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74 Festival de Venecia #3 Juventud y soledad

74 Festival de Venecia #3 Juventud y soledad

Los últimos días del Festival de Venecia se han caracterizado por un descenso en la calidad de las películas, presentando obras de nivel desigual: dos de indudable valor mientras que las restantes poco interesantes y en algunos casos francamente inútiles. El tercer largometraje italiano en concurso, Ammore e morte de los Manetti Brothers es un

Los últimos días del Festival de Venecia se han caracterizado por un descenso en la calidad de las películas, presentando obras de nivel desigual: dos de indudable valor mientras que las restantes poco interesantes y en algunos casos francamente inútiles.

El tercer largometraje italiano en concurso, Ammore e morte de los Manetti Brothers es un musical que se desarrolla en el ambiente de la camorra napolitana y que enfrenta las razones de la mala vida con los sueños de amor de Fátima, que un día se encuentra en el lugar equivocado en el momento equivocado. El antiguo amor, nunca olvidado, entre ella y el joven que debe eliminarla origina toda una serie de sucesos que llevan a un inesperado final. El tono general es de comedia y las canciones, la mayoría covers de piezas muy conocidas, se insertan muy bien en un desarrollo de los acontecimientos nunca cansino y que captura el espectador en todo momento. Sin duda, no es una obra maestra y difícilmente podría ser candidata a premios del certamen, pero defiende bien los colores italianos y confirma esa capacidad de la comedia, que tan ilustres orígenes tiene el cine transalpino.

Ammore e malavita (Marco Manetti, Antonio Manetti, 2017)

Claudia Gerini en Ammore e malavita.

Más anodina, Sweet Country del australiano Warwich Thornton es una especie de western ambientado en Australia y que se inspira en hechos verdaderamente ocurridos después de la Primera Guerra Mundial. Sam, guardián de ganado de raza aborigen, mata al ranchero Harry March por autodefensa, y se ve obligado a escapar junto a su mujer embarazada. Para protegerla, decide al final entregarse a la justicia, después de una larga huida por los paisajes áridos y también magníficos de Australia, dentro de una realidad feroz donde la separación racial entre blancos y aborígenes origina conductas basadas en la violencia y la explotación. Pese a la bella fotografía, el film transcurre con demasiada lentitud con muchos momentos francamente al borde del aburrimiento. Tampoco el recurso a los breves flashbacks y flashfowards, a lo largo de la narración, levanta una obra que no suscita ni emociones ni gran interés.

Sweet Country (Warwick Thornton, 2017)

Sweet Country.

Sin duda, la única película china en competición, Jia Nian Hua (Los ángeles visten de blanco), de la realizadora Vivían Qu, ha sido más lograda.  En una ciudad costera, dos estudiantes menores de edad son llevadas a un motel por un hombre de mediana edad que supuestamente abusa de ellas. La única testigo es otra joven, Mia (Jia Nian Hua), que trabaja de forma clandestina en la recepción. Por miedo a perder el trabajo, la chica no dice nada, mientras que para una de las estudiantes, Wen, empieza un calvario de visitas médicas y juicios por parte de la familia ya que se supone que el probable violador sea un hombre de prestigio social; por este motivo se intenta poner bajo silencio todo lo ocurrido.

Atrapadas en un mundo que parece no darles ninguna escapatoria a sus angustias, las dos jóvenes tendrán que buscar en sí mismas una vía posible de liberación, teniendo que sufrir momentos de humillación y angustia. La película es una historia de jóvenes adolescentes abandonadas dentro de una sociedad que continuamente quiere plasmar nuestras percepciones y nuestros valores, así como sobre las elecciones de vida que son consentidas y el coraje de hacer algo diferente y el intercambio entre víctima y testigo.

Las protagonistas viven todo esto dentro de una narración que  Vivina Qu presenta con mucho estilo, de forma muy natural, con una narración solo aparentemente fría y que en cada detalle de los encuadres transmite belleza, y al mismo tiempo desasosiego. Esperemos que el jurado considere en su palmarés con la debida justicia esta obra sutil y al mismo tiempo perturbadora.

Angels Wear White (Vivian Qu, 2017)

Jia Nian Hua en Angels Wear White.

Por otro lado, Abdellatif Kechiche  -por sexta vez presente al Festival de Venecia- con su nueva obra, Mektoub, my Love: canto uno, propone otra vez su cine muy personal, donde cada historia y trayectoria personal son sumergidas y se enfrentan continuamente con la comunidad de referencia, con una atención espasmódica a lo físico de los detalles, a los primeros planos, a los movimientos incesantes de la cámara y a las escenas colectivas.

