustivo que apabulla y al mismo tiempo engancha como el más adictivo de los relatos, y con el enésimo tributo a un repertorio al que difícilmente se le pueden extraer más lecturas, después de dos décadas sometido a reinterpretaciones sinfónicas por parte de la banda que aún lidera su hermano y a versiones con la rúbrica de Coque Malla, Miguel Ríos, Alejo Stivel, Rozalén o cualquiera de los muchos músicos que participaron en el concierto de homenaje que se celebró el pasado 17 de noviembre en el Wizink Center de Madrid ante ocho mil personas, una cifra que multiplica aproximadamente por ocho la que consigue reunir la formación actual de Los Secretos.

He muerto y he resucitado, cantaba de forma profética Enrique Urquijo en 1991. Al final, todo se trata de canciones que perduran. Tan sencillo y, a la vez tan difícil como eso.

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