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El futuro será mujer y latinoamericano, o no será

En Música miércoles, 21 de febrero de 2018

Carlos Pérez de Ziriza

Carlos Pérez de Ziriza

PERFIL

Si el futuro inminente de la música pop ha de escribirse con nombre de mujer y nutrirse de una sabia combinación de pasado y presente, puede decirse que pocos lugares se antojan como mejor campo de pruebas que Latinoamérica. Desde la línea que separa México de los EEUU hasta la misma Patagonia, un sinfín de géneros tradicionales se van regenerando con savia nueva merced al ansia de conocimiento y crecimiento de un puñado de músicos que no entienden de corsés. Y se da la casualidad de que más de la mitad de ellos son mujeres u orbitan alrededor de proyectos liderados por mujeres.

Escucha uno lo último de la mexicana Natalia Lafourcade, esa reinterpretación de viejas canciones de Atahualpa Yupanqui, Simón Díaz, Margarita Lecuona o María Grever (un disco llamado Musas, un homenaje al folclore latinoamericano en manos de Los Macorinos, vol. 2) y vuelve a caer en la cuenta: la cumbia, el candombe, la ranchera, los boleros o cualquier otra encarnación del folk latinoamericano viven sometidos desde hace unos años a una permanente revisión, y casi siempre es la sensibilidad femenina la que los moldea.

Decía en una reciente entrevista la artista mexicana (su formidable Hasta la raíz, en 2015, ya supuso en pico creativo considerable) que hasta hace bien poco no tenía arrestos para arrancarse a releer un clásico como “La Llorona”, por aquello de la madurez introspectiva que requiere. En su nuevo álbum lo ha hecho. Pero tenía buenos espejos en los que mirarse: la tremendísima Lila Downs ya la habia versionado en 1999. Y su también paisana Ely Guerra hizo lo propio hace cuatro años.

A la versatilidad estilística se suma, en la mayoría de los casos, la capacidad de todas estas mujeres para somatizar repertorios repletos de simas emocionales, temarios que requieren un cierto callo vital. Esa clase de canciones que avergüenza ver interpretar a menores de edad en un talent show cualquiera, siempre que uno tenga en cierta estima a la música popular más allá de su condición –no desdeñable– de espectáculo de feria y variedades.

Lafourcade estuvo hace unos días actuando en nuestro país, en conciertos que dejaron una gratísima impresión. Otro talento imposible de enmanillar, el de Carla Morrison, hace tiempo que viene acreditando su condición de mercurial cruce entre José Alfredo Jiménez y Patsy Cline. Sus visitas se saldan con portentosas demostraciones de poderío sobre cualquier escenario. Y así podríamos seguir, trazando un recorrido hacia el sur en el que cada nueva parada supone un refrendo para el ya iniciado o un rotundo descubrimiento para el neófito.

En Colombia, país en el que la figura de Andrea Echeverri lleva décadas alumbrando el camino a cientos de músicos mediante una tradicional fusión de rock, folk autóctono, bossa nova, salsa, boleros o apuntes electrónicos (tramados junto a Héctor Buitrago en Aterciopelados, y luego ya en solitario), y en el que la volcánica Li Saumet y su troupe (o sea, Bomba Estéreo) añaden champeta, reggae o hip hop a la ecuación, el ejemplo cunde con singular fruición.

Las subyugantes atmósferas synth pop de Las Amigas de Nadie y también el lo fi crujiente de Eva & John jalonan el trayecto si pasamos por Perú, hasta que el recorrido se bifurca en decenas y decenas de aventurados proyectos comandados por mujeres a poco que uno se adentre en Chile, Argentina o Uruguay: desde el pop electrónico que tanto han predicado en los últimos tiempos Javiera Mena o Francisca Valenzuela hasta la fusión de hip hop, funk, pop, cumbia y dub de Ana Tijoux; del folk austral de las Perotá Chingó al indie pop tan evanescente como de bajo presupuesto de los Carmen Sandiego de Montevideo (con dúo mixto al frente), pasando por la forma de retorcer el folk que tienen las grandísimas Camila Moreno o Juana Molina. La primera, filtrándolo a través de la asunción de los mejores conjuros de Björk, PJ Harvey o Radiohead; la segunda combinándolo con enseñanzas de la electrónica, el ambient, la psicodelia y hasta texturas cercanas al noise.

Músicos como Rubén Blades alentaban con su obra, hace más de tres décadas, el orgullo de pertenencia a una suerte de panlatinoamericanismo que se lamía las heridas tras décadas de imperialismo. Hoy en día, la situación es bien distinta. Ni la fragmentación del mercado ni el individualismo en la era de las redes sociales parecen auspiciar una fraternidad parecida. Pero lo cierto es que en su forma de alterar sus cromosomas creativos sin por ello negar su tradición es donde la música latinoamericana contemporánea tiene más motivos para sacar pecho hoy en día. Y en ello el papel de las mujeres ha sido clave. 

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