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Cultura

Efectos del virus en la inteligencia II: el pensamiento enfermo

En Hermosos y malditas, Cultura 7 April, 2020

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

Pasan los días como páginas de una rara novela de Don DeLillo y los perniciosos efectos del coronavirus sobre la inteligencia, según es mi modesta opinión, no disminuyen, sino que aumentan como aumenta el mal gusto en la parte emotiva del asunto. Cada uno llama verdad a lo que conviene.

El Gobierno no se arrepiente de nada. Las amenazas y trampas de «judo moral» se suceden. Sigue la confusión entre hechos e interpretaciones, la subjetivación, la infantil idea de que las cosas complejas son lo que sencillamente vemos, lo que nos duele o lo que nos parecen que son, quizás es por ello que los mejores análisis no provienen de los filósofos, sino de los escritores, en el mejor de los casos, de los historiadores (otra forma de escritura): seres que suspenden la moral, seres que adoptan un punto de vista amplio, polifónico, exterior.

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Fotograma de ‘Cosmopolis’ adaptación de DeLillo por David Cronenberg con Robert Pattinson

Una impresión particular tiene que ver con la decepción. Decepciona la vanidad de los pensadores de los medios oficiales, la Sopa de Wuhan (¿de verdad no había otro título?), reunión de académicos bien pagados en el candelero, todos arriman el ascua a su sardina, quieren que la llamada «crisis del coronavirus» les corrobore, les respalde, les dé en algún punto enfermo la razón a sus gastadas tesis del pasado. Jean-Luc Nancy o Judith Butler (a excepción de las líneas sobre el peligro del hogar) parece que hayan dejado de leer hace 20 años, al igual que parece que en RTVE la historia de la música popular se detuviera en la primera temporada de Cuéntame. No digo que pongan a Rocío Márquez o a Maria Arnal i Marcel Bagés, pero en lugar de la radio fórmula de los 80 podrían acompañar el final de informativo con canciones de El Guincho, Single, Josele Santiago o Lidia Damunt.

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Slavoj Žižek

Como las diatribas contra el capitalismo le proporcionan conferencias, fama y dinero, Slavoj Žižek vende estos días un mal libro (Pandemic! Covid-19 Shakes the World) donde, frente a toda evidencia, defiende que el virus le dará la patada-Kill Bill al capitalismo. Una chaladura. Aquellos que aciertan como Byung-Chul Han no lo hacen por un pensamiento crítico, penetrante y novedoso sino por una conclusión entre la sociología y la política comparada: los países asiáticos están gestionando mejor esta crisis por una suma de moral social confuncionista y un número elevado de mascarillas, dice. Puede ser. Desde luego no será por los aplausos. El optimismo es una cuestión ornamental, prescindible, secundaria. Un enfermo de cáncer no puede vencer su enfermedad a base de pensamiento positivo. Es una cuestión médica.

Las plantas no escuchan, pero hay gente que les pone canciones de Amaral, si pudieran escuchar, si tuvieran sistema nervioso y no estuvieran sujetas e indefensas en la tierra, harían como la planta de la tiendita del horror. En lo que tiene que ver con la política comparada, el filósofo coreano lleva razón: mientras allí se trabaja con datos y medios, aquí se levantan enemigos y fronteras. Y es que, a mucha gente, no exactamente a toda, le parecen verosímiles los hechos que ya han acontecido. A otros, más atrevidos, les parecen evidentes. Entre lo que he leído, creo de interés algo repetido muchas veces, pero que no termina de calar: Muñoz Molina celebraba la llegada de la hora de los expertos, del reconocimiento “del conocimiento sólido y preciso”. Otro escritor.

