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Sitges 2020 y el terror: La sociedad del miedo

En Hermosos y malditas, Cine y TV 15 octubre, 2020

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

Si hacemos caso a la célebre distinción, habitualmente atribuida al sociólogo alemán Ferdinand Tönnies, un festival dedicado exclusivamente al cine fantástico y de terror no responde tanto al modelo racional e impersonal de la sociedad sino a una comunidad, esos grupos humanos cohesionados por una serie de afinidades simbólicas o materiales que bien podrían incluir la atracción por los temores compartidos. El Festival de cine fantástico de Sitges no es una sociedad del miedo, sino más bien, una comunidad del miedo, pero a través de su programación siempre sensible a la actualidad es posible indagar en los temores dominantes de un grupo social mucho más amplio.

Un festival dedicado al cine fantástico y de terror puede dar cuenta mejor que cualquier manual de sociología de los miedos dominantes en una sociedad. En él hacen aparición convenientemente actualizados los temores populares, la desazón colectiva o las incipientes señales de alarma, es así como el guionista o el director conectan con el público.

Si desde la crisis financiera de 2008 y el indecente aumento de la brecha socioeconómica las ficciones giraron en torno a una serie de distopías del tipo reconocibles todavía en la española El Hoyo (Galder Gaztelu-Urruti, 2019) y en los dos éxitos de crítica y público más incontestables del pasado año (Parásitos y Joker), en 2020 han comenzado a desfilar como lúcidos zombis airados una serie de tramas donde la amenaza al dominio del rol masculino, la precariedad sociolaboral propia del actual modelo de capitalismo neoliberal, el calentamiento global o el resquebrajamiento de una serie de lazos comunitarios se alternan en la pantalla como detonantes de un miedo todavía más irracional.

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L’état sauvage (David Perroult, 2020)

El tono gélido y áspero y el espacio grisáceo del nuevo film de Bryan Bertino, la amarga The Dark and the Wicked (con más de una deuda formal con el ineludible clásico de la década, la Hereditary de Ari Aster) deja entrever tanto la confusión del ciudadano post-covid, como una suerte de vacío existencial donde se asume y se purga el sentimiento de culpa por el abandono de las personas mayores, ancianos enfermos, terminales o dependientes. La responsabilidad por los miembros vulnerables del entorno familiar también es protagonista de la ansiedad y los sobresaltos de Amulet, Relic, Rent-A-Pal (Jon Stevenson) o, indirectamente, de la española No matarás.

Precisamente, Rent a Pal, con toda su masculinidad tóxica fosilizada en el subconsciente y los trastornos de soledad, permite hablar de otro de los grandes miedos de la sociedad del siglo XXI que afecta a la mitad de la población: la misteriosa desaparición de determinados roles ocupados privilegiadamente por el género masculino. Esto es bien visible en la muy poco fantástica L’état sauvage del canadiense David Perroult, una huida desde el sur de EEUU en plena Guerra de Secesión, donde la supervivencia de una familia acaba recayendo en el empoderamiento de un grupo femenino obligado a salir de los roles más tradiciones (los propios de la aristocracia francesa tardía), para tomar conciencia de las ventajas de la sororidad ante la llegada de un terror blanco como la nieve (en la tradición cromática de Moby Dick o Arthur Gordon Pym) casualmente personificado por una banda de encapuchados semejante a esos grupos de cobardes violadores que tristemente conocimos como «manadas».

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Sea Fever (Neasa Hardiman, 2020)

En esta edición de reyes del grito, las mujeres protagonizan la citada Relic de Natalia Erika James y la Saint Maud de Rose Glass, mientras que la crisis de la masculinidad (en el subtipo crisis de los cuarenta) rodea al protagonista de Benny loves you de Karl Holt y su lucha contra el peluche de su infancia, si bien es en la divertida cinta holandesa Bumperkleef donde asistimos directamente al declive del imperio del pater familias. No parece que ninguna otra película del festival logre reflejar tan bien la desaparición del aura de autoridad como la película de Lodewijk Crijns.

El hombre infantilizado, el cretino hasta hace poco intocable con todas sus bajezas, inseguridades y miserias, con todo el rol que le viene grande su ridículo miedo a la madre (estupenda la escena final de la ducha en casa materna) se manifiestan en pleno crepúsculo de la familia tradicional, mientras que el justiciero conductor abanderado de la distancia de seguridad encarna, paradójicamente, el nuevo sentido comunitario de la solidaridad.

Desde la periferia de muchos otros relatos de la sección Noves Visions acceden al centro del argumento mujeres inteligentes por encima de los protagonistas masculinos como en Marea alta de la argentina Verónica Chen donde la creciente inquietud proviene tanto de la guerra de clases como de la ubicuidad del sexismo y el acoso sexual.

Ya apenas llama la atención que el terror emerja desde lo cotidiano. La realidad como amenaza estructural o subyacente cobra forma de soledad, de pérdida de sentido, de vacío moral. Es posible que la mala conciencia ante el calentamiento global, o la desaparición de miles de especies marinas, aves e insectos esté consciente o inconscientemente detrás del Black Water: Abyss de Andrew Traucki, de las Mandibules de Quentin Dupieux o los saltamontes mutantes de la muy discutible moralmente La Nuée de Just Philipot. Sea Fever de Neasa Hardiman presenta el subtexto más explícito sobre los sacrificios individuales en los tiempos de la pandemia.

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Relic: tres generaciones de mujeres.

Encuentran su espacio enSitges 2020 temores socio-políticos como en la irregular Malnazidos de Alberto del Toro y Ruiz Caldera, una película que no sería posible sin que en España quedaran tantas heridas por cerrar; en una edición con poco terror puro, la sala reflexiona más que tiembla ante los nuevos terrores asociados a las redes sociales y a la precariedad laboral en los estertores del modelo del individualismo neoliberal (los previsibles milenials de Slaxx, Mosquito State, Valley odf the Gods o Save Yourselves) y, de nuevo, en esta edición sin el tradicional desfile de muertos vivientes por las calles de Sitges, los zombis (esos vampiros proletarios) con toda su ductilidad metafórica, desde la acomodaticia Península de Yeon Sang-ho (secuela del Train to Busan) a Yummy o Get the Hell Out, representan tanto los atontados especímenes del siglo XXI caminando ausentes con la mirada atrapada en la pantalla del móvil como esa creciente parte de la población que, de acuerdo con el sociólogo Zygmunt Bauman, comenzó hace poco a devenir superflua.

Cuando la nueva economía financiera, el vacío postmoderno, la globalización más inmoral, la avaricia neocapitalista llenan de muertos vivientes las calles y de plástico el fondo del mar la sociedad del riesgo que postulara en 1986 Ulrich Beck deviene sociedad del terror.

 

Hermosos: planos de Post Mortem de Peter Bergendy.

Malditas: precariedades sociales y laborales.

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