Hay autores que envejecen suavizándose. Werner Herzog, en cambio, parece haber empleado los últimos años en afilar la misma obsesión de siempre: la desproporción entre el deseo humano y la materia que se le opone. Bucking Fastard, su primer largometraje de ficción desde Family Romance, LLC (2019), llega al Lido en competición por el León de Oro del 83º Festival de Venecia.
El director alemán ha declarado que esta última obra cierra un ideal tríptico operístico junto a Fitzcarraldo y Grizzly Man. No hay que tomar el adjetivo al pie de la letra, porque no alude a la partitura sino a la forma. Ópera es aquí la estructura dramatúrgica que el cineasta lleva medio siglo repitiendo: una voluntad desproporcionada, un obstáculo material que no cede, y una naturaleza, que roza lo sublime, que responde con indiferencia o con crueldad. El barco izado sobre la montaña, el hombre devorado por el oso, y ahora dos hermanas que perforan una cordillera.
Lo que cambia es la escala: la desmesura ha abandonado la selva y se ha replegado en un doble cuerpo. Sin olvidar el sentido pánico de la naturaleza que Herzog había maravillosamente desplegado en obras maestras como El enigma de Caspar Hauser o Corazón de cristal.

Kate y Mara Rooney en Buking Fastard. © Gateway to Orkney.
El punto de partida del cineasta es un caso documentado. Freda y Greta Chaplin, gemelas idénticas, ocuparon los tabloides británicos de los años ochenta por una obsesión compartida que terminó en los tribunales; el título de la cinta de hecho procede de un lapsus verbal que ambas pronunciaron simultáneamente durante el proceso. Herzog arrastraba el proyecto del filme desde hacía décadas y lo declaró proyecto no realizado en sus memorias, donde anotó que, hasta donde se sabe, lo que le fascinaba era contar una historia centrada en las únicas gemelas capaces de hablar en unísono perfecto.
De ahí la idea de voltear el argumento hacia la fábula: aisladas de la sociedad, incapaces de conformarse a la vida convencional, Joan y Jean Holbrooke (Rooney y Kate Mara, respectivamente) emprenden la excavación de un túnel a través de una montaña, para alcanzar una tierra imaginaria donde el amor verdadero sea posible.

La banda sonora dentro de la cinta es un elemento fundamental; deja de ser acompañamiento y se convierte en argumento. Ernst Reijseger, colaborador de Herzog desde The Wild Blue Yonder, escribe desde hace años para violonchelo y voces superpuestas, y el material dramático le ofrece por primera vez un objeto literal. Porque el unísono no es un recurso: es la negación misma del contrapunto. Donde hay dos voces distintas hay diálogo, disenso, la posibilidad de una tercera cosa; donde hay unísono hay monodia forzada, una sola línea que se cree dos.
Reijseger trabaja exactamente sobre ese umbral utilizando a veces obras de Schubert y Händel elaboradas, dejando que las voces se separen apenas —un batimiento, una desafinación mínima— para revelar la fisura que las hermanas niegan. Y los ecos en el corazón de la tierra completan la operación: el túnel se convierte de esta manera en un cuerpo resonante, una caja armónica excavada, y la escucha se vuelve la única forma de conocimiento que el film concede.
Kate y Rooney Mara asumen magníficamentente los personajes de las hermanas con una simetría que en el papel parecía un reclamo publicitario —hermanas reales juntas en pantalla por primera vez— y que la película desactiva convirtiéndola en desafio formal ganado completamente. Orlando Bloom encarna al amante turbulento y Domhnall Gleeson al asistente social encargado de reconducirlas a la normalidad: dos variantes de la misma pretensión, la de separar lo que no admite separación.
El mayor logro del cineasta alemán es no ofrecer moraleja alguna. Deja el caso donde lo encontró: en un territorio de incertidumbre en un immejorable final donde lo grotesco y lo conmovedor se sostienen mutuamente, y donde la única tierra prometida es la que se abre y cierra puertas golpe a golpe, bajo la piedra.

Alessandro Borghi y Valeria Golino en una escena de Nessun Dolore. © Claudio Annone.
Menos convincente y logrado es el largometraje de Gianni Amelio, Nessun Dolore, presentado fuera de concurso, donde un tema urgente queda atrapado en una gramática que el propio cine italiano parece haber dejado atrás. El director lo declara sin rodeos en sus notas: Nessun dolore nace del deseo de ir más allá del final suspendido de Lamerica, de volver a preguntarse quién es hoy “el inmigrado”, alguien a quien acoger o a quien rechazar. La pregunta es legítima y está formulada con una sensibilidad que nunca cae en la consigna. El problema no es el qué, sino el cómo.
Amelio filma con una fijeza que en otro tiempo fue rigor moral y aquí se vuelve inmovilidad.
Davide (Alessandro Borghi) vende libros de segunda mano en una plaza romana; Elsa (Valeria Golino), su clienta más fiel, es también su cómplice y su reserva de ternura. La irrupción de un niño norteafricano entregado por la calle como un paquete, el accidente, el hospital, la llegada de Aminah desde Argelia, el apartamento que se va poblando de desconocidos hasta la denuncia de los vecinos y la cárcel: el relato acumula estaciones con una regularidad que termina delatándose. Son forzamientos de guion, engarces demasiado visibles, y cada uno de ellos abre una distancia con el personaje que ya no se cierra.

Una escena inicial de Nessun Dolore. © Claudio Annone.
Amelio filma con una fijeza que en otro tiempo fue rigor moral y aquí se vuelve inmovilidad. Los planos se sostienen a la espera de una emoción que no llega, y la trama no avanza: se desplaza a saltos, empujada desde fuera y sin convicción. La soledad de los dos protagonistas —sobre todo la de él, envuelto en una culpa que el film enuncia más de lo que muestra y eje del argumento— de esta forma nunca consigue levantar el vuelo, en parte porque las interpretaciones se mantienen en un único registro. Borghi trabaja por sustracción hasta la opacidad; Golino es contenida hasta la neutralidad. Dos monodias que lamentablemente no llegan a componer un dúo. Queda la honestidad de la pregunta. Falta sin embargo el cuerpo que debía sostenerla.







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