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Cultura

La decepción o la educación sentimental de Gustave Flaubert

En Hermosos y malditas, Cultura 6 mayo, 2020

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

El próximo año se celebrará, presumiblemente, el 200 aniversario del nacimiento de Gustave Flaubert (1821-1880), un escritor “decembrista”, etiqueta informal que uno mismo se inventó en su día a fin de investigar si había un estilo identificable en los escritores nacidos el último mes del año y sin que a día de hoy haya podido demostrar nada de mi teoría particular.

Uno ha aprovechado la pandemia para revisar, por este orden, las tres novelas fundamentales de este escritor descreído que hizo de la desilusión la herramienta principal de la educación político-sentimental: Madame Bovary, La educación sentimental, Bouvard y Pécuchet. Miles de páginas leídas entre el ruido de las caceroladas y el eco de los cadáveres de la historia en las calles de París, páginas que tienen en común una estética del descreimiento y una pálida lucidez que surge, precisamente, de la desilusión. La educación sentimental recoge ese proceso intelectual y estético que, en mi opinión, guarda muchas similitudes con la incredulidad de nuestros días.

Flaubert

Me interesaba íntimamente La educación sentimental, porque hace tiempo que recojo pasajes filosóficos, cinematográficos y literarios sobre la desorientación en el interior de una distracción que tiene ver, a su vez, con un ensueño. Flaubert comienza con un estupendo ejemplo de lo que busco: en la cubierta de un barco el joven y hermoso Frédéric Moreau piensa en pasiones futuras. De inmediato se solapa su ensueño sentimental con el paisaje y, entre el vapor, cobra forma el amor que habrá de marcarle el resto de su vida. Piensa que la felicidad de su alma tarda en llegar y cuando ve por primera vez a la señora Arnoux la neblina de esa pasión futura cristaliza: Fue como una aparición: Estaba sentada en medio del banco, completamente sola; o por lo menos él no vio a nadie en el deslumbrante fulgor que le enviaron sus ojos.

También su ropa es volátil como una nube de ensoñación. En la aún reciente traducción de Mauro Armiño en Valdemar: Llevaba un amplio sombrero de paja, con cintas rosas que palpitaban al viento en su espalda. Sus bandós negros, rodeando la punta de sus grandes cejas, descendían muy abajo y parecían ceñir amorosamente el óvalo de su rostro. Su vestido de muselina clara, moteada de lunares, se desparramaba en numerosos pliegues […] toda su persona se recortaba sobre el fondo azul del aire. Luego, en un párrafo de ecos cervantinos, se funde paisaje, mujer y literatura: Se parecía a las mujeres de los libros románticos. No habría querido añadir ni quitar nada a su persona. De repente el universo acababa de ensancharse. Ella era el punto luminoso donde convergía el conjunto de las cosas; –y, acunado por el movimiento del coche, con los párpados semicerrados, la mirada en las nubes, se dejaba llevar por una alegría soñadora e infinita.

La frase es rotunda a mis intereses: Con la mirada en las nubes, se dejaba llevar por una alegría soñadora e infinita. Los franceses tienen un término para soñar despiertos: reverie.  Es la poética filosófica de Jean-Jacques Rousseau.

flaubert

El joven frecuentará al señor Arnoux para estar cerca de su amor mayor y secreto. Lo hace en un escenario esplendoroso, París, capital de la burguesía emergente, donde la voluptuosidad se mezcla en el aire con la revolución de 1848. Su deseo, el desprendimiento de su curiosidad es tal que abandona todo. Abandona sus raíces, abandona el mundo circundante. Como el propio Flaubert abandona el derecho, es un torcido. Abandona el interés por la política, abandona los sueños conforme los va alcanzando. Es el reflejo literario del camino vital de Schopenhauer: el malestar por no tener, la decepción tras conseguir.

