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Nadie recordará «El ritmo de la venganza»

En Cine y TV 4 March, 2020

Javi Cózar

Javi Cózar

PERFIL

Pasó hace unos días. A Jason Blum, fundador y CEO de Blumhouse, se le quejaron en Twitter de que el tráiler de El hombre invisible explicaba todo el desarrollo argumental de la película. Su respuesta fue, literalmente, excusarse diciendo que es prácticamente la única manera de arrastrar a la gente a las salas de cine.

Jason Blum no tiene nada que ver con El ritmo de la venganza, pero su respuesta delata el mismo problema que esta película, problema que es uno de los más serios inconvenientes del cine comercial estadounidense actual: la pereza. En el caso de Blum, pereza por no querer buscar formas expresivas en los tráileres que sean atractivas para el gran público sin necesidad de explicar paso a paso la película. Una actitud que raya la ofensa, porque entiende Blum que a la gente o se le cuenta todo o no va al cine, ergo la gente es tonta de remate porque solo quiere pagar una entrada si sabe de antemano todo lo que va a ocurrir en la película.

El ritmo de la venganza

En el caso de El ritmo de la venganza, pereza porque renuncia, como artefacto comercial que es, a superar su obvio papel de clon de docenas y docenas de películas que han explicado anteriormente la misma historia. Aquí podría citarse seguramente como referente más manifiesto Nikita, dura de matar, dirigida en un ya lejano 1990 por Luc Besson.

Efectivamente, ya hemos entrado plenamente en el siglo XXI y el cine comercial estadounidense se resiste a abandonar formatos y maneras propias del siglo XX, porque El ritmo de la venganza es una película de los años 90 del siglo pasado, no de los años 20 del siglo actual. Quizás entonces tendría sentido, era un momento en el que la mujer empezaba a tener una relevancia en el cine comercial, particularmente en el de acción, que en los años 80 apenas había logrado con las honrosas excepciones de Sigourney Weaver y poco más. Esta es una película que, en sesión doble con Instinto básico, podría haber dado el pego. Entonces, no ahora.

El cine de acción actual debería integrar a la mujer con naturalidad en sus esquemas, superada afortunadamente ya su función meramente decorativa, pero esta integración pasa por algo más que colocarla al frente de productos estereotipados en los que el sexo del/la protagonista es indiferente. Y esto es lo que ocurre aquí o en el reciente remake de Los ángeles de Charlie. El argumento es este: una mujer atormentada por su pasado acaba siendo entrenada por un agente secreto para llevar a cabo una venganza sobre los terroristas que asesinaron a su familia. Si alguien espera que El ritmo de la venganza vaya más allá de este postulado, va listo.

El ritmo de la venganza

La indolencia de la película a la hora de otorgar a la mujer un papel protagonista bien escrito, que durante la proyección llega a convertirse en un problema ciertamente molesto, se traslada a casi cada aspecto de producción. Todo está visto mil veces, y las maneras de narrar son del todo recurrentes: los mismos montajes, los mismos planos, los mismos gags. Ojo, no pido una revolución cinematográfica en cada blockbuster. Sería ingenuo pretender que cada película de acción destinada al gran público exhibiera o bien las ideas frescas de un Christopher Nolan o el desparpajo reciclador de un Michael Bay. Pero se pueden fabricar, existen de hecho muchos ejemplos de películas maravillosas armadas a partir de la reutilización de ideas previas, no es imperativo proponer siempre argumentos novedosos para que el resultado sea sugestivo.

En cambio, transitar en la nadería más rampante no dignifica ni a los implicados en la película ni a la audiencia que acude esperando un poco de originalidad. Y la desgana con la que está contada El ritmo de la venganza es semejante a la alegría con la que va saltando de cliché en cliché sin, por lo menos, atreverse a proponer ni relecturas actualizadas ni miradas críticas que los puedan justificar.

El ritmo de la venganza

Como consecuencia directa de esta bulimia creativa, El ritmo de la venganza no solamente está muy lejos de ofrecer un buen espectáculo en cuanto a acción se refiere (sus escasos momentos al respecto carecen de emoción), es que resulta como poco hilarante en su supuesta plausibilidad argumental. Es decir, ¡venga ya!: la protagonista empieza la película hecha un despojo humano, prostituyéndose físicamente y desmoronada psicológicamente, pero en poco más de la mitad de metraje se convierte en una letal asesina capaz de enfrentarse (y matar) a peligrosos terroristas. Esto no lo compra ni un chimpancé.

El ritmo de la venganza

Más allá del peligroso y erróneo mensaje social de empoderamiento femenino que dispara al aire (es necesario matar para convertirse en una mujer con la fortaleza física y mental del hombre que la entrena), llama poderosamente la atención que la directora de este engendro sea Reed Morano, que hace dos años firmó la nada desdeñable ¿Estamos solos? (I Think We’re Alone Now). Era aquella una película que, aparte de estar bellamente filmada, convertía (esta vez sí) una idea nada novedosa, como lo es la cotidianidad en un planeta postapocalíptico, en un cuento que rezumaba una enorme sensibilidad.

Sensibilidad que brilla por su ausencia en El ritmo de la venganza, producto torpe y, como vengo diciendo, bastante representativo de la pereza que asola la producción comercial estadounidense del siglo XXI. Pereza que, ya que estamos, se extiende incluso hasta la distribuidora española, que sin el menor rastro de pudor ha convertido una película titulada “The Rhythm Section” en “El ritmo de la venganza”. Solicito un momento de aplausos para la vez número 27.913 que una distribuidora de cine en España coloca en el título de una película la palabra “venganza”.

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