Coincido con Srecko Horvat en que es peor el miedo que el coronavirus. Hace 15 días escribí algo de lo que no me retracto y que ahora leo en el vilipendiado autor de Homo Sacer: para Giorgo Agamben hay algo raro en esta pandemia, una inclinación del poder a crear y beneficiarse de estados de pánico colectivo. No sé si ha cambiado de opinión. Me sigue gustando leer en Ajoblanco el diario de Franco Berardi, me identifico mucho con su visión de lo que pasa como una mutación tecnopsicótica de la seguridad.

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Aumentan las medidas autoritarias, se asienta la idea de verticalidad absoluta, se prohíbe dudar, no se admiten re-preguntas en las ruedas de prensa, quieren hacernos creer que las cosas solo se comprenden de arriba a abajo. Mentiras del Ministerio de la Verdad: ahora la máscara es buena, antes era mala. O peor, nunca dijimos que no valiera para nada: personalmente la moralina edificante y el paternalismo político me dan ganas de vomitar.

Hemos escuchado abrir telediarios con el mismo formato y tono que aquellos días improbables y lejanos cuando corría en los mundiales de Berlín el jamaicano Usaín Bolt. Solo hablan de récords. Parecen emocionados. Mi impresión, tamizada por la indeleble herencia que la moral cristiana y la temprana lectura de Kant dejaron en mí es que sigue utilizándose el miedo a la enfermedad para vender más, de forma consciente o inconsciente, inocente o malvada se está utilizando a los muertos, ¿para vender qué? ¿seguridad? Lo que sea. El último ejemplo de la formidable capacidad de adaptación del capitalismo es una fase en la que este ha conseguido prescindir de la mercancía. Este es un capitalismo sin producto, pero su lógica se mantiene igual.

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Inseparables (Dead Ringers, David Cronenberg, 1988)

Los sistemas de geolocalización, la imposición de sistemas biométricos, las cámaras de vigilancia, los aires de mesías, las amenazas de muerte entre «buenas» personas, la nula reflexión sobre las causas de lo que está pasando, la naturalidad con la que se va a cerrar sine die el espacio Schengen, los insultos, los recelos entre razas y culturas, los resquemores entre ricos y pobres, el desprecio de los pensadores oficiales a todo aquel que se sale una línea del discurso, su burla, los sonsonetes, la altanería de unos políticos que nunca han superado el 3 en valoración social nos lleva a desconfiar, ya no de las instituciones pensadas para hacer el bien sino también de aquellas otras consentidas para hacer el mal.

Políticos llenos soberbia, pensamiento futbolizado, me gustaría que le fuera lícito al periodista hacer esta prueba: darle delante del opinante la vuelta a lo que dice, si una vez dada esa vuelta sale una chorrada que nadie cabal suscribiría, entonces lo que el bien pensante ha dicho frente al micro es una prescindible obviedad. No hay rival pequeño, no debemos confiarnos contra Con los rivales pequeños podemos confiarnos, no valen nada; Hay que salir de esta crisis más unidos contra Hay que salir de esta crisis cada uno por su cuenta. Esto es un sálvese quien pueda, ¿sabe usted?.

Leo y escucho en todas partes que el problema de esta crisis de la salud pública —en mi opinión, es más una crisis de la administración pública de la salud— es que se le hace frente con «armas» del siglo XIX. Pero, me gustaría insistir en que el problema más importante no es cómo se le está haciendo frente —la respuesta del gobierno español será un problema brutal que destrozará comercios, empresas y oportunidades vitales—, sino como se la está presentando y pensando.

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Se la está presentando como una calamidad nueva (el SIDA lleva 35 millones de muertos y subiendo frente a los 59.000 del coronavirus) y encima se la está pensando con ideas del siglo XX. De un lado, las pesadas lecturas de la crisis en torno a un desfasado eje izquierda-derecha, la matraca partidista, etc., de otro, aún peor, la metáfora de la guerra. Veo ahora mismo al presidente de mi contradictorio país en modo Winston Churchill, habla en televisión, chillo a la pantalla como Nanni Moretti ante el apocamiento de D’Alema con Berlusconi, cuesta mucho soportar su discurso, el de Sánchez, el de Berlusconi, ¿quién se lo escribirá? ¿A que acaba diciendo que todos estamos en el mismo barco?

