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Cultura

La sensación al leerle el pensamiento a George Steiner

En Hermosos y malditas, Cultura 11 febrero, 2020

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

La sensación que se tenía al leerle el pensamiento a George Steiner era la de subir despacio a la cima de una isla poco llamativa, recorrer un camino familiar, ligeramente ascendente, en cuyos márgenes todo era conocido, hasta coronar la cumbre desde la cual, para nuestra satisfacción más íntima, se vislumbraba con claridad, al otro lado del mar, un puerto de convicciones humanas, un continente nuevo llenos de tesoros inmensos como anheladas conquistas del espíritu.

Así es como recuerdo penetrar, avanzar y luego detenerme en el paisaje de ideas de mis libros preferidos de George Steiner (1929-2020): Gramáticas de la creación, Presencias reales, La muerte de la tragedia, Tolstoi o Dostoievski, en esos tesoros, sobriamente editados en Siruela, ensayos, textos breves, conferencias, cuyo accesible precio confirmaba la sensación de ganancia. Parecía que Steiner sabía conducirnos de la cabeza para poner al día nuestra inteligencia, siempre dentro de unos límites asumibles, como el corredor que madruga para hacer un poco de ejercicio antes de entrar en la oficina, como el nadador nocturno que se adentra en la piscina para sumergirse luego en el sueño mejor.

Quien se proponga hoy llegar hacer escala en ese puerto podría comenzar con esa honrada y contradictoria entrevista que es Un largo sábado.

Steiner

Me gustaba Steiner por su condición cosmopolita, condición tutora de textos y escritores extraterritoriales de los que habló con admiración y una cordial simpatía: Kafka, Borges, Nabokov… Steiner nació en Neuilly sur Seine, una ciudad en al área metropolitana de París, pero no fue propiamente un pensador francés, murió en Cambridge, Inglaterra, vivió en Estados Unidos. Su formación misma atravesaba las lenguas (Después de Babel) y los campos estancos en los que habitualmente se refugian las ciencias y las mal llamadas «humanidades» de forma que significaba en sí misma el elemento imprescindible de eso de lo que abusa ahora tanto: una mente interdisciplinar.

La filosofía y el teatro clásico, la literatura, la economía política, la historia y crítica del arte, pero también perspectivas de acercamiento al mundo tan dispares como la teología o el psicoanálisis se integraban en un pensamiento crítico, nunca estridente, y en una secularización provechosa de la que emanaba, como una voz seria, dolida y suave en medio del griterío más grosero, un compromiso con los valores de ese algo o de ese todo compungido, alocado y dramático que llamamos «humanidad».

Dediqué solo unos años al estudio de la Literatura comparada, disciplina de la que Steiner era maestro, y el efecto que el hilo de sus razonamientos tuvo ese tiempo en mí fue semejante a la sabiduría de un antiguo estudiante estimulante y afable, quizás un profesor todavía entusiasta, capaz de desenmarañar el tipo de prejuicios y cegueras que anidan en los escrúpulos y en las obstinaciones de uno mismo. La sensación de un diletante insignificante con Steiner es de gratitud.

Steiner

Revolución del viaducto, Paul Klee, 1937.

Al leer a Steiner se tenía la sensación de que compartía con la humanidad del siglo XXI, con miles de seres singulares que luchan contra el vacío de la extinción, en un mundo enrarecido, paradójico y poco afable, la sensación de que la historia es una tragicomedia: La verdad, creo, tiene futuro; que lo tenga también el hombre está mucho menos claro. Pero no puedo evitar un presentimiento en cuanto a cuál de los dos es más importante.

En Nostalgias de lo absoluto, serie de textos ligeros, orales, premonitorios (a pesar de mirar atrás) presenta el pensamiento de Marx, Freud o Levi-Strauss como una insatisfactoria post-teología, una teología sustituta o vicaria a la vez que insinúa la irreversibilidad del desastre climático o los turbadores lances de nuestras configuraciones genéticas y es que el error, la tergiversación, la atrocidad, o simplemente, el descuido le debieron parecer —al menos es la impresión que me queda a mí— cruciales a la hora de entender la historia del hombre: Steiner tituló Errata a su propia biografía.

Se quedaba la impresión de que era un pensador honrado, no solo por su agnosticismo, por la sabia humildad (perceptible ya en títulos como Lecciones de los maestros) sino por su profundo respeto a la razón, y, en relación con ella, porque sabía y sabía transmitir que la maldad es irremediable, por eso subrayé lo siguiente en La barbarie de la ignorancia, aquella conversación (algo tensa) con un Antoine Spire incomodado por la rotundidad de las respuestas de Steiner, y, quizás, o, sobre todo, por su distinción entre la obra y la vida del filósofo filo-nazi Martín Heidegger, en cuya gran filosofía supo penetrar con lucidez, su relación con Israel, tras la cual declara su odio último a la tortura:

No digo que no se trate de su necesidad de sobrevivencia militar y política. Pero se lo veía venir. Y durante dos mil años, en nuestra debilidad de víctimas, tuvimos la actitud supremamente aristocrática de no torturar a los demás. Para mí es lo más grande de nuestro patrimonio. Y en Israel hay que ser un campo armado, hay que serlo, y armado hasta los dientes. Hay que tener gente encarcelada en condiciones a menudo terribles. Considero esto un precio que yo, que yo, no estoy dispuesto a pagar.

Steiner

Entre todas, mi sensación preferida, sensación acentuada al leer La idea de Europa, era la de que era un pensador dolido, afectado por la tragedia, compasivo, coherente con el hecho de escribir sobre un terrible matadero y, a pesar de todo, detentador de una sutil esperanza consignada en la acepción universalizable, amistosa, de cultura: quienes no lograron soportar [la tortura] y enviaron a un amigo a la muerte, viven el resto de su vida en un intermedio. («Amistad, homicida del amor», Fragmentos un poco carbonizados).

Dedicó muchas líneas a la muerte, incluso a la presentación de la eutanasia, asumidas las precauciones indispensables, como opción básica: Solo entonces la muerte en verdad se volverá una amiga, una invitada de honor incluso al rayar el alba. Su desaparición, como la de Harold Bloom, produce también, en el eclipse de la razón, la vulgaridad radiante y la nueva barbarie de los medios, la sensación de levantarnos en una insólita aurora, alba huérfana de luces, emboscados como parásitos a la puerta de un extraño túnel en la zona oscura del hemisferio no visible.

Hermosos: últimos recuerdos en la entrevista póstuma a Nuccio Ordine.

Malditas: fronteras.

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