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La primera generación del rock argentino

En Música 29 November, 2019

Óscar Carrera

Óscar Carrera

PERFIL

Hablamos del primer álbum de Almendra, y hablamos del rock argentino. Se cumplen cincuenta años de la publicación de un álbum que cambió el curso de la historia. Un álbum que, pese a no ser la primera producción roquera de su tierra, fue la primera que abordó el rock como una creación artística del más alto nivel. Una obra maestra, de esas que sientan un precedente para todo el que tenga la mejor o peor suerte de venir detrás.

No pocos opinan que Almendra, debut de la banda fundada por un casi adolescente Luis Alberto Spinetta, permanece insuperado. Nosotros nos contentamos con decir que el rock argentino ha sido, a partir de entonces, el de mayor vitalidad en lengua castellana.

Almendra. Rock argentino

Lamentablemente, esta larga odisea roquera permanece mal conocida fuera de su continente natal. Hoy celebraremos a Almendra a través de su abundante prole. La selección es personal, aunque ajena en lo posible al hooliganismo que despierta por allá toda cosa icónica. Se evitan colaboraciones y supergrupos (Fricción, Los Twist, Spinetta/Páez…), salvo en dos casos inexcusables.

Como en algún sitio hay que parar, se escogieron treinta canciones representativas de los primeros treinta años del «rock nacional», como lo llaman los argentinos y como lo llamo, sediciosamente, también yo.

1967 Los Gatos: «El rey lloró»

No siempre fue evidente que se puede hacer rock en Argentina, y mucho menos que se puede hacer en español. Los Gatos nos descubrieron las costas del rocanrol en «La balsa», un single que demostró que se puede escribir hit con j. Su debut homónimo encerraba otras sorpresas, como esta canción que homenajeará el propio Spinetta, y que encarna mejor las preferencias folk del naciente movimiento.

1969 Almendra: «Figuración»

Tenemos suerte de no repetir artistas (sí compositores), pues de otro modo Almendra tendería a acaparar puestos. «Figuración» es simplemente una canción más (un estilo más) del poliédrico álbum que celebramos hoy, si bien de las más pintorescas.

1970 Miguel Abuelo: «Mariposas de madera»

«Mariposas de madera» inspiró a Almendra su letra más tarareada, aunque no saldría en elepé hasta una década y media más tarde. Entre líneas podemos leer la agitada biografía de uno de los primeros iconos del underground musical argentino: el poeta errante Miguel Abuelo, que pronto se embarcaría rumbo a Europa.

1970 Tanguito: «Natural»

Han logrado que [Tanguito] grabe su tema «Natural»… Así presentaba la revista Gente un tema de dos versos y dos acordes grabado (finalmente…) por el Syd Barrett argentino. Un chico con talento que, tras dar el pistoletazo de salida al rock nacional, cayó en una espiral de drogas y arbitrariedades que lo condujo a un Hospital Neuropsiquiátrico. Escapó de los electroshocks solo para perecer bajo las ruedas del tren que lo devolvía a casa… Somos afortunados de que antes nos legara estos dos acordes casi grunge.

1971 Arco Iris: «Mañana campestre»

Estamos ante una de las pocas bandas-comuna del rock en español, liderada por la gurú ucraniana Danais Winnycka, que, atípicamente, prohibía las drogas y el sexo. Musicalmente sí serán promiscuos, atreviéndose incluso con la ópera rock. En retrospectiva, «Mañana campestre» sigue siendo la que mejor transmite esa pureza que anhelaban.

1971 Vox Dei: «Cristo, Muerte y Resurrección»

Argentina se sumó temprano al movimiento del rock progresivo, con la musicalización del mayor bestseller de todos los tiempos: La Biblia. Sorprendentemente para un grupo de rock, no se emite ningún juicio de valor sobre la Escritura, a menos que la majestuosidad de esta suite sobre Jesús cuente como acto de proselitismo.

1972 Sui Generis: «Canción para mi muerte»

Este dúo, formado por Charly García y Nito Mestre, parece haber considerado su folk rock lo suficientemente único como para bautizarse sui generis. En aquel momento, en aquel país, lo eran, pero sus inquietudes sinfónicas se las arreglarán para que cada año se merezcan más el nombrecito.