Habla de sufrimiento sin precedentes, de amenazas a la humanidad, de la Segunda guerra mundial, de primera pandemia de la globalización, de enemigo, de moral de victoria. Pero, Sr. Presidente, ¿conoce la historia? y ¿sabe usted lo que es una guerra? ¿No? Yo se lo diré. No lo sé por los filósofos, ni por los tertulianos, ni por los generales, lo sé por la historia y los escritores: algo absurdo, estúpido, cruel y sin sentido. En la guerra, no solo se mata, en las guerras se viola y se saquea. En la guerra, el sádico actúa con impunidad porque un idiota ha dicho «todo vale».

Declararle la guerra a un virus porque daña la salud de los humanos es como juzgar a un perro por ladrar. El lenguaje bélico que siguió al 11-S solo sirvió para erosionar los derechos humanos y preparar la escalera al poder a una serie de sujetos sin escrúpulos. No había guerra, había algo ya conocido: terrorismo. Ahora tampoco hay guerra, es un virus. Hablar de guerra es un pensamiento enfermo, o peor, mala literatura.

Me levanto del escritorio. El discurso ha terminado, el presidente no ha dicho que estamos en el mismo barco, ha dicho que somos un mismo cuerpo. La metáfora no me recuerda tanto los tropos del cuerpo político de Maquiavelo y Hobbes o la biopolítica de Michel Foucault como a la Nueva Carne y las tramas de terror de las películas de David Cronenberg.

Por otro lado, yo no quiero formar parte de ningún cuerpo, me basta con el mío, cansado y con pitidos, no quiero formar parte del cuerpo de Sánchez ni de Casado, sino ser ciudadano de un Estado sobrio, racional y con buenas leyes. De hecho, no quiero estar cerca, sino lejos, como los protagonistas de An Elephant Sitting Still (la obra maestra de Hu Bo),  muy lejos de los fachas, de los salvapatrias, de los fanáticos de izquierda, de los chulos y de los matones, lejos de los que queman bosques, maltratan animales, explotan inmigrantes, apalean mendigos o entierran sus colillas en la hermosa arena de la playa.

Los medios de comunicación siguen eludiendo las bases éticas de su cuarto poder. Los bustos parlantes de Antena 3 se atreven a decir que El principal factor para derrotar al coronavirus es que los ciudadanos cumplan con el confinamiento. Me extraña que algunas evidencias del pasado no puedan servirnos por analogía: una conclusión de cualquier filósofo político posterior al boom del neoliberalismo es que este se empeñó (de nuevo, contrafácticamente) en atribuir la culpa de la situación de pobreza, vulnerabilidad y miseria a los propios individuos.

Si en el plano económico, una afirmación así, al margen de su desagradable carga ideológica, implicaba obviar la responsabilidad institucional, estructural, o el marco general de la economía y el empleo, en el plano médico decir que nosotros somos los responsables implica suscribir una atrevida interpretación sujeta a crítica. Por citar solo una voz, Yuval Noah Arari (de nuevo un historiador) opina lo contrario: en estas crisis es más importante la información que el aislamiento. El problema no son los individuos es la inversión en salud y camas de hospital.

A las cifras se les hará decir lo que se quiera, como muchos medios están reconociendo ya. Yo soy muy respetuoso con los datos, trabajo con eso. Ahora, cuando alguien rebate los argumentos de aquellos que quieren echar luz dicen sin tapujos que manejan otros datos, que hay más muertos de los que se cuentan: ¿no es la misma lógica de los hechos alternativos de Donald Trump?

