Presentada en competición en el 83º Festival de Venecia, Wild Horse Nine, escrita y dirigida por Martin McDonagh, lleva al cineasta británico-irlandés hasta el Chile de 1973 para enfrentarse a un territorio que, en principio, parecería alejado de su universo habitual.
En la última película del director de Almas en pena de Inisherin —protagonizada por John Malkovich y Sam Rockwell, acompañados por Steve Buscemi, Mariana Di Girolamo, Ailín Salas, Tom Waits y Parker Posey—, bastan, sin embargo, unos minutos para reconocer sus constantes: personajes moralmente cuestionables, pero inevitablemente humanos, diálogos afilados donde no sobra ni una coma, violencia, culpa, una amistad masculina difícil de definir y, sobre todo, ese humor negro capaz de hacer convivir lo terrible y lo absurdo sin neutralizar ninguno de los dos.
El arranque con imágenes documentales de la celebración popular ante La Moneda tras la llegada de Salvador Allende al poder, acompañadas por Mercedes Sosa cantando Gracias a la vida, producen un inevitable nudo en la garganta. La secuencia funciona como una obertura tan rápida como eficaz: la esperanza colectiva de quienes celebran aquello que creen el comienzo de una nueva etapa aparece ante un espectador que conoce ya su desenlace. McDonagh no tarda en mostrar el reverso, aquello que quienes festejaban no podían prever: las operaciones estadounidenses destinadas a desestabilizar el Gobierno chileno y la sombra de la CIA sobre un proceso que desembocaría en el golpe de Estado de 1973.

A partir de ahí, Wild Horse Nine da un giro más, adentrándose en un terreno personal que nos va a seducir. Sin abandonar la Historia, McDonagh ficciona decididamente sus personajes, y con ello nos invita a presenciar algo mucho más íntimo, emocional y puramente cinematográfico.
Dos agentes lejos del arquetipo
Chris (John Malkovich) y Lee (Sam Rockwell) son dos veteranos agentes de la CIA destinados en Santiago de Chile que, dos meses antes del golpe, viajan a Isla de Pascua, supervisados por su superior, MJ (Steve Buscemi). Allí, entre los moáis y el aislamiento de Rapa Nui, el pasado de ambos (veteranos de la inestabilización geopolítica, implicados en los asesinatos de Kennedy y Lumumba) y las conspiraciones del presente (1973) comienzan a superponerse.
McDonagh se resiste desde el principio a convertirlos en los arquetipos previsibles del agente secreto. Chris ronda los setenta años y habla de su profesión y de su propio historial con una desconcertante ausencia de filtros o discreción. Malkovich labra en esa contradicción la fascinación de un personaje sólido y único: un hombre perteneciente a una organización definida por el secreto que parece haber perdido cualquier necesidad de ocultarse.
Lee, por su parte, mantiene a distancia una relación matrimonial que merecería prácticamente una película propia. Aquí aparece Parker Posey como Marge, y sus escasos minutos son oro. La actriz consigue que una relación construida desde la distancia y mediante conversaciones breves tenga una vida que excede ampliamente el tiempo que ocupa en pantalla. Posey y Rockwell que coincidieron en la tercera temporada de The White Lotus sin compartir escenas, aprovechan con creces esta oportunidad donde curiosamente tampoco se enfrentan presencialmente.

Buscemi, como MJ, completa otro de los vértices de esta peculiar estructura de poder. McDonagh va descubriendo progresivamente las diferentes capas de sus personajes al mismo tiempo que revela los distintos niveles de una trama que se vuelve más compleja de lo que su premisa inicial permite sospechar.
Y en este punto llegamos a un valor constante en el cine del director: su excelente guion.
El humor frente a la Historia
Los diálogos son brillantísimos. McDonagh procede del teatro y nunca ha ocultado cuánto confía en la palabra, pero sus mejores películas no utilizan el diálogo simplemente para proporcionar información, lo convierten en acción. Una frase puede modificar una relación, descubrir una vulnerabilidad o transformar nuestra percepción moral de un personaje.
En Wild Horse Nine, además, el humor negro tiene una función especialmente delicada. No sirve para restar gravedad al contexto histórico, sino para enfrentarse a él desde una lucidez no exenta de cinismo. La película consigue que nos riamos con personajes integrados en una maquinaria política cuyas consecuencias conocemos, sin pedirnos por ello que olvidemos quiénes son ni aquello de lo que forman parte.

