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Aguaviva: del folk al sainete

En Música, El patio 23 April, 2020

Óscar Carrera

Óscar Carrera

PERFIL

Aguaviva fue para el pop-rock español lo que la nouvelle vague para el cine francés: un chapuzón de aire fresco que puso en entredicho todas las convenciones formales, dejando un reguero de avances para digerir durante una década.

La comparación no es gratuita: una pieza como «Rolling Stones» está más cerca del tráiler de una película de autor de los sesenta que del propio riff de «Satisfaction» que tomó prestado. A decir verdad, el grupo tenía más de colectivo artístico experimental que de banda pop.

El espíritu libertario y la osadía estilística de Aguaviva quedaban a años luz de un país cuyos grandes éxitos del momento eran «Algo de mí» o «Y viva España». Mientras tanto, el debut de esta banda (Cada vez más cerca, 1970) comenzaba con las siguientes palabras, puestas en los labios de chapa de un «Robot»:

Señoras y señores:

Por primera vez en la historia

de los cataclismos sonóricos,

un grupo de humanos privilegiados

va a tener aquiescencia auditiva

en la más intima y psicodélica

realidad del happening…

El libreto de Cada vez más cerca tenía la forma de un falso noticiero (dos años antes del Thick as a Brick de Jethro Tull), que aseveraba Lorca vive y anticipaba el regreso de Alberti. Su propuesta consistía en poemas incómodos musicalizados en la onda de Serrat, Paco Ibáñez, Adolfo Celdrán o los más soterrados Ensayo I, Joaquín Díaz y Los Lobos. La música: un yeyé de raíces folk y puntas neoclásicas, con recitados soñadores y una efusividad coral digna de la mejor misa moderna (algunos de los miembros tempranos de la banda pertenecían a la comunidad cristiana progresista del Espíritu Santo, Madrid).

Lo que hacía verdaderamente originales a Aguaviva no es que fueran progres y antifranquistas en los años 70, sino la voluntad de experimentación de la que hacían gala, incluso con un poema y unas guitarritas a mano. Cada vez más cerca cierra con una grabación aparentemente descuidada de una charla post-ensayo, titulada «Bla, Bla, Bla».

Apocalipsis (1971) tomará una senda más tenebrosa y onírica, orientando las letras hacia niños muertos, ejércitos de niebla y ciudades de goma, que culminará en el estrafalario Cosmonauta (tránsito espacial en cuatro estancias) (1971), sombría obra orquestal con aires de Schönberg o Ligeti que bien puede ser lo más lejos que había llegado hasta entonces la música popular española.

En 1972, Aguaviva desveló un rostro más humorístico en La casa de San Jamás. Es este un disco de transición entre sus años folkies germinales y su conceptual obra tardía, a veces visto como un paso en falso, pese a que supone una modernización sónica, aproximando el timbre de Aguaviva a ciertas músicas radiofónicas.

 

La dirección estilística la llevan al alimón el fundador Manolo Díaz —estimable cantautor, cuyo Retablo (1967) constituye una prueba etnográfica de primer orden sobre la sociedad española de la década anterior— y Pepe Nieto, que se impondrá en los siguientes trabajos. Se diría que el estilo de Pepe, más dramático y fílmico, fue el que empujó a la banda a su deriva de zarzuela y música de cámara, pero cualquiera con ojo para los tiempos constatará que aquello estaba en el aire.

Sigue Poetas andaluces de ahora (1975), que trata de remontarse a la fórmula del primer disco, recuperando a los poetas y el idealismo folk. Tras este disco, que peca de previsible, habrá una desbandada de dos años, donde la plantilla siempre cambiante (un exagerado periódico italiano contabilizó treinta y dos miembros) se esparce por proyectos como La Charanga del Tío Honorio, Desmadre 75 o La Compañía.

Tales nombres nos permiten anticipar que, al reformarse nuestra agrupación en 1977, el gusto por lo burlesco y lo teatral estará más presente que nunca. Esta vez se iban a retraer hacia la realidad concreta, para hablar sin tapujos sobre el tema que ocupaba a todos en aquel momento: la cacareada Transición democrática. Como el bueno de Jean-Luc Godard una década antes, pasaron de la poesía politizada a la política real, aun a costa de perder universalidad.

La trayectoria de Aguaviva participa de las contradicciones y los contrastes de aquel país de roqueros con patillas y revolucionarios de misa diaria. Por un lado, el quejido apátrida del gitano lorquiano; por el otro, coros y guitarras dignos del sello Pax. Ora corrían a la vanguardia descarnada, ora retrocedían hacia las raíces del pueblo. Aquí buscaban desesperados la melodía perfecta de pop juvenil, allí el estruendo insoportable de la psicodelia. Cantaban al Hombre Nuevo comunista y espoleaban a los poetas andaluces de ahora, pero se mostraban ambivalentes cuando se trataba del «Aborto»

aguaviva

No hay derecho (1977) es su disco más cañí. Se autodescribe como un sainete cómico-musical, un tanto libertario, con libro de José Antonio Muñoz –con la colaboración de Juan de Loxa y Pedro Cobos– y música del maestro José Nieto. Temáticamente, el talante soñador de los primeros Aguaviva cede sitio a una opereta en clave de humor y de denuncia: por los derechos de las prostitutas («Pasodoble de las majas»), de los gitanos («Pisoteados») o en tierno elogio del profesor Galván («El profesor»).

Sin embargo, su cumbre es la primera toma, «La de los raros derechos», la cual, descontando el póstumo La invasión de los bárbaros (1979) —donde se adentran en el rock sinfónico—, sirve de testamento a un grupo que nos llevó de la mano durante todo el arco de la contracultura de los setenta y que se disolvió naturalmente cuando conseguimos la ansiada libertad y dejó al fin de hacernos falta…

¿O simplemente se disolvió?

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