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La alargada sombra de Prince

En Música 16 April, 2020

Carlos Pérez de Ziriza

Carlos Pérez de Ziriza

PERFIL

En solo unos días, se cumplirán cuatro años de la muerte de Prince. Fue uno de los músicos más talentosos e imaginativos de las últimas décadas, de todo el siglo XX, en realidad, aunque su discografía aún deparase algún trabajo de cierto peso ya en este siglo: su disco 3121, de 2006, por ejemplo. El genio —porque este sí lo era— de Minneapolis nos convenció de que Jimi Hendrix, Marc Bolan, George Clinton, Sly & The Familiy Stone y hasta algo de los Beatles (en sus vaharadas psicodélicas) podían convivir en un mismo cuerpo. Nos hizo partícipes de ese milagro.

Por eso no es de extrañar que en los últimos años hayan seguido viendo la luz algunas de las composiciones de ese hondísimo arcón que debía atesorar con celo en su mansión de Paisley Park: discos como Piano & Microphone 1983 (2018) u Originals (2019), por ejemplo; reediciones en formato deluxe de sus obras maestras de los años ochenta. Incluso libros como The Beautiful Ones (2020), que es lo más parecido que leeremos nunca a unas memorias de su puño y letra.

prince

Pero la prueba más concluyente de la pervivencia del legado de Prince no recae solamente en la enésima exhumación de material inédito, ni en las remasterizaciones de sus cumbres, que seguirán llegando, ni mucho menos. La evidencia más palpable de su influencia se hace notar en muchas de las canciones de un puñado de músicos de la actualidad, cuyos discos no tendrían las mismas hechuras sin su ascendiente.

Fijémonos en Childish Gambino, el músico y actor (Danny Glover, vaya) que se ha dado a conocer en la última década, y que experimentó su pico de popularidad hace un par de años con el videoclip de “This is America” (más de 600 millones de reproducciones).

En su nuevo trabajo, 3.15.20 (RCA, 2020), casi todas las canciones tienen por título el punto de su minutaje. Al igual que el título del álbum y, al igual que ya ocurría en anteriores trabajos suyos, la sombra de Prince es escandalosa en cortes como “12.38” o “24.19”, en los que se apropia de su vis más sinuosa y sensual.

En una onda muy similar se mueve Thundercat, otro de los grandes revitalizadores de la música negra de los últimos años, un músico que también ha trabajado con Childish Gambino, por cierto. De nombre real Stephen Bruner, este bajista y cantante californiano ha sido parte indispensable en algunos de los mejores discos de la última década: piensen en New Amerikah, de Erykah Badu, de 2008, o To Pimp a Butterfly, de Kendrick Lamar, de 2016, o cualquiera de los discos de su colega Flying Lotus.

Y aunque en su ecléctica amalgama de sonidos se pueden localizar las trazas del Stevie Wonder más cósmico, del funk alucinado de George Clinton o incluso de free jazz (por algo también hace buenas migas con Kamasi Washington), también hay algo del Prince primerizo en su música, del más naïf, el que desentrañaba un sentimentalismo con menos dobleces. Por algo ha dicho alguna vez Thundercat que su canción favorita de Prince es “My Love is Forever” (1978): el Prince más inocente, el más enamorado de la vida.

Y otro que sabe muy bien lo que es metabolizar algunos de los mejores nutrientes patentados por Prince es Yves Tumor. Otro músico norteamericano, de Florida, que tampoco se llama como su nombre artístico: en su documento de identidad figura Sean Bowie. O eso dice, que tampoco está muy claro.

De corte más experimental que Childish Gambino o Thundercat, propenso a emborronar sus hallazgos melódicos con tramas de sonido industrial que revelan su amor por Throbbing Gristle, se puede decir que en Heaven To a Tortured Mind (Warp, 2020) Yves Tumor ha hecho que su mensaje sea más asequible. En su caso, echando mano de la herencia del Prince más flamígero, más ostentoso y pirotécnico, como se aprecia en esta “Kerosene!” y su inflamado solo de guitarra.

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