Es lo que ocurre también en este largometraje de tres horas (basado en la novela de François Bégaudeau, La blessure, la vraie) y centrado sobre la figura de Amin (Shaïn Boumedine), un joven aspirante a guionista y fotógrafo que vuelve a su ciudad desde Paris, donde estudia, para pasar unos días de verano de 1994 en el sur de Francia, cerca de Marsella. Es la ocasión para encontrar a la familia, los amigos, conocer chicas y pasar el tiempo entre la playa, el restaurante de su primo, así como para ver a su amiga Ophélie, por la que siente una atracción especial. Sin embargo, pese a integrarse bien con el entorno, su relación es  distante como si le fuera difícil pertenecerle por completo, alejado como está de los amores estivales y las relaciones superficiales que lo rodean.

El estilo con que el director tunecino nos muestra las diferentes situaciones es magistral. Consigue sumergirnos por completo en el vértigo de diálogos y en el frenesí que viven todos los personajes, al fin y al  cabo secundarios, y al mismo tiempo poner en relieve la distancia que los separa de Amin, quien parece un observador en búsqueda de algo que sea algo más que una relación superficial y pasajera.

Si hay que encontrar un defecto en una cinta que tiene muchos méritos y jóvenes actores muy convincentes, es la amplitud del metraje, con algunas situaciones que el realizador habría podido presentar de forma algo más escueta, aunque el insistir en la redundancia fuera sin duda una de sus intenciones creativas.

Mektoub, My Love: Canto Uno (Abdellatif Kechiche, 2017)

Mektoub, My Love: Canto Uno.

Mucho menos impactante, el tercer largometraje galo de Xavier Legrand, que nos habla de la violencia, causa de la separación de una familia, cuando un padre es incapaz de controlar sus celos y frustraciones. Todo empieza con la decisión judicial de compartir la custodia de Julien entre Myriam y Antoine. La mujer y el chico temen al padre por su carácter violento; este aspecto no es inmediatamente expresado y habría que superar los últimos minutos de la cinta para que queden patentes en toda su fuerza y angustia.

Con este primer largometraje, el joven director  consigue transmitir bastante bien la sensación de inseguridad que viven madre e hijo, con momentos de gran intensidad, pero no convence completamente. Los personajes se quedan solo esbozados y no siempre el tema central sobresale con la fuerza argumental que necesitaría.

Jusqu'à la garde (Custody) (Xavier Legrand, 2017)

Jusqu’à la garde.

La última cinta presentada en el certamen ha sido la italiana Hannah de Andrea Pallaoro. Hay muy poco que contar de este film, centrado en la figura de una mujer que pierde su identidad y no consigue aceptar la realidad que la rodea. Sola y con el peso del marido detenido y el rechazo del hijo -no se sabe en ningún momento por qué motivo-, Hannah empezará a derrumbarse en su mundo.  A lo largo de hora y media, seguimos los movimientos y las costumbres de Charlotte Rampling (lamentablemente no muy expresiva) en una sucesión de momentos sin casi diálogos, que ofrecen sólo la sensación de un discurso incompleto. Por otra parte, tampoco permiten una identificación con las misteriosas razones de su alienación, que parece encaminarse hacia la progresiva incapacidad de soportar relaciones humanas y presión social. Una película francamente inconsistente.

Hannah (Andrea Pallaoro, 2017)

Charlotte Rampling en Hannah.

En los últimos años, los avatares de Escobar han sido contados por libros, películas, series famosas de televisión y documentales, pero la aproximación a través de la perspectiva de Virginia Vallejo es una novedad y ofrece una visión diferente, más íntima y personal sobre el comportamiento criminal del famoso narcotraficante.

Aranoa, con un estilo que recuerda el Scorsese de Uno de los nuestros o Casino nos lleva a vivir desde dentro una historia que es la de un naufragio, centrada en la última década de la vida de Escobar. Una existencia que nos habla de poder, atracción y fascinación, pero también de locura y de terror inauditos y de los que la periodista fue al mismo tiempo cómplice y testigo. El trabajo de Javier Bardem y de Penélope Cruz ( en un discutible inglés con fuerte acento sudamericano) es excelente; la cinta tiene ritmo, procede sin pausas, y es entretenida, pero no logra ser mucho más de un producto bien confeccionado y documentado.

Loving Pablo (Fernando León de Aranoa, 2017)

Javier Bardem como Pablo Escobar.

 

PALMARÉS

León de Oro: La forma del agua, Guillermo del Toro.

Gran Premio del Jurado: Foxtrot, Samuel Maoz.

León de Plata al mejor director: Xavier Legrand, por Jusqu’à la garde.

Copa Volpi a la mejor actriz: Charlotte Rampling, por Hannah.

Copa Volpi al mejor actor: Kamel El Basha, por El insulto.

Mejor guion: Martin McDonagh, por Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Misuri.

Premio especial del Jurado: Sweet Country, de Warwick Thornton.

Premio Mastroianni al intérprete revelación: Charlie Plummer, por Lean on Pete.

Premio a la mejor ópera prima: Jusqu’à la garde.

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