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Miles Davis a través de sus mejores discos

En Música 30 May, 2022

Sergio Ariza

Sergio Ariza

PERFIL

Miles Davis es uno de los músicos más importantes del siglo XX, uno que siempre fue un paso por delante, abriendo caminos y derribando muros cuando trataban de encerrarle con etiquetas. Clasificado como músico de jazz, Miles fue un músico a secas. Alguien que siempre huyó de calificaciones y para quien la música no tenía género, sino solo infinitas posibilidades.

Aun así, no se puede negar que fue en el jazz donde sirvió de faro guiando la evolución del mismo, desde el momento en el que dejó atrás el be bop de su ídolo Charlie Parker, y dio nacimiento al sonido cool, hasta sus posteriores coqueteos con el rock, el funk e incluso el hip hop, Miles Davis siempre fue, como Bird, el gran perseguidor de nuevos sonidos. Estos son sus 10 discos más brillantes e importantes.

Miles Davis

Birth of the Cool (grabado en 1949 y 1950, publicado como disco en 1957)

Para el momento en el que grabó estas canciones Miles Davis ya había entrado en la historia del jazz, participando junto a su maestro Charlie Parker en la mítica sesión en la que se grabaron “Now’s the Time” y “Koko”, pero con Birth of the Cool fue él el que se puso al frente de esa historia. En 1949 se produjo un encuentro fundamental en su carrera cuando conoció a Gil Evans. Juntos crearían una manera de salir de lo que se había convertido en norma, el be bop. Miles encontró en el lado más lírico de Parker la influencia de la manera relajada de tocar de Lester Young. Junto a un noneto de músicos, entre los que se encontraban Gerry Mulligan o Lee Konitz, sacaron al mercado las canciones que darían “nacimiento al cool”. Un estilo lírico y relajado que anteponía la simplicidad de la melodía a las pirotecnias del bop.

Canciones como “Boplicity”, “Jeru”, “Moon Dream” o “Godchild” se convirtieron en el faro para el movimiento más exitoso de los años 50, el jazz cool, principalmente con músicos blancos como el propio Mulligan (que sería el descubriría al Miles Davis blanco, Chet Baker), Stan Getz o el grupo de Dave Brubeck con Paul Desmond.

Round About Midnight (1957)

Miles Davis siguió la senda de Parker también en el uso de la heroína y, como consecuencia, los primeros años 50 fueron uno de los periodos menos interesantes de su carrera, pero cuando Bird murió Miles ya estaba preparado para recoger la corona, limpio por primera vez en mucho tiempo, había recobrado su fuerza y su lirismo con la trompeta no pasó desapercibido. Tras un concierto en el que hizo una increíble versión del “Round About Midnight” de Thelonious Monk, Columbia le fichó y grabó este gran disco. Para ese momento Miles ya había formado su primer gran quinteto con Red Garland al piano, Paul Chambers al bajo, Philly Joe Jones a la batería y un desconocido saxofonista de 29 años (la misma edad que Miles) llamado John Coltrane. Juntos cambiarían la historia del jazz.

Solo con escuchar el sonido de la trompeta de Miles con la sordina Hammon en el tema que da nombre al disco uno entiende que la canción ha encontrado su versión definitiva. Este es el sonido más representativo de Miles, un tono tan único y personal que hacía que con solo una nota fuese reconocible. La canción titular es la gran maravilla, pero el resto de la sesión tampoco está nada mal, como la maravillosa “Bye Bye Blackbird”, nuevamente con la sordina, otro monumento más de su lirismo más expresivo.

Porgy & Bess (1958)

En pleno éxito con el quinteto, Davis volvió a reunirse con Gil Evans en el maravilloso Miles Ahead, con los arreglos de Evans y un Davis espectacular ejerciendo de solista en un gran conjunto, pero lo mejor estaba por llegar. En 1958, la pareja se embarcó en otro proyecto, la realización de la ópera popular de George Gershwin Porgy & Bess. A su lado Miles Ahead parecía un disco de prueba. Sin lugar a dudas, habían dado a luz uno de los mejores discos de la carrera del trompetista. La colaboración con Evans se tornaría fundamental en los próximos movimientos del trompetista: Cuando Gil escribió el arreglo de “I Loves You, Porgy”, sólo escribió una escala para mí. Sin acordes… te da mucha más libertad y espacio para escuchar cosas… habrá menos acordes pero infinitas posibilidades de qué hacer con ellos. Los compositores clásicos llevan años escribiendo así, pero los músicos de jazz rara vez lo hacen.

