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Todos queremos algo: las puertas de la universidad

Todos queremos algo: las puertas de la universidad

Richard Linklater firma una divertidísima y nostálgica película, ambientada en los ochenta, sobre los primeros años de universidad. Cuando Jake visita su nueva casa por primera vez, una residencia universitaria que se cae a pedazos y que comparte con un grupo de jugadores de béisbol, todo parece estar lejos de su alcance. No conoce a

Richard Linklater firma una divertidísima y nostálgica película, ambientada en los ochenta, sobre los primeros años de universidad.

Cuando Jake visita su nueva casa por primera vez, una residencia universitaria que se cae a pedazos y que comparte con un grupo de jugadores de béisbol, todo parece estar lejos de su alcance. No conoce a nadie y sus nuevos compañeros de equipo no parecen muy preocupados por él. Lo único conocido que le acompaña es su coche y una pequeña caja llena de discos de vinilo. Esto último no es porque el chaval sea hipster, sino porque Todos queremos algo transcurre en los años ochenta.

Ese no llevar mucho consigo es precisamente lo que pretende la película: la aventura universitaria americana para otro joven que no sabe dónde se mete. No importa lo que lleve encima, sino lo que será capaz de ofrecer en ese mundo desconocido que se abre ante él.

Pero incluso con ese prólogo tan antagónico para Jake, Todos queremos algo se siente acogedora. En la nueva película de Richard Linklater (Boyhood), el extravagante (y colorido) vestuario, la música y el atractivo reparto son parte de un escenario nostálgico que pretende ser a la vez divertido e inmersivo. Linklater cuela la cámara en las conversaciones de los protagonistas como si el plano fuera un interlocutor más, parte de ese juego de disfraces de anecdotario infinito, y el resto empuja sin ayuda.

Desde ahí, la premisa es sencilla: es viernes y, a tres días vista de que empiecen las clases, el equipo de béisbol que comparte casa debe acoger a los nuevos antes de que empiece la temporada. Y aunque el domingo sea el primer entrenamiento, hay alguien más esperándoles en el campus: chicas.

Everybody Wants Some

Jake se sube a un coche con otros cuatro compañeros de equipo. Se sienta en la parte trasera con dos de los chavales de primer año y dos de los veteranos ocupan las plazas delanteras, flirteando con cada joven que se cruzan por el camino.

Los diálogos con los que tratan de llamar la atención de las chicas, o aquellos con los que se insultan entre ellos, suenan más preparados y estrictos que en otras películas del realizador, así que el naturalismo que Linklater exhibió en Antes del anochecer o Boyhood nunca participa del todo. Es de ahí que Todos queremos algo se acerque más a los one liners de Bernie que a los ¿sabes? (you know?) que Ethan Hawke soltaba incansablemente en la trilogía Antes de…

Y lo cierto es que, aún descartado ese naturalismo, la película sí cuenta con algo muy natural (y libre): la mitología universitaria y las anécdotas que en ella se desarrollan. Todo encaja en el mundo que Linklater dibuja y todo es divertido porque nada parece fuera de lugar. Lo puesto en el escenario brilla y se disfruta porque, pese a lo cachondo del universo que retrata, es un universo que nunca pierde su coherencia interna con salidas de tono o falsas incongruencias en, por ejemplo, la notable ingenuidad de los personajes o la no aparición de adultos que atenten con cargárselo todo.

Linklater se divierte con las idiosincrasias de los personajes y la inocencia de los estudiantes y lo mezcla todo con una narrativa muy estructurada que nunca se sale de lugar: Una fiesta; chicas; una pelea; chicas; charla sobre béisbol; chicas. Y así.

Es una narrativa que, incluso con toda su autoconsciencia de cultura pop y música disco, es más universal de lo que su superficie ochentera tejano-americana sugiere. Es, si me lo permiten, un relato esencialmente fiestero que apunta a dejar el mismo legado que hasta este día conserva la genial Project X.

Como esa película, en Todos queremos algo sus protagonistas se adaptan. No hay grandilocuencia ni ambiciones imposibles porque todo está limitado por lo que son capaces de conseguir los inmaduros protagonistas. Y no, no es mucho. Tratan de encajar, de caer bien al resto y de pasárselo bien. Porque, al fin y al cabo, de eso trata la universidad, ¿no? O, al menos, mientras están descartadas las preocupaciones durante el inicio del curso.

Everybody Wants Some

Y esa calma que precede a la tormenta de las campanas que anuncian el inicio de cada clase se reverbera a través de las sonrisas del reparto. Todos están genial y trabajan en sus diferencias con la química de un grupo que parece que lleve actuando junto toda la vida.

Alejado el foco de la testosterona, Linklater cede protagonismo a una sola persona más: una chica. No a las chicas, sino a una en específico. Se sirve de ella como cliffhanger y los capítulos que van llegando quedan atados a un esperado epílogo que actúa como motor narrativo ineludible.

Es la expectación del romance, y la belleza de esa constante y colorida carcajada de quienes viven en Todos queremos algo, la que nos mantiene enganchados hasta el final. Y como Jake, todo lo que queda con nosotros es una sonrisa. La de Jake es de anticipación ante el inicio de su nueva vida. La nuestra es de nostalgia, puesto que para nosotros ya todo ha terminado cuando la película empieza.

PD: Glen Powell es, claramente, la estrella del filme.

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