McDonagh utiliza a estos dos hombres para interrogarse sobre la responsabilidad individual dentro de sistemas de poder mucho mayores que ellos, mostrando en tensión la humanización y la absolución. ¿Hasta qué punto puede separarse al individuo de la institución a la que ha servido? ¿Existe una redención personal cuando la culpa también es política e histórica?
La película adquiere así un eco que alcanza a nuestro presente. Sin necesidad de establecer equivalencias simplistas, bajo su recreación de los años setenta discurre un hilo que conduce hasta el futuro de las relaciones de Estados Unidos con otros países y a la contradicción entre la defensa pública de la democracia y determinadas formas de intervención exterior. El propio McDonagh ha reconocido en Venecia la inesperada actualidad que ha adquirido la película ante acontecimientos geopolíticos recientes.
Malkovich y Rockwell: una pareja perfecta
Wilde Horse Nine depende en gran medida de la química entre sus protagonistas. McDonagh ha definido a Chris y Lee como una suerte de viejo matrimonio, dos hombres que llevan tanto tiempo juntos que gran parte de lo que saben el uno del otro ya no necesita ser verbalizado y simplemente trasluce a través de la compasión, la complicidad, incluso la condescencia.

Malkovich y Rockwell consiguieron esa química trabajando antes del rodaje: los dos actores y McDonagh ensayaron durante varias semanas en el Public Theater de Nueva York. Como me dijo Rockwell en la rueda de prensa: la complicidad surgió a base de repetir y repetir infatigablemente los diálogos. El resultado se percibe paradójicamente en aquello que no se dice. Hay una historia anterior a la película en los silencios, las irritaciones y la familiaridad entre ambos.
Para Rockwell, además, supone continuar una relación creativa especialmente fructífera con McDonagh después de Siete psicópatas (2012) y Tres anuncios en las afueras (2017), película por la que obtuvo el Óscar al mejor actor de reparto. Si se cuenta también su colaboración teatral en A Behanding in Spokane, Wild Horse Nine constituye en realidad su cuarto trabajo conjunto.
Frente a estos hombres cargados de pasado aparecen dos jóvenes interpretadas por Ailín Salas y Mariana Di Girolamo, esta última conocida internacionalmente por su trabajo en Ema (Pablo Larraín, 2019). La relación que Chris establece con ambas introduce otra generación y otra perspectiva dentro de una historia que podría haber quedado encerrada en la conciencia estadounidense de sus protagonistas.

La imposibilidad de escapar de la Historia
Tampoco es accidental que McDonagh traslade buena parte de la acción a Rapa Nui, uno de los lugares geográficamente más aislados del planeta. El paisaje permite al director construir una paradoja sobre la imposibilidad de escapar de aquello que se ha hecho.
McDonagh visitó la isla a comienzos de la década de 2010 y llevaba años queriendo rodar allí, fascinado por su historia, su misterio y su dimensión espiritual. En Wild Horse Nine, ese aislamiento físico termina convirtiéndose en un espacio moral, descrito también en clave de western, con caballos salvajes. En este sentido, el cameo de Tom Waits desde Monument Valley, en la tajante conversación telefónica con su hermano Chris, resulta un homenaje y un reflejo de esos personajes de una pieza, estoicos y moralmente cuestionables.
El cine de McDonagh siempre ha sentido fascinación por hombres atrapados entre aquello que hicieron y aquello que todavía podrían llegar a ser. Ocurría en Escondidos en Brujas, en Tres anuncios en las afueras y, de otra manera, en Almas en pena de Inisherin. Pero aquí la culpa adquiere otra dimensión porque deja de ser exclusivamente privada, pertenece también a la Historia.
Con sus 118 minutos, Wild Horse Nine construye una película política sin sacrificar los personajes a la tesis y una comedia negra sobresaliente, sin utilizar el humor para trivializar aquello sobre lo que habla. Malkovich y Rockwell sostienen el complejo equilibrio entre lo cómico y lo doloroso, mientras un reparto en estado de gracia consigue que incluso personajes de presencia breve —especialmente la magnífica Parker Posey— dejen ganas de saber más.






Nadie ha publicado ningún comentario aún. ¡Se tú la primera persona!