1976 PorSuiGieco: «La colina de la vida»

Raúl Porchetto, los recién mencionados Sui Generis y León Gieco conforman el nombre abreviado de esta efímera banda, cuyo único álbum presenta la versión original de una canción sobre la vida y los montes. Luego será popularizada por su inventor, el señor Gieco.

1977 Crucis: «No me separen de mí»

Los delirios del mariscal es uno de los mejores álbumes de rock progresivo instrumental en Latinoamérica, región que, con joyas como Som Imaginário o Decibel, puede ser la más propicia del mundo para este sub-subgénero. Crucis no lo hacían por una cuestión de complejos: ni les fallaban las voces, ni el formato canción, como lo muestra esta única toma con letras.

1977 MIA: «Corales de la cantata a Saturno»

Músicos Independientes Asociados fue una cooperativa musical que, buscando nuevas estrategias de financiación artística, por poco no inventa el crowdfunding. Pocas grabaciones hacen más justicia a su filosofía que esta pieza coral y saturniana.

1978 León Gieco: «Sólo le pido a Dios»

Una canción que su autor encontraba monótona: sólo se atrevió a publicarla cuando supo que Charly García discrepaba. También discrepan las decenas de músicos que la han versionado desde entonces.

1980 Serú Girán: «Desarma y sangra»

Es difícil filtrar el catálogo de los llamados «Beatles criollos». Esperamos que a nadie le disguste una obra neoclásica al piano de Charly García. Aprovecharemos sólo para decir que, créanlo o no, hay mucho más que García en este ultragrupo.

1981 Litto Nebbia: «Sólo se trata de vivir»

Nebbia, antiguo compositor de Los Gatos, consiguió diagnosticar las entrañas de su país una vez más. Ya no desde la perspectiva de un joven rosarino convidado a la bohemia de Buenos Aires, sino desde la de un exiliado que preservaba su integridad física en México.

1982 Juan Carlos Baglietto: «La vida es una moneda»

Juan Carlos Baglietto canta, Silvina Garré corea y un jovencísimo Fito Páez compone uno de los standards de la llamada «trova rosarina», que debe buena parte de su éxito a estos tres hacedores de escena.

1983 Charly García: «No soy un extraño»

Charly se fue a Nueva York y volvió, no solo medio loco, sino con un álbum donde redefinía lo que era hacer rock argentino, por cortesía del tango en el caso que nos ocupa. Clics modernos es la prueba fehaciente de que algo raro le dieron a probar por ahí.

1983 Los Abuelos de la Nada: «Chalamán»

Otra de regresos: tras una década nomádica, Miguel Abuelo se rodea de futuras estrellas, permitiéndoles poner a prueba sus talentos con magnífico espíritu cooperativista. Daniel Melingo llegó como saxofonista y se fue tras un par de discos, pero no se olvidó de pagar el alquiler con esta canción, que presagia una de las futuras costumbres argentinas: el reggae.

1983 Spinetta Jade: «Maribel se durmió»

A principios de los ochenta, Spinetta llevaba años bajo la influencia del jazz y el progresivo, pero esta breve pieza tuvo una inspiración muy distinta: la convalecencia de su hijo y la Novena de Beethoven. A posteriori, la rededicó las Madres de Plaza de Mayo.

1985 Soda Stereo: «Cuando pase el temblor»

Los Stereo fueron de lejos el mayor fenómeno musical hispanoamericano de los ochenta. Aunque la agrupación pasará por diversos estilos, desde unos orígenes semigóticos hasta experimentos con el shoegazing, «Cuando pase el temblor» contiene la melodía más indígena de los primeros reyes del rock latino.

1985 Virus: «Pronta entrega»

Uno de los estandartes del llamado «movimiento divertido», que reaccionaba contra la percibida artrosis del rock nacional. Su vocalista, Federico Moura, era un frontman de los enigmáticos; lástima que falleciera en ese fatídico arco de un año que se llevó también las vidas de Miguel Abuelo y Luca Prodan. Los tres la entregaron muy pronto.

1986 Los Encargados: «Trátame suavemente»

Publicada primero como balada por Soda Stereo, su autor, Daniel Melero, presentó dos años después una animada versión new wave: que compare el que no lo encuentre odioso.

