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Los más brillantes testamentos musicales

En Música 10 June, 2020

Sergio Ariza

Sergio Ariza

PERFIL

2020 está siendo, más que un año, una maldición bíblica, no se libran los músicos y la lista de despedidas musicales a mitad del año comienza a rivalizar con la de 2016, si no tanto en importancia, sí que desde luego en número. Si en 2016 se fueron Prince, David Bowie, Leonard Cohen, George Martin, Glen Frey, George Michael, Merle Haggard o Mose Allison, en 2020 ya nos han dejado artistas como Little Richard, Bill Withers, Florian Schneider de Kraftwerk, John Prine, Betty Wright, Adam Schlesinger de Fountains Of Wayne, Luis Eduardo Aute, Kenny Rogers, Neil Peart de Rush, Andy Gill de Gang Of Four, Steve Martin Caro de Left Banke, Joseph Shabalala de Ladysmith Black Mambazo, Manu Dibango o Phil May de los Pretty Things.

Eso sí, 2020 todavía no nos ha regalado testamentos musicales a la altura de los que nos dejaron Bowie y Cohen en 2016, puede que lo más cercano fuera la canción que despedía el último disco de Prine, The Tree of Forgiveness, grabado hace dos años. Allí el maravilloso compositor nos comentaba con la socarronería habitual y un poco de guasa lo que tenía planeado hacer nada más llegar al cielo, tomarse una cóctel de vodka y ginger ale y fumarse un cigarro de nueve millas de largo… Ahora, por culpa, del maldito coronavirus, Prine debería estar disfrutando de esas caladas eternas.

Pero, como decía, fue en el año 2016 cuando dos gigantes como David Bowie y Leonard Cohen entregaron los dos testamentos musicales con los que se tendrán que medir todos los demás. Cada uno tuvo unas circunstancias bien diferentes, el creador de Ziggy Stardust había vuelto a la música el 8 de enero de 2013, el día de su 66 cumpleaños, con “Where Are We Now?”, después de un parón de una década e innumerables rumores sobre su salud, en marzo aparecía el notable The Next Day, en el que el artista miraba atrás hacia su propia carrera. Después de tan significativa vuelta, tocaba mirar hacia adelante.

Pero, a mediados de 2014, el destino se interpuso en su triunfal regreso, le fue diagnosticado un cáncer de hígado, que Bowie solo le comunicó a su familia y a sus más cercanos colaboradores, pero decidió que el cáncer no le iba a impedir grabar un nuevo disco. En enero de 2015,, se metió en un estudio de grabación con su productor de toda la vida, Tony Visconti, totalmente calvo por la quimioterapia, y comenzó a grabar Blackstar.

Una de las características más interesantes de Bowie siempre fue su exquisito gusto y la capacidad de ver la grandeza; en los 60 fue fan de los Beatles, Dylan y los Stones, en los 70 ya hacía versiones de Bruce Springsteen, antes de que sacara el Born To Run, luego miró al Krautrock, en concreto, a Kraftwerk, mucho antes de que se convirtieran en un nombre habitual en el mundo anglosajón. En los 80 se decantó por Prince, pero volvió a las guitarras gracias a los Pixies, sin necesidad de esperar al triunfo de Nirvana, en los 90 le dio por Nine Inch Nails y el Drum and Bass de Goldie o Aphex Twin.

Lo que Bowie había elegido como banda sonora durante su batalla contra el cáncer era To Pimp A Butterfly de Kendrick Lamar y eso, como siempre había pasado en su carrera, se iba a ver reflejado en su música. Y no es que de repente Bowie fuera a sacar un disco de rap, ni mucho menos, sino que iba a hacer su propia versión, sonando, como siempre, a sí mismo.

Así que contrató a una banda de jazz neoyorquina, capitaneada por Donny McCaslin, como banda de acompañamiento y se dispuso a grabar un disco para la historia. Los dos primeros adelantos del mismo fueron la canción titular y “Lazarus”, sin conocer su enfermedad ya se podía vislumbrar su grandeza, se trataba de sus dos mejores canciones desde “Ashes To Ashes” en el lejano 1980.

El disco apareció finalmente el 8 de enero de 2016, el día de su 69 cumpleaños, Bowie moriría dos días más tarde ante la sorpresa general, pero solo había que escuchar atentamente y uno veía que nos había dicho adiós con su música. Mira hacia arriba, estoy en el cielo, tengo cicatrices que no se pueden ver… o en la espléndida “Dollar Days”, un repaso a su vida y su carrera, enmarcado por una frase que se repite continuamente I’m Dying To, aunque a lo que suena es a”I’m dying too (También me estoy muriendo).

Hasta el título del disco parece toda una declaración de intenciones, siendo una posible referencia a “Black Star”, una desconocida canción de uno de sus ídolos, Elvis Presley (que curiosamente comparte fecha de cumpleaños con Bowie), en la que dice: Y cuando un hombre ve su estrella negra sabe que su fin ha llegado. Y eso por no hablar de la última canción del disco, “I Can’t Give Everything”, en la que si el inicio nos resulta tan familiar es porque Bowie se está sampleando a sí mismo.

Utilizando la misma armónica que aparece en “A New Career, In A New Town” de Low, Bowie parece dejarnos claro que está preparado para emprender el último y definitivo viaje, habiendo regalado su última obra maestra. Como diría Visconti,su muerte no fue diferente de su vida, una obra de arte. Hizo ‘Blackstar’ para nosotros, fue su regalo de despedida.

Lo de Leonard Cohen no fue tan premeditado, pero sí igual de conmovedor. El canadiense tenía más de 80 años cuando comenzó a grabar este disco y su salud se había resentido bastante tras la gira de 2013, así que este disco lo grabó desde su habitación de su casa de Los Ángeles.

