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53 Festival de Sitges #3: She Dies Tomorrow, Mosquito State y Palmarés

En Cine y TV 18 octubre, 2020

Javi Cózar

Javi Cózar

PERFIL

Final para el 53 Sitges – Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, probablemente la edición más complicada de su historia, aunque de eso (y del palmarés) hablaré después. Antes, algunas películas destacadas de la recta final del festival.

Sin duda hay que hablar de She Dies Tomorrow, no por su presencia en el palmarés (mínima, tan sólo el premio del Jurat del Carnet Jove), sino porque es una película de la que, desde hace meses, se habla mucho, y por lo tanto llegaba a Sitges como una de las propuestas más populares, lo que acabó plasmándose en una sesión con prácticamente todas las entradas vendidas.

La premisa inicial es bastante atractiva: una mujer cree que va a morir al día siguiente, y la idea se contagia a todos aquellos que se acercan a ella. Aunque rodada antes de la pandemia, no deja de resultar inquietante —y, de hecho, es lo mejor de toda la película- cómo plasma la facilidad con la que se puede transmitir una idea, convertida en virus.

A partir de ahí, She Dies Tomorrow explora un nihilismo existencial casi de manual, por obvio, y se atasca en ese debate durante casi toda la proyección, sin conseguir trasladar más ideas interesantes. Al final, la cosa queda en un punto de partida desaprovechado, aunque en realidad sospecho que no había mucho más que decir: el desenlace de la película, inconcluso y abierto, deja bien claro que la intención nunca fue cerrar la trama sino hablar de la existencia humana y su futilidad. Encuentro desesperante que el presente (y quizás el futuro) del cine fantástico se centre en propuestas tan inanes, pretenciosas y a la postre irritantes como esta.

Mejores resultados, aunque tampoco sin venirnos arriba, consigue Kike Maíllo con La cosmética del enemigo. En su regreso a Sitges, después de que hace algunos años inaugurara edición con Eva, Maíllo adapta un bestseller que le sirve para abrir una reflexión acerca de la importancia del punto de vista en una narración.

Apuesta arriesgada, puesto que flirtea constantemente con lo que el espectador es capaz de admitir o no como plausible, y por lo tanto camina todo el rato sobre el fino alambre de la credibilidad. Si se tiene paciencia, el desenlace, aunque previsible, consigue darle sentido a todo lo explicado anteriormente y, por lo tanto, la película se salda con un sí que, si no es rotundo, es por algunas deficiencias en el apartado interpretativo (sus dos actores principales no están muy acertados).

De los franceses Alexandre Bustillo y Julien Maury, francamente no espero nada bueno. Sus anteriores cuatro películas son, sin excepción, lamentables. Kandisha, que es la que han traído este año a Sitges, también lo es, y mucho. Perpetrada como una vulgar copia de Candyman, los cineastas trasladan la acción a los suburbios de París y convierten al fantasma, que se aparece cuando lo invocas pronunciando su nombre, en una mujer marroquí (con velo y todo) que solo asesina hombres, detalle este que, en tiempos de corrección política y del #MeToo, no me extrañaría que les trajera problemas a Bustillo y Maury.

Más allá de lo exótico de la idea, Kandisha ofrece algún que otro flash de gore desatado y poco más, como no sean bostezos y estupor por la poca vergüenza con la que calcan casi punto por punto el argumento de Candyman. Aunque claro, lo que no son capaces de copiar es la interesante especulación que anidaba en el guion de Clive Barker a propósito de la validez de las leyendas urbanas, de su capacidad de transmisión, y de cómo arraigan y condicionan la vida en los barrios obreros humildes.

Sitges

Kandisha (Alexandre Bustillo y Julien Maury, 2020)

Mosquito State, por su parte, nos traslada a los momentos previos al inicio de la crisis económica de 2008 con un personaje cuya vida personal comienza a desmoronarse al mismo tiempo que se va dando cuenta, gracias a los modelos matemáticos que diseña, que se avecina algo gordo en la economía mundial. Su hundimiento personal se plasma en una especia de mímesis progresiva con una plaga de mosquitos que habita en su apartamento, empezando él mismo una alarmante transformación física.