1987 Enanitos Verdes: «Te vi en un tren»

Estos «enanos» lograron aprovechar la siesta tardo-ochentera de los gigantes del rock nacional para colarse en escena. ¿Lo suyo? Un rock con gancho y sin pretensiones, desde las periferias de Mendoza.

1987 Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: «Todo un palo»

Los Redondos son una banda quintaesencialmente argentina, por su rock al estilo de nadie, por su clausura contracultural, por una base de fans célebre por dejar un reguero de heridos, a veces muertos, tras sus conciertos, que ellos llaman «misas». También es típicamente argentina en que es casi desconocida en el resto del mundo, y en que no está –no podría nunca estar– a la altura de la pasión que despierta en casa. Y sin embargo, a veces su originalísima apuesta anda cerca de lograrlo.

1987 Sumo: «Mañana en el Abasto»

Nada le venía mejor a Argentina que Luca Prodan, italiano-escocés con un largo historial de pendencias. Para empezar, sirvió de enlace legendario con las metrópolis del rock: se rumorea que era íntimo amigo de Ian Curtis, los Sex Pistols y quién no. Además, nos habría puesto al día de las innovaciones de eso que llaman post-punk, con su grupo Sumo, los Talking Heads argentinos. Incluso nos bajó un poco los humos, criticando la petulancia de algunos popes del «rock nacional».

Otros, sin embargo, cuestionan que supiera tocar la guitarra antes de instalarse en Hurlingham, Buenos Aires: esta canción monoacórdica, dedicada al barrio tanguero por excelencia, sugiere quién inspiraba realmente a quién.

1988 Fito Páez: «Por siete vidas (Cacería)»

Es difícil saber sobre qué cantaba el joven Fito en su oscuro espanglish de la época (años antes de descubrir que el top de lo cool era componer el disco más best-selling de la historia de Argentina). La música, en sus mejores momentos, nos sugiere cosas como un cósmico periplo a través de las reencarnaciones. Junto a un taxi boy.

1989 Miguel Mateos/ZAS: «Hagamos el amor»

El nombre dual de esta banda no deja lugar a dudas: su líder tenía vocación de liderazgo. Conocido como «el Jefe del rock en español», Mateos compartía con su análogo estadounidense, el Boss, su facilidad para alternar dureza y ternura. O, como en esta canción, sexo ardiente y consuelo psicológico.

1991 Fabiana Cantilo: «Mi enfermedad»       

Aunque Andrés Calamaro escribió en el primer verso Estoy vencido porque el mundo me hizo así, no puedo cambiar, Fabiana Cantilo prefirió cantar, en directo, No estoy vencida… hoy puedo cambiar. Se distanciaba así de las Jeanettes de este mundo para aspirar al título de roquera nacional. Su versión es simple y fue efectivísima.

1993 Divididos: «¿Qué ves?»                              

Para algunos, la canción insignia de los noventa argentinos. Su mezcolanza de géneros es sin duda indicativa de los vientos que corrían: rock alternativo en forma de reggae con maneras de rock duro y una pizca de voseo.

1993 Los Rodríguez: «Dulce condena»

Las fronteras son porosas en el orbe hispanoamericano. Aquí tenemos una canción grabada en un estudio madrileño por una banda fundada en Madrid, pero compuesta por los bonaerenses Andrés Calamaro y Ariel Rot. No nos tomemos, pues, tan en serio. Si esto de la Hispanidad es una condena, desde luego tiene su punto dulce.

1994 Los Pericos: «Runaway»

Desde su Cono Sur, Los Pericos han firmado algunos de los temas más pegadizos del reggae. En títulos como «Runaway» se aproximaban, incluso, a la última frontera: el inglés. El gobierno de Jamaica correspondió nombrándolos embajadores del género.

1996 Los Piojos: «Verano del ’92»

Cerramos esta antología de tres décadas con una canción que nos remite, no al Verano del Amor (1967), ni siquiera a aquellos Buenos Aires Rock (1970-72) que convirtieron el «rock nacional» en un fenómeno social de primera magnitud. Su autor, Andrés Ciro Martínez, nació después de Almendra e introdujo en todas las radios la nostalgia por el verano de 1992. Nuevas generaciones, nuevas nostalgias… aunque en realidad se está quejando de la mala cosecha de marihuana de aquel año. La nueva generación se presenta con unos apropiadísimos cantos cavernícolas.

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