Volver a lo que fue para construir el futuro, atesorar el pasado antes de que desaparezca. Estas podrían ser algunas de las enseñanzas de Once Upon a time in Harlem, un documental presentado este año en la Quincena de Cineastas del festival de Cannes que recupera el testimonio de los grandes nombres de la Harlem Rennaissance, la edad de oro de la cultura afroamericana en la Nueva York de principios del siglo XX.
El documental tiene su origen en una fiesta organizada por el cineasta William Greaves, que reunió un domingo de agosto de 1972, en casa de Duke Ellington, en Harlem, a los escritores, músicos, y activistas de ese movimiento artístico y cultural de los años 1920 y 1930. Eran las últimas figuras vivas de ese “Renacimiento de Harlem” que, en muchos casos, llevaban décadas sin verse.

En la pantalla, apiñadas en un pequeño salón, van apareciendo las grandes figuras de la época, como el cantante y músico Noble Sissle, que evoca la eclosión del jazz y el teatro afroamericanos, o el socialista Richard B. Moore, que recuerda cómo la denuncia de los linchamientos y de las leyes racistas fueron el motor del movimiento.
«Por primera vez, nos dimos cuenta de que había mucha gente negra creativa”, dice Gerri Major, una periodista que los conoció a casi todos. La película es también el retrato de unos años políticamente convulsos, marcados por los debates sobre si había que reivindicar o no las raíces africanas o si el socialismo era la mejor vía para alcanzar la emancipación.
Ese día, William Greaves, el autor de Symbiopsychotaxiplasm: Take One (1968), un clásico del cine documental, rodó casi 30 horas de imágenes destinadas a un proyecto que quedó inconcluso. Pasaron las décadas y las imágenes siguieron en un cajón, pese a que Greaves era consciente de que se trataba de las más importantes que había filmado nunca. A lo largo de los años, volvió varias veces a ellas, pero no logró darles forma.
A su muerte en 2014, seguían siendo inéditas. Su viuda continuó el trabajo de restauración hasta su fallecimiento en 2023. Finalmente, fue su hijo David, uno de los camarógrafos originales de la fiesta de 1972, quien basándose en las notas y copias de trabajo de William le dio su forma definitiva, condensada en 100 minutos.

El resultado es mucho más que una retahíla de viejas glorias que recuerdan con nostalgia una Arcadia perdida. Su fuerza reside en la cámara de Greaves, heredero del cinéma vérité, que nos convierte en uno más de los invitados a la fiesta. En Once Upon a time in Harlem, asistimos a las conversaciones cruzadas, vivimos como propias las disputas de entonces y compartimos la tristeza por esos poetas, músicos y artistas que ya no están con nosotros. «¡No olviden a Countee!», clama una y otra vez, como un mantra, la viuda del poeta Countee Cullen, muerto prematuramente. Y el actor Leigh Whipper, casi centenario, nos maravilla recitando, sin titubear y con una enorme sonrisa, los textos teatrales que atesora en su memoria desde hace siete décadas.
Once Upon a time in Harlem es un homenaje a la edad tardía, a esos años en lo que todo vuelve cuando ya estamos cerca del final. Y una demostración del poder del cine: todos los participantes son conscientes de que el momento es histórico y que la presencia de la cámara lo cambia todo. Lo que podría haber sido una reunión de viejos amigos se convierte en la construcción de un legado. Saben que la cámara está ahí, filmando, y por eso que hay que contarlo todo, sin olvidar nada ni a nadie. Es ahora o nunca.
Esa mirada humanista de Greaves y la fuerza única del cine documental convierten una fiesta de una tarde de domingo en Harlem en patrimonio histórico y cultural para las generaciones futuras.






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