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Bon Iver: el trayecto como placer, la canción desterrada como un fin

  • En Música
  • 19 octubre, 2016
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Bon Iver: el trayecto como placer, la canción desterrada como un fin

Justin Vernon duplica el órdago del que fuera su último álbum con un trabajo que se sitúa ya a años luz del tratado de folk doliente y confesional que le dio fama mundial hace casi una década. Su nombre ya nos advertía de que, en su mundo particular, las cosas no tenían por qué ser lo

Justin Vernon duplica el órdago del que fuera su último álbum con un trabajo que se sitúa ya a años luz del tratado de folk doliente y confesional que le dio fama mundial hace casi una década.

Su nombre ya nos advertía de que, en su mundo particular, las cosas no tenían por qué ser lo que en un principio parecen. Bon Iver es una forma deliberadamente errónea de enunciar un buen invierno en francés (Bon hiver era la expresión correcta, si hubiera querido servirse de ella). Podemos pensar, en un alarde de ingenuidad, que en aquella cabaña en la que se encerró durante unos largos y duros meses de 2007, no contó ni con conexión de internet ni con un mísero diccionario en francés para corroborarlo.

Pero no, más bien cunde la sensación de que Justin Vernon estaba ya encaminándose, aunque nadie entonces pudiera sospecharlo, a hacer del error virtud, del ensayo un método, del experimento un fértil campo de pruebas. Aquel For Emma, Forever Ago (Jagjaguwar, 2007) plantó una pica en Flandes como epítome del tratado de folk cortavenas. Un exorcismo doliente, en clave austera y deshuesada, que sumar a la larga lista de álbumes gestados tras traumáticas rupturas sentimentales. En su caso, agudizada por una mononucleosis y la marcha de la banda que hasta entonces le había acogido, DeYarmond Edison. El álbum fue un insospechado éxito mundial.

Mientras se tomaba su tiempo para componer su secuela, empezó ya a dar signos de su escasa estima por las expectativas ajenas. Sobre todo cuando trascendieron sus colaboraciones con St. Vincent, Gayngs o Kanye West, artistas completamente alejados de las hechuras folk. El esperado Bon Iver, Bon Iver (Jagjaguwar, 2011) las concretó, alejándose de aquella austeridad de antaño mediante bases sintetizadas, samples, secciones de cuerda y viento, saxos que remitían con elegancia al soft rock y al pop de radio fórmula de los 80 (Bruce Hornsby & The Range, Bonnie Raitt: absoluto anatema para los guardianes de la ortodoxia) e incluso el tratamiento de su voz con el autotune, ese filtro tan nefasto cuando son otras manos menos diestras quienes lo emplean.

Así que lo que pudo ser una empanada indigesta resultó un álbum extraordinario y certero, que propulsó su figura mucho más allá de la categoría de un folk singer confesional al uso. En sintonía con otros músicos, que habiéndose movido en coordenadas similares en sus primeros trabajos, también acabaron abjurando de la parquedad de las letanías armadas con guitarra de palo, como Iron & Wine, Damien Jurado o Sufjan Stevens, pero en su caso con una dosis extra de audacia.

El reciente y flamante 22, A Million (Jagjaguwar, 2016) ahonda en la senda emprendida en aquel segundo disco, yendo un paso más allá en su desafío al tradicional canon de canción. Los estragos no se han hecho esperar: las redes sociales hierven, debatiéndose entre los lamentos de quienes lo consideran una tomadura de pelo y los halagos de quienes lo contemplan como un meritorio tour de force. La recepción crítica es más unánime: el agregador Metacritic le otorga un 8,6 (sobre 10) en el promedio de críticas emitidas por los diferentes medios especializados.

Sus temas, enunciados con títulos tan crípticos como “33” GOD”, “29 # Strafford APTS” o “00000 Million” (y otros cuyos caracteres ni siquiera alcanzamos a atisbar en nuestro teclado), pueden dar la sensación de querer jugar al despiste, pero obedecen a un intento genuino de su autor por no plegarse ni a las exigencias de la industria ni a las consignas categóricas que priman en un presente que oferta tantos nichos de mercado, muchas veces estancos y testarudamente inconexos. Son diez composiciones que sustancian una sonora peineta a las limitaciones estilísticas y a los inflexibles códigos de género.

34 minutos que requieren más tiempo que el promedio habitual para una certera digestión, pero cuya escucha depara una satisfacción a largo plazo (¿Largo plazo? ¿Existe eso en estos tiempos de escuchas furtivas y fragmentadas?) que va mucho más allá del simple aplauso a la constatación de su órdago formal. Como ocurre con Anhoni, Kanye West, Frank Ocean, James Blake, Beyoncé y algunos otros artistas sobre cuyo nombre recae el peso de esos discos por los que esta década será reconocible en unos cuantos años. Una vez más, un álbum para perderse en él y dejarse empapar por sus inusuales propiedades, sin el peaje de las ideas preconcebidas.

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