Es posible que La educación sentimental, antes que Madame Bovary, sea la obra maestra de Flaubert. Alterno las tres lecturas A los personajes de Bouvard y Pécuchet les sucede lo mismo que a algunos confinados, una facultad lamentable surge en su espíritu, ver la estupidez y no poder, ya, tolerarla. Los personajes de Madame Bovary experimentan la misma decepción tras conquistar sus anhelos: A los ídolos no hay que tocarlos: se queda el dorado en las manos. Lo mismo le ocurre a la heroína de la novela: De todos modos no era feliz, no lo había sido nunca. ¿Por qué aquella insuficiencia de la vida, aquella corrupción instantánea de las cosas en que ella se apoyaba?

La ágil traducción de Mauro Armiño parece tan rápida como la facilidad con que el joven protagonista, ese Don Quijote del ensueño amoroso, se decepciona de sus anhelos sentimentales. Conforme avanza la historia y se produce la famosa convergencia de individuo e historia, sucede lo mismo con todos los ideales políticos del siglo de las ideologías. La izquierda trata de democratizar un sistema viejo, injusto y clasista, pero esa generación crecida con los ideales de la revolución de 1830 llena de contradicciones individuales, verá su pasión atrozmente aplastada en los charcos en 1848 y Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del gran emperador, volverá a ocupar el gran trono tras una breve alucinación colectiva capaz de dejar la misma huella en la historia que un rastro de carmín. Flaubert refleja con distanciamiento e ironía todas las posturas: Soy un detractor de cualquier gobierno. Me gustaría destruirlos a todos. Frédéric vive en la revolución, pero no la vive, su vida es interior, invisible, observa los acontecimientos, al igual que Flaubert los retiene y mastica con una rara saña. Georg Lukács la describió como la novela psicológica de la desilusión.

flaubert

Desilusiones de clase, Frédéric Moreau persigue como hará Jay Gatsby mucho tiempo después una imagen en su corazón (la educación puramente sentimental la redenominó Proust). Se “codea” (como nosotros literalmente hacemos ahora al saludarnos en la transición a la nueva normalidad) con personajes de la política y del arte solo para darse cuenta de que solo pretenden abusar de él.

Desilusiones vitales: Frédéric Moreau no hace nada, escribe y lo deja, quiere pintar, pero le da pereza aprender. Entre sus intensas y frágiles ilusiones (fruto de su pasión inactiva) los personajes se convierten paulatinamente en personificaciones de hechos de la historia. La razón pública quedó profundamente perturbada. Personas inteligentes se quedaron idiotas para toda la vida. La desilusión política es la parte externa de la educación sentimental ¿Sabíamos que una hija de Marx, Eleonor Marx-Aveling, fue la autora de la primera traducción de la novela de Flaubert al inglés?

Los sueños convertidos en torpes realidades, los amores sublimes transformados en irrisorios lugares comunes. Desencanto de todo, ve nacer a su hijo como el que ve una boñiga de vaca, morirá y no lo lamentará.  Desilusión de la aristocracia. Decepción del propio Flaubert consigo mismo. Frédéric caerá en el ridículo, como mentecato, como calzonazos, como provinciano, pero también del otro lado todo es desilusionante y frente a ellos, podrá decirse a sí mismo, se ha erguido a veces como valiente, como conquistador, ¿qué más da todo? Como escribió Ernesto Sábato, Flaubert-Frédéric se ensaña, sobre todo, consigo mismo con la crueldad con que solo un gran neurótico puede hablar de su yo…

Me fascina que Flaubert, al igual que nosotros, humanos postvirales, le dedique tanto tiempo a los cretinos, como si no acabara nunca de sacárselos de encima. Al final ni siquiera le quedará el ensueño romántico del amor puro, imposible, apasionado porque toda biografía lleva siempre la firma de la nostalgia. ¿Qué queda después de tanta historia, después de tanta vida? La nostalgia de un instante de fascinación y desconocimiento juvenil en un lupanar idealizado, probablemente sórdido.

Hemos hecho caso al autor, y no hemos leído La educación sentimental como los niños: por diversión; ni por instrucción, como los ambiciosos. La hemos leído como todos leemos en tiempo de pandemia: para vivir. Con un añadido: aprender acerca de la desilusión no solo ayuda a vivir, sino, sobre todo, a sobrevivir.

Hermosos: instantes de dicha

Malditas: cargas del Imperio

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