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Cine y TV

“Mank” y los elefantes carnívoros del Hollywood dorado

En Director's Cut, Cine y TV 8 diciembre, 2020

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

En Mank (2020), que ha tenido un efímero estreno en salas y ya está disponible en Netflix, David Fincher describe el proceso de escritura de Ciudadano Kane y reivindica a su guionista, Herman J. Mankiewicz. La película forma parte del contenido de auteur que la plataforma ofrece como un segmento cualitativo entre su programación, en la categoría de títulos como El irlandés (Martin Scorsese, 2019), y considerando que el contrato del director de Seven (1995) con Netflix tiene una duración de cuatro años, nos esperan varios títulos más —en IMDB se anuncia la preproducción de la secuela de Chinatown, 1974.

El atractivo del Hollywood dorado y su intrahistoria son innegables. Sin salir del catálogo reciente de Netflix, basta recordar la flojísima producción húngara CurtizTamas Yvan Topolanszky, 2018) sobre el rodaje de Casablanca o la baratija de serie que es Hollywood (Ryan Murphy, Ian Brennan, 2020), a las que sigue con una alta expectativa la última obra del valorado David Fincher, dirigida a partir de un guion de su padre, Jack —autor también de un biopic sobre Howard Hughes—, quien habría cumplido estos días 90 años. Mank es un homenaje en toda regla a una época que marcó el apogeo de una industria basada en el star system y los grandes estudios, definida por el personalismo y la capacidad de tiránicos emprendedores, que fue apuntillada por la transformación del negocio del entretenimiento, a partir de los años sesenta.

Sin los moguls, las estrellas y la legión de talentosos escritores y directores de origen centroeuropeo que convirtieron Hollywood en una reconocible fábrica de sueños, no existiría Mank. Jack Fincher eligió a Herman J. Mankievicz  para homenajear la figura del guionista, como protagonista absoluto, y para ello escoge un episodio central de su vida, manejando una línea del tiempo que parte del presente: en la primavera de 1940, el escritor se halla recluido en un bungalow de Victorville (Mojave) tras un accidente automovilístico; desde allí viajamos al pasado: a través de flashbacks conocemos al protagonista y comprendemos sus circunstancias; y en su postración crea el futuro: el guionista escribe, por 10.000 y sin acreditación, Ciudadano Kane.

Mank

Las transiciones al pasado se resuelven de aquella manera, las miradas a su propia historia, anunciadas con rótulos que imitan un guion (ext. día…) orientarán a los lectores de Caperucita roja, pero al resto de espectadores nos sonrojan por la zafiedad. La música que los acompaña, para insistir en su cualidad de inserto, no tiene más justificación, pero a pesar de todo, es en esos momentos donde encontramos algunas de las secuencias más interesantes de Mank. Entre ellas, la del pool de guionistas, entre los que se encuentran Ben Hecht (Encadenados, 1946) y Charles Lederer (sobrino de Marion Davies y guionista de Luna nueva, 1940) en la reunión de trabajo con David O’Selznick y Sternberg.

Fincher recrea un retrato de Mankievicz en el que acentúa su talento, su cinismo y agudeza, con los que ayuda a describir a los personajes que forman la constelación en la que orbita. Los tycoons del show business aparecen en su relación con otros magnates (William Randolph Hearst), aún más poderosos, en una contextualización que, en plena Depresión, muestra los intereses cruzados y subsidiarios de unos y otros. El monólogo insolente y la incontinencia verbal sin ningún filtro que desborda cada secuencia en que aparece Mank, sirven para describir las entrañas del negocio, para que el antihéroe actúe como un revelador. En contraposición al ingenio y sagacidad de que hicieron gala grandes guionistas como el propio Mank, el filme de Fincher adolece de falta de inteligentes diálogos, que agilizaran el relato y sedujeran al espectador. En su lugar, se nos ofrecen repetidas peroratas de borracho, como declaraciones de principios de alguien que, por otra parte, no necesitaba encontrar la verdad en el vino. De la misma forma, otra brillante secuencia, protagonizada por Louis B. Mayer (Arliss Howard) consiste también en un monólogo, digno de figurar en los anales del marketing y la manipulación, pronunciado por quien el guionista definió como un “elefante carnívoro”.