Milestones (1958)

El mismo año que se publicó Porgy & Bess, Miles Davis volvió a entregar un disco revolucionario en el que comenzaba a jugar con lo que sería su siguiente paso, la música modal. Su encuentro definitivo con ella se produjo en la canción que daba nombre a su nuevo disco. Miles había vuelto a contratar a su antiguo quinteto y ahora, además, le sumaba el saxofón alto de Cannonball Adderley. Coltrane había pasado algún tiempo a las órdenes de Thelonious Monk y ahora encontraba a su jefe en una nueva fase, Ahora utilizaba cada vez menos progresiones de acordes. La música de Miles me daba mucha libertad. Era un enfoque hermoso. El saxofonista ya se había encontrado a sí mismo como músico y había abandonado su adicción a la heroína, su emparejamiento con Adderley supuso que se alimentaran mutuamente, empujándose el uno al otro a cada vez mayores alturas, mientras el líder de la banda entregaba algunas de las notas más bellas de su trayectoria.

Kind of Blue (1959)

Los días 2 de marzo y 22 de abril de 1959, Miles Davis grabó el disco que sigue abriendo las puertas del jazz a los neófitos, creando nuevos adeptos para la causa. Es normal, Kind of Blue es el DISCO de jazz por antonomasia, el mismo en el que la delicada trompeta de Miles se mezcla con el incendiario saxofón de John Coltrane, bajo los acordes de piano del mítico Bill Evans, además de contar con el alma de Cannonball Adderley al saxo alto y la excelente sección rítmica formada por Paul Chambers y Jimmy Cobb. Solo la introducción de “So What” con el piano de Evans y el mítico riff de Chambers ya vale por discografías enteras de otros músicos. Para completar la experiencia de un disco irrepetible vale la pena hacerse con el Somethin’ Else de Adderley, con el jefe Miles Davis echando una valiosísima mano, y con el Giant Steps de Coltrane, grabado en las mismas fechas que Kind of Blue, con la inestimable ayuda de Chambers en todas las pistas y de Cobb y Wynton Kelly en esa preciosidad llamada “Naima”.

Sketches of Spain (1960)

El disco que siguió a su obra cumbre, Kind Of Blue, y que le volvió a reunir con Gil Evans. Miles buceó en la música española de raíz y en la culta. Su Sketches of Spain es un disco que escandalizó a los más puristas dentro del jazz, pero que volvió a ser todo un éxito artístico. Su mezcla de música clásica contemporánea, de Rodrigo y Falla, con la música popular de los gitanos, con los que Miles se veía emparentado, fue un nuevo logro artístico e hizo del “Concierto de Aranjuez” del maestro Rodrigo una pieza estándar del repertorio jazzístico. Aunque la pieza principal sigue siendo esa, lo que hace con Falla en “Will O’The Wisp” es igualmente espléndido y hay pocas cosas más emocionantes que la “Saeta” que aquí se marca la trompeta de Miles Davis, rivalizando en emoción con las gargantas más rasgadas del flamenco.

Miles Smiles (1966)

Si los años 60 comenzaron bien con Sketches, esto no duró. Coltrane y Adderley abandonaron la banda para formar sus propios grupos y a Miles le costó reemplazarlos. Por si fuera poco, la corriente del free jazz, encabezada por Ornette Coleman, amenazaba con dejar obsoleto al artista. Coleman y el propio Coltrane eran ahora la punta de lanza del jazz y, a pesar de conservar su popularidad, hizo que Miles no estuviese al frente por primera vez desde los 40.

Esto duró, hasta 1965 cuando Miles Davis formó su segundo gran quinteto. Esta vez sus componentes eran Wayne Shorter al saxofón, Herbie Hancock al piano, Ron Carter al bajo y el joven Tony Williams a la batería. Tanto Shorter como Hancock ya habían grabado algunos discos en solitario, pero su paso por la banda de Miles les catapultó a la fama, como al resto de componentes del quinteto, un verdadero Dream Team del jazz. Juntos condujeron el hard bop a su máxima expresión, llevando a su música por caminos todavía no transitados. Su mejor expresión eran los directos, donde los cinco músicos interactuaban telepáticamente, pero fue un disco como este Miles Smiles lo que le devolvió a su posición como guía de referencia, con complejas composiciones como “Footprints”, cortesía de Shorter, o “Circle”, la única que lleva su firma, en la que recupera su lado más lírico.

Eso sí, aquí ya se puede ver a un Miles que deja de ser un músico minimalista que tocaba lo que no había, para ser un trompetista con una destreza y fuerza que podría rivalizar con la de un Dizzy Gillespie o un Freddie Hubbard. También con la de un Wynton Marsalis, un músico que cuando salió a mediados de los 80 no hacía más que criticar a Miles Davis por sentir que se había vendido, pero que tenía en estos discos del segundo gran quinteto de Miles la Biblia absoluta de su estilo.

In A Silent Way (1969)

En 1967 Miles descubrió a Jimi Hendrix y comenzó a interesarse por el rock. Demostrando una saludable falta de prejuicios Davis declaró: En cuanto a la música pop, debe de ser algo básico en la escucha de todos. En 1968, su dieta musical apenas incluía a coetáneos del jazz sino que se basaba en Beatles, James Brown, Sly & The Family Stone o los Byrds. Ese mismo año en una escucha a ciegas para Leonard Feather, Miles expuso la máxima por la que siempre se guió: Hay que ubicar a un tipo en un punto en que tenga que hacer otra cosa, aparte de lo que ya sabe.