La referencia a La metamorfosis de Kafka es inevitable, aunque las ambiciones de ambas obras sean muy distintas al final. Mosquito State equipara la demolición del individuo con la destrucción de buena parte del sistema económico que supuso el crack de 2008, y se sirve de ese paralelismo para explicitar la vulnerabilidad de las personas en el mundo globalizado actual, donde el poder económico es intocable y la población es tan pero tan vulnerable.

Sitges

Mosquito State (Filip Jan Rymsza, 2020)

No han dado mucho más de sí los últimos días de este Sitges. El palmarés de este año ha encumbrado a Brandon Cronenberg y su Possessor. Ya comenté que está lejos de ser una gran película, sin embargo, visto lo visto en los días que han pasado desde su proyección, no me parece tampoco una mala opción como ganadora. Personalmente, me gustaban más otras opciones, como Post Mortem, pero es innegable que a Cronenberg la ha quedado una cinta con suficientes puntos de interés como para ser defendida por el jurado de este año.

Más objetable me parece el premio a la dirección para Natalie Erika James por Relic. Su aproximación al drama del alzhéimer, a través del fantástico, deja mucho que desear porque no consigue realmente una simbiosis entre drama y terror, y da la sensación de que son dos películas distintas. Quizás desde la puesta en escena podrían haberse amortiguado un poco estas deficiencias, que son de guion principalmente, pero James opta por no dejar entrar del todo lo sobrenatural hasta los últimos instantes de la proyección, alimentando más aún la división de géneros y, en mi opinión, el principal defecto de la cinta.

Y acabo. Como decía antes, esta ha sido seguramente la edición más complicada, surrealista, difícil e inusual de los 53 años de Sitges. Principalmente, por la omnipresente pandemia y sus medidas de seguridad, desde la mascarilla en todo momento hasta el gel de manos, pasando por la distancia en las salas que ha hecho que un sold out sea un espacio a medio llenar. Tampoco ha ayudado mucho a una cierta “normalidad” ni las medidas decretadas por el gobierno catalán, y que han hecho que los tres últimos días de festival se hayan tenido que suspender o reprogramar algunas sesiones, ni el frío invernal que ha hecho estos días en Sitges y que aquí no se veía, creedme, desde finales de los años 90.

A esta edición que pasará sin duda a la historia solo cabe felicitarla. Felicitar a todos. Primero a Ángel Sala y a su equipo, que han conseguido tirar adelante una edición en estas condiciones tan extremas y con esta incertidumbre acuciante en la que las cosas podían cambiar no en cuestión de días, sino de horas, como así ha ocurrido desgraciadamente. Felicitar también a Sitges, que ha acogido la avalancha de visitantes (mucho menor que la habitual, sí, pero avalancha al fin y al cabo) con hospitalidad y cariño. Y felicitar, por último, a acreditados de todo tipo y a público que, con su comportamiento ejemplar, ha demostrado que los riesgos en el consumo de cultura son asumibles si se siguen las medidas preceptivas.

A ver, obviamente, tendrán que pasar aún algunos días para que se confirme que no aparece ningún brote ligado al festival. Pero escribo esto porque Sitges no es el primer gran festival presencial post-pandemia, antes ya han desfilado Málaga, Venecia y San Sebastián. Ningún brote allí. Asumiendo que tampoco ocurrirá nada indeseable con el de Sitges, y atendiendo a que los recientes datos de los brotes en España asignan a la cultura una cantidad ridícula, es la hora, ahora sí, de gritar bien alto a nuestras autoridades, a nuestros gestores, a nuestros políticos, que la cultura es segura, basta ya de demonizarla, basta ya de limitarla, y si no quieren protegerla, como hacen en otros países vecinos, por lo menos que no entorpezcan su día a día con medidas totalmente arbitrarias, absurdas (en Catalunya se cerraron antes cines que prostíbulos), y que de poco sirven para luchar contra esta terrible pandemia.

Así pues, gracias Sitges por existir, este horroroso 2020 más que nunca. Que el gorila ruja muchos, muchos años más. Aunque sea con mascarilla.

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