Mank

El guionista, como era habitual en su generación, se sumergió en el alcoholismo y la ludopatía tras una brillante carrera, en la que el licenciado en Filosofía y periodista dirigió el departamento de guionistas de Paramount, produjo a los hermanos Marx, luchó en la PGM y trabajó como publicista de Isadora Duncan, entre otros menesteres. El éxito social y las relaciones públicas corrieron parejas a su talento profesional y recreativo, ganando el derecho a introducirse en los salones más requeridos gracias a su atractiva personalidad. De esa manera, se produce el encuentro entre Mankiewicz (Gary Oldman) y Hearst (Charles Dance), a través de su esposa, Marion Davies (Amanda Seyfried), una relación a dos bandas en la que prima la que mantiene con la actriz. Los flashbacks nos muestran el acercamiento y la creciente amistad entre los dos, ofreciendo el retrato de una joven inteligente y sensible, que refuerza la pretensión del guionista de no haber basado en ella el personaje de Susan Alexander, quien más bien se asemeja a la cantante Gladys Wallis, esposa del magnate Samuel Insull.

Si la experiencia de Mankiewicz con los Hearst inspiró al detalle el guion de Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941), Mank, por contra, describe al empresario con una tibieza envuelta en buenos modales que en absoluto concuerda tampoco con el retrato del personaje que se llevó a la pantalla. La iniquidad y la vileza del millonario alcanzaron en su momento cotas planetarias —mi tío-bisabuelo murió en la Guerra de Cuba, que Hearst promovió—, siendo pálido reflejo de las mismas su fascinante mansión fruto del expolio natural y cultural, y cuya visita sobrecoge todavía hoy extraordinariamente. Fincher no malgasta tiempo ni siquiera en sugerir la carrera criminal a hiperbólica escala que engrosa las cuentas de Hearst, siendo que argumentaría con solidez el valor de bufón que se otorga al guionista. En aparente contradicción, Mank se sienta a la mesa del magnate, participa en los fines de semana en San Simeón, junto a sus jefes en los estudios y estrellas como Charles Chaplin, y a la vez vomita diatribas (hasta literalmente) contra los poderosos. Hearst le acoge por lo que dice y no por lo que escribe, mientras mantenga las formas, aunque por ideología esté en la cuneta y profesionalmente en el ajo, repudiado, pero tolerado y manipulado.

Fincher se explaya en el discurso político retratando a Mank como ferviente izquierdista, sirviéndose de las elecciones a gobernador de California de 1934, para que declame proclamas en defensa de Upton Sinclair perfectamente vigentes, y atacar de frente el poder de las fake news, en uno de los episodios a los que Jack Fincher ha dedicado una más sentida descripción.

La franja temporal del presente pierde peso frente a la historia vivida, que hace posible la escritura del resultado futuro —siempre sumidos en un brillante argentado blanco y negro, falsamente  evocador— y ahí viene una reivindicación de la autoría en solitario del guion de Ciudadano Kane, que Mankiewicz y Welles compartieron junto con el Oscar, único de los nueve a los que fue nominada la película. Esta decepción y fracaso de taquilla —el primero y después habitual en el cine de Welles—, se debió en parte al boicot de Hearst —por poner un ejemplo, a través de la reina de la maledicencia Louella Parsons impidió el estreno en el Radio City, chantajeando al propietario—, pero se compensó con creces gracias a la rehabilitación de la crítica, especialmente de la Nouvelle vague, que en 1946 declaró el advenimiento de una nueva era de la cinematografía de la mano de Orson Welles. La vindicación definitiva del guionista tuvo lugar en 1971, con la publicación de Raising Kane, la obra de la emblemática y controvertida crítica de cine Pauline Kael, un ensayo en el que defiende la autoría única de Mank. El homenaje de los Fincher al guionista de la considerada por Roger Ebert una de las diez mejores películas de la historia se beneficia de una excelente interpretación de su protagonista —capaz de personificar a Sid Vicious y Churchill, Dylan Thomas y Joe Orton—, un guion eficaz y un fascinante material de partida, al que no se ha faltado el respeto. Sin embargo, no podemos hablar de una obra rotunda que bien podría haber incorporado un ápice del poder de seducción de sus modelos.

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