Moulin, la nueva película de László Nemes, partía de una premisa prometedora en su estreno en el 79º Festival de Cannes. El director húngaro que revolucionó la representación cinematográfica del Holocausto y obtuvo el Óscar a la mejor película internacional con El hijo de Saúl (Son of Saul, 2015) —mostrando las cámaras de gas como nadie lo había hecho antes—, y tras la más laberíntica Sunset (2018), a la que siguió un relato de iniciación marcado por el trauma (Orphan, 2025) volvía a enfrentarse a la memoria europea desde una propuesta tan física como psicológica. En este caso abordaba una de las figuras más emblemáticas de la Resistencia francesa: Jean Moulin, detenido en Lyon, en junio de 1943, mientras intentaba unificar las distintas fuerzas clandestinas contra la ocupación nazi. El enfrentamiento posterior con Klaus Barbie, jefe de la Gestapo en esa ciudad, parecía ofrecer el material ideal para un cineasta obsesionado con la violencia histórica, la memoria europea y los mecanismos íntimos del horror.
Sin embargo, Moulin termina siendo, sorprendentemente, la película más convencional de toda la carrera de Nemes, filmada canónicamente, sin espacio para el atisbo de un talento personal que nos mostrara hechos ya conocidos, pero revelados con una original perspectiva.

La historia sigue los interrogatorios y el desgaste físico y psicológico de Moulin tras su arresto. El destino de la Francia Libre parece depender de su capacidad para resistir la manipulación y la brutalidad del aparato nazi. Sobre el papel, el material contiene todos los elementos de una gran tragedia política y moral. Pero la aproximación elegida por Nemes resulta extraordinariamente conservadora y rutinaria, aunque de factura de gran qualité. Todo en la película transmite una sensación de déjà vu histórico: las escenas, las dinámicas dramáticas, la representación de la ocupación, los diálogos, incluso la construcción del suspense parecen remitir continuamente a modelos ya vistos sin aportar una mirada verdaderamente nueva o personal.
Y esa es probablemente la mayor decepción de esta coproducción franco-belga. De una historia tan profundamente anclada en el imaginario histórico francés, puesta además en manos de un cineasta extranjero capaz anteriormente de redefinir radicalmente la representación audiovisual del horror, se esperaba un abordaje mucho más audaz, reflexivo o visualmente significativo. Pero Nemes parece aquí excesivamente condicionado por el peso simbólico de Jean Moulin como héroe nacional francés. Quizá precisamente por no ser francés, el director opta por un respeto casi reverencial hacia el personaje y hacia la memoria oficial de la Resistencia, sacrificando en el proceso buena parte de la radicalidad formal y moral que convertía sus películas anteriores en experiencias personales.
Moulin es un filme sólido, elegante y perfectamente construido, pero también inesperadamente acomodado.
Técnicamente, Moulin no tiene mácula. La fotografía de Mátyás Erdély, colaborador habitual de Nemes, construye una ambientación sombría y elegante, perfectamente controlada. El ritmo, el montaje y la reconstrucción histórica funcionan con precisión y profesionalidad. Todo está cuidadosamente ejecutado. Quizá demasiado. La película avanza con la eficacia de un gran drama histórico clásico, pero precisamente ahí reside también su límite, ya que apenas queda rastro de la autoría radical de Nemes.
El guion, escrito junto a Olivier Demangel —coautor de Le Roi Soleil (2025)—, opta constantemente por la claridad narrativa y el respeto académico antes que por la ambigüedad o la inmersión sensorial que definían Son of Saul. La violencia aparece representada de manera mucho más convencional y la puesta en escena abandona casi por completo aquella experiencia física y asfixiante que convirtió el debut de Nemes en algo verdaderamente revolucionario.
Aun así, la película encuentra cierta intensidad gracias a sus intérpretes. Gilles Lellouche está perfecto como Jean Moulin, aportando humanidad, agotamiento y dignidad silenciosa al personaje sin caer nunca en el heroísmo grandilocuente. Y Lars Eidinger compone un Klaus Barbie brutalmente eficaz, en un auténtico recital de crueldad fría, violencia psicológica y sadismo burocrático. De él no podía esperarse menos.
Si alguna escena permanece verdaderamente en la memoria, es la del interrogatorio de la ficticia Condesa de Forez (Louise Bourgoin) en presencia de Moulin. Allí sí aparece fugazmente algo más complejo y perturbador: el juego psicológico, la humillación pública, las tensiones de clase y la teatralidad del poder nazi convergen durante unos minutos con una intensidad que el resto de la película no alcanza.
Con Moulin, László Nemes firma, por supuesto, una obra sólida, elegante y perfectamente construida, pero también inesperadamente acomodada. En resumen: una película correcta sobre la resistencia, cuando esperábamos una exploración mucho más radical sobre el miedo, la memoria y el mal.







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