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Todos cumpliremos 100 años algún día

En Cine y TV 7 September, 2021

Ángel Pontones

Ángel Pontones

PERFIL

1971: en una línea de tiempo alternativa Luis García Berlanga lleva una semana de localizaciones en la playa del Lido y el hotel Gran Les Bains. A ratos se pregunta por los motivos, dinero aparte, que le han llevado a aceptar la patata caliente que ha puesto en sus manos Warner Bros, con tal de evitar un fiasco de los de época. Un mes atrás, el que buscaba escenarios para la adaptación de la novela de Thomas Mann Muerte en Venecia, era Luchino Visconti, aparentemente la mejor opción posible para trasladar a la pantalla textos literarios farragosos y decadentes. Pero nadie contaba con que la historia se encontrara tan próxima a uno de sus rincones oscuros, esos que hacen tanto ruido que no dejan pegar ojo a nadie que viva en sus proximidades.

Paseando hace un mes por la misma playa con Pasquali, su ayudante de fotografía, Visconti busca sincerarse consigo. Desde que se dedica a dirigir películas siempre ha acariciado la idea de hincarle el diente a este texto de Mann, pero hace días que un grito de protesta se manifiesta en su mente, y le indica que la pasión del escritor por el adolescente Tadzio es demasiado intensa como para no llegar a implicarse. Se pregunta si estando en el lugar de Gustav von Aschenbach, él no daría ese paso adelante. Como la respuesta siempre es afirmativa, empieza a tomarle manía a su protagonista, que se ha convertido en un Pepito Grillo que le echa en cara sus excesos y poco menos que le acusa de ser un pervertido.

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Puesto que no considera ético vengarse a través del texto, Visconti arregla las cosas para que a Aschenbach tenga que interpretarlo alguien más feo que Dirk Bogarde. Con este primer paso denota estar tensando la cuerda que le conecta a los responsables de la producción. Al mismo tiempo, confiesa a Silvana Mangano lo mucho que está detestando este film. Dos días después es sorprendido comprando un corsé en una travesía del barrio de la Santa Croce. Tres días después se presenta en Venecia un delegado de Warner Bros haciéndose pasar por socorrista. Cuatro días después éste ha recopilado suficiente información para mandar dos meses a Visconti al balneario Carlo di Vari a una cura de salud, donde sorprendentemente compartirá sauna con el esqueleto de Thomas Mann, que al parecer nunca pudo salir de allí.

La producción, pues, está en marcha y el reloj del dinero tictaquea sin parar. Se sondea a todos los directores italianos del momento. Pasolini parece interesado pero está sumergido en un compromiso que le atrae demasiado, Los cuentos de Canterbury. Fede Fellini pide tiempo porque está acabando su epopeya personal sobre la ciudad de Roma (Roma, 1972), e incluso accede a dirigir la película por teléfono, pero la Warner no espera a nadie. De Sica se excusa pretextando que no es su estilo. Bertolucci ha acabado harto de adaptaciones literarias. Sergio Leone acepta, pero a cambio de que le permitan después rodar un remake de Lo que el viento se llevó.

Las negativas crecientes van rodeando al proyecto de un aura desaconsejable, un gafe que desautoriza cualquier previsión optimista. Sin venir a cuento, Silvana Mangano menciona a Luís García Berlanga, al que conoce a través de la productora Uranus. Berlanga tiene buen currículum pero hace años que no se encuentra con un proyecto que le satisfaga. La Warner, desesperada, claudica con un director que conoce poco, pero que al parecer sabe manejar repartos internacionales. Recién llegado a Venecia, Berlanga sondea a Dirk Bogarde que sigue descansando en el Lido, pero este ha perdido interés en Aschenbach, a la vez que lo ha ganado por un secundario sin diálogo, el astuto conserje sordomudo del hotel Les Bains, que en la nueva adaptación que se va creando sobre la marcha, terminará siendo el urdidor del ovillo donde irá enredándose el protagonista.

Berlanga que no ha frecuentado mucho a Fernando Fernán Gómez, se encuentra con que su físico se adapta perfectamente a la nueva situación. Decide explorar los intereses creados y el nido de corruptelas de la isla, entonces bajo dominio austrohúngaro (otro aliciente para el nuevo director). Va tejiendo así sobre la novela de Mann una comedia negra en la que el personaje de Fernán Gómez es un inspector intendente general enviado para realizar un informe sobre la salubridad de las aguas del canal, del cual depende una jugosa subvención que debe aprobar desde Viena su superior Fitzmayer (Michel Piccoli), un burócrata clásico que vive con una muñeca hinchable a la que da vida Silvana Mangano.

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Aschenbach (definitivamente encarnado por Fernán Gómez) es un formalista que raya en lo inquisidor, pero que esconde dentro una simiente anarquista y bisexual mal reprimida. Tadzio es el alcahuete que trabaja a sueldo del conserje, y que reconoce el punto débil de este enviado del gobierno, al que le dedica un marcaje tal que es imposible que el otro aguante demasiado tiempo sin rendirse a sus encantos. Dupré, gobernador general de la isla, interpretado por José Luis López Vázquez, está sometido a chantaje por la mafia, que le exige buena parte de los fondos destinados a dragar los canales, con lo cual de la ciudad va apoderándose una pestilencia que deja en mantillas la incipiente epidemia de cólera de la novela de Mann.

Para justificar todo esto ante sus conciudadanos, Dupré echa la culpa al gobierno central, a la vez que no deja de anunciar una visita del heredero imperial para interesarse por la situación. Por descontado, que la visita solo está en su imaginación, la misma que le hace planificar una aparición Mariana en la plaza de San Marcos, con el fin de atraer más visitantes al lugar. Enviudado recientemente, dedica los días pares a visitar a una de sus amantes y los impares a la otra, pero el día en que recibe la información de que el heredero imperial realmente sí que va a visitar la ciudad, pierde el norte, trastoca las fechas, y provoca que las dos amantes se enteren cada una de la existencia de la otra, y planeen en secreto envenenarlo.

Estos planes llegan a oídos de Aschenbach que, tras varios días imaginándose a Tadzio vestido de gondolero, se ha desengañado al verlo en brazos de un viajante de remos. Su sentido del deber le lleva entonces (nótese la ironía del destino) a ayudar al gobernador, el tipo que busca su perdición.

En un momento dado Tadzio resbala accidentalmente en una ración de tiramisú olvidada y cae a las aguas del canal donde contrae el cólera. Aschenbach realiza un informe negativo de salubridad pero se olvida de firmarlo. El conserje desaparece del hotel dejando unos libros contables tan espeluznantes que inspirarán muchos relatos de H. P. Lovecraft. El heredero imperial es asesinado con su esposa, lo cual es la espoleta para el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Venecia recupera su independencia para pasar en un abrir y cerrar de ojos a manos italianas. El Gobernador general es nombrado Gobernador general.

Mientras tanto, Luis García Berlanga, Fernando Fernán Gómez y Dirk Bogarde cumplirán 100 años en 2021, sea alternativa o no la línea de tiempo en la que vivan, obligándonos a preguntarnos de nuevo si realmente en algún momento llegamos a apreciar aquí o allí todo su talento.

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