Era evidente que algo se avecinaba, Filles de Kilimanjaro dio las primeras pistas al ver la introducción de instrumentos eléctricos en la banda, pero la nueva dirección encontró su forma plenamente con el maravilloso In a Silent Way, publicado en 1969. Este disco veía a un Miles que comenzaba a utilizar el estudio de grabación como un instrumento más, junto al fundamental productor Teo Macero. Primero venían las jam sessions en el estudio de grabación y después, Macero y Miles las editaban a su gusto.

Para esta nueva etapa, el trompetista se rodeó de una nueva generación de músicos, gente como Chick Corea y Joe Zawinul a los teclados o John McLaughlin a la guitarra eléctrica. El resultado no era jazz ni tampoco rock sino algo completamente nuevo pero, a la vez, cien por cien Miles Davis. Sumergirse en estas dos increíbles piezas, una por cada cara, es encontrar nuevas cosas en cada escucha.

Bitches Brew (1970)

Si In a Silent Way supuso una revolución, entonces Bitches Brew fue un escándalo. Muchos le acusaron de venderse al rock pero la música de Miles Davis seguía en un mundo propio e inimitable, aunque en breve el mundo se llenaría de discos de jazz rock a años luz del riesgo y la aventura de la obra de la que surgieron. Y es que Bitches Brew, editado en 1970, era un disco doble donde Miles buscó vías de conexión entre dos mundos que se miraban, desde la distancia, con recelo y desdén absoluto, el jazz y el rock. Es este un disco lleno de aciertos y errores donde Miles se adentra por sendas nunca exploradas, pero desde luego no es una obra fácil, puede que vendiera miles de copias pero esto no era música comercial, puede que Miles estuviera influido por Hendrix pero esto seguía siendo música vanguardista que buscaba salirse de todas las restricciones posibles con un Miles que se volvía a redescubrir como músico a los 43 años de edad.

Miles seguía explorando un instrumento que era sagrado para él, la trompeta. Su forma de tocarla era ahora salvaje, buscando en el registro más agudo del instrumento, soplando con una fuerza inusual, con una intensidad muy alejada de la suavidad que le había hecho famoso. Hay que recordar que Miles era famoso por su registro suave y casi susurrado, el mismo que había copiado sin disimulo Chet Baker en los 50, eso sí, era difícil imaginarse a Baker adentrándose en estos solos fieros y musculares, en los que desafiaba cualquier opinión predeterminada que hubiera sobre su sonido. Es increíble pensar el viaje que había realizado Miles, y con él el jazz, desde Kind Of Blue hasta aquí.

A Tribute to Jack Johnson (1971)

Su presencia en festivales de rock, su nuevo look con ropa llamativa y su acercamiento a los instrumentos eléctricos hicieron del periodo Bitches Brew el más exitoso de su carrera, encontrando un nuevo público blanco. Pero Miles no estaba del todo contento, quería conectar con la juventud negra más que con los hippies blancos. Para ello se acercó al funk, principalmente por vía de Sly & The Family Stone, aunque siempre desde su particular óptica, y entregó alguno de los discos más callejeros de los setenta como este A Tribute to Jack Johnson o  el espinoso On the corner.

Mi favorito es el primero que, como In A Silent Way. solo tiene dos canciones, una por cara. La primera es “Right Off”, que comienza con un espectacular John McLaughlin en modo ‘rock star’, acompañado a la perfección por una sección rítmica perfecta, con guiño incluido al riff del “Sing a simple song” de Sly & The Family Stone, el tempo va bajando lentamente y la sección rítmica se queda sola, cuando vuelve a entrar McLaughlin hay un giro hacia el funk y en ese momento comienza a sonar el solo de Miles, un derechazo imparable con todo el sabor funk.

Normal que Prince lo tuviera como uno de sus ídolos absolutos. La fluida relación entre la trompeta de Miles y la guitarra de McLaughlin es lo más cerca que estaremos nunca de una colaboración entre Miles y Hendrix. Eso sí, la canción sufre un tremendo cambio, casi de ciencia ficción a la mitad, con la trompeta de Davis sonando misteriosa y con eco, hasta que volvemos a la sección principal, ahora con el saxo soprano de Steve Grossman como protagonista. “Yesternow” se abre todavía más funky, con una gran línea de bajo, sacada del “Say It Loud – I’m Black and I’m Proud”, de James Brown, el piano eléctrico de Chick Corea y un Miles que entra con su registro más susurrado. Poco a poco sube la intensidad y Miles vuelve a demostrar que está en uno de sus mejores momentos como músico. Una maravilla de jazz funk con la que terminamos este breve repaso por su discografía más selecta.

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