Su estado no impidió que se involucrara al máximo entregando algunas de sus mejores canciones en años, a pesar del dolor. Cohen vislumbraba que la llama se estaba apagando y todo se vio confirmado cuando en una de las últimas sesiones le escribió Jan Christian Mollestad para decirle que Marianne Ihlen, la mujer con la que había compartido la década de los 60 y a la que había dedicado “So Long Marianne” y “Bird On A Wire” estaba en su lecho de muerte.

El poeta decidió escribir a su musa un sencillo mensaje: Queridísima Marianne, estoy justo detrás de ti, lo suficientemente cerca para coger tu mano. Este viejo cuerpo se ha rendido, como también el tuyo. Nunca he olvidado tu amor y tu belleza. Pero tú lo sabes. No tengo que decir nada más. Buen viaje, vieja amiga. Nos vemos en el camino. Amor y gratitud sin fin. Mollestad contó que, según le leía el mensaje, Marianne alzó la mano como para coger la de Cohen, unos días después fallecía mientras le cantaban al oído”Bird On A Wire”. Cohen cumpliría su palabra y fallecería menos de cuatro meses después, dos semanas después de la aparición de “You Want It Darker”, su maravilloso canto de cisne. Adiós Marianne, adiós Leonard…

Y es que, desde ese coro funerario que abre la canción que le da título, Cohen se despide del mundo con esa voz totalmente limitada, pero que no puede ser más expresiva, un gruñido grave que acaricia las palabras con la misma delicadeza con la que están escritas.

El disco se cierra con una preciosa versión de “Treaty”, apoyada por un cuarteto de cuerdas, con la voz de Cohen diciendo sus últimas palabras:Desearía que hubiera un pacto entre mi amor y el tuyo. Uno no puede sino pensar en su carta de despedida a Marianne, es una de esas canciones que ponen un nudo en la garganta, sabiendo que decidió ponerla de última canción de su último disco. Contradiciendo a una de sus canciones más recordadas, hey, esa sí es manera de decir adiós.

Pero si Bowie y Cohen fueron la culminación de este tipo de despedidas musicales, hubo varias anteriores, solo hay que pensar en Bob Marley y sus canciones de redención, en la mirada perdida en el vacío de Kurt Cobain, mientras se desgañita cantando “Where Did You Sleep Last Night?”, en Joey Ramone saliendo del hospital, en el que estaba internado con un cáncer terminal, para grabar su versión del “What A Wonderful World” o en el añorado J Dilla creando el maravilloso “Donuts” en la cama de su hospital con un Boss SP-303, un tocadiscos y unos pocos 45 revoluciones. El disco, una de las dos referencias fundamentales del hip hop instrumental junto al “Endtroducing” de DJ Shadow, apareció el día de su 32 cumpleaños, tres días antes de su muerte.

Pero puede que uno de los testamentos musicales más interesantes, hasta los de Bowie y Cohen, fuera la del gran Johnny Cash con “American IV: The Man Comes Around”, el cuarto disco de su serie producida por Rick Rubin, y el último que vio publicado en vida. Grabado en 2002, cuando el autor de “Folsom Prison” contaba con 69 años (la misma edad que Bowie cuando murió), Cash sufría varios problemas de salud y la grabación se vio interrumpida constantemente por sus visitas al hospital. Aun así el compañero de Elvis en Sun Records dio algunas de las interpretaciones más espectaculares de su carrera.

Con un repertorio basado casi exclusivamente en versiones, Cash se convierte en el mayor ladrón de canciones de la historia, reinterpretando magistralmente el “Personal Jesus” de Depeche Mode en forma de blues acústico o dándole todo un nuevo significado al “Hurt” de Nine Inch Nails. Si Trent Reznor la había escrito desde la perspectiva de un yonqui que contempla la idea del suicidio, Cash la transformó en el lamento de un hombre mayor que sabe que va a morir. Ver a su esposa, June Carter, mirarle durante el vídeo de la canción es verdaderamente escalofriante, sobre todo si se piensa que ambos dejarían este mundo muy poco después. Reznor tuvo que reconocer que después de la versión de Cash, la canción ya no le pertenecía…

Por si fuera poco, Cash decidió terminar el disco dando su toque al “We’ll Meet Again” de Vera Lynn, la canción definitiva sobre despedidas. Escrita en 1939, se convirtió en el himno oficioso de los soldados británicos y sus familias durante la II Guerra Mundial. En 1964 Stanley Kubrick la utilizaría para poner banda sonora al apocalipsis nuclear de Teléfono Rojo, volamos hacia Moscú.

Pero puede que la despedida definitiva de Cash se quedara fuera del disco, a pesar de haber sido grabada durante las mismas sesiones. Durante las grabaciones de American IVJoe Strummer, el cantante de los Clash, se había pasado varias veces por el estudio para ver a uno de sus ídolos, así que aprovechó para grabar una versión del “Redemption Song” de Marley con Rubin, éste decidió convertirla en un dueto y sumó a Tom Morello para acompañar al primer punk de la historia y al definitivo. Ni Strummer, ni Cash, llegarían a verla publicada…

Los comentarios sobre esta canción suelen ser Una leyenda del country y una leyenda del punk se juntan para grabar una canción folk de una leyenda del reggae, pero muchos tienden a olvidar que detrás de la mesa se sienta una leyenda del hip hop y a la guitarra está una leyenda del rock. Y es que, al fin y al cabo, las etiquetas las ponemos nosotros y esto no es sino música liberadora, y como diría el propio compositor de la canción: Una de las cosas buenas de la música es que cuando te golpea, no sientes dolor, así que golpéame con música.

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