¿Por qué me parece imprescindible seguir comparando los efectos del coronavirus con los efectos del SIDA, de la gripe común, del SARS, del MERS o de la pasada gripe A? En primer lugar, porque comparar no significa equiparar. En segundo lugar, porque no estamos comparando un museo con una pera, ni una sortija de oro con una película de Bi Gan. Estamos comparando enfermedades, virus, alarmas y pandemias. ¿No es lícito hacerlo? En algunos países ya no.

Coincido con Sánchez-Cuenca en que el disenso es imprescindible en época de crisis, las hambrunas son posibles cuando falta la libertad de expresión (Amartya Sen). ¿Por qué lo hacemos? La respuesta es sencilla: para poner en sus justos términos y números la naturaleza y la magnitud de la tragedia. Hay ciudadanos que aplican la lógica de Chernobyl (la lógica del siglo XX o lógica del alcalde-de-ciudad-tiburón): el gobierno miente para ocultar una verdad más grave. Pero, ¿y si estuviera sucediendo al revés? Los gobiernos autoritarios se manejan mejor cuando más miedo hay. Algo más inquietante, ¿y si ni siquiera mienten sino que han dejado de razonar con claridad?

Mucha gente piensa que estamos ante un desastre que tiene que ver con un apocalíptico número de las muertes, pero no se trata de eso. El problema hasta la fecha no radica ahí. Pese a lo que transmiten los medios de comunicación, la tasa de letalidad de la epidemia que mantiene confinados a 3.000 millones de personas en el mundo sigue teniendo números bajos de letalidad si los comparamos con otras pandemias. La gripe A causó entre 150.000 y 575.000 muertes hasta que estas dejaron de computarse. Datos de la OMS: 650.000 muertes anuales por gripe en el mundo frente a 59.000 por coronavirus.

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El almuerzo desnudo (David Cronenberg, 1991), adaptación de Burroughs.

¿De dónde viene mi interés? ¿Pretendo emular la majadería de arribistas sin escrúpulos como Bolsonaro? ¿Me alineo con tipos que creen que es fácil saber de todo como Boris Johnson y Donald Trump esos posmodernos y taimados Bouvard y Pécuchet?

No, solo creo que es una obligación tratar la información de forma responsable y no jugar con ella. La alta mortalidad en España tiene que deberse, forzosamente, a hechos que podrían apuntar a su población muy envejecida y a la proverbial mezquindad española en lo que toca al trato con personas con vulnerabilidad (por ejemplo, las casas de ancianos). Quizás también a la alarma creada las primeras semanas por los medios más amarillistas. El gobierno no lo ha hecho bien. El problema del coronavirus sigue siendo la falta de vacuna, la celeridad en conducir en determinados casos a la muerte y los aspectos desconocidos de su rápida transmisión. Había otras opciones —más valientes desde un punto de vista electoral—, por ejemplo proteger de forma prioritaria a la población de riesgo (personas mayores de 80 años con patologías) sin destrozar la economía. Copiar el modelo italiano ¿no parece siempre desastroso? Los medios de comunicación deberán informar y formar sobre esas cuestiones. Mi interés radica solo en tratar de atemperar este peligrosísimo clima de pánico y angustia. ¿Y por qué? Porque si sigue creciendo el pánico y la majadería esto va a tener consecuencias dolorosísimas en términos de vidas y libertades. dad, vaya alternando al enemigo global, primero nos hicieron creer que un joven idiotizado con un cuchillo en la mano no era un asesino, sino un soldado de la guerra del islamismo radical-global. Ahora se prueba con la salud pública y la pandemia mundial. Hay policías abusando de su posición (la de servidores de la ciudadanía, que para eso les pagamos), hay dictadores sacando pecho, aquí el estado de alarma parece un estado de excepción, en Hungría, el autócrata Orbán está salivando, en Filipinas se puede disparar a matar, en Costa Rica balean a los surfistas. Hay personas que se creen con derecho a ponerle un cerrojo a sus pueblos, imagino que es para evitar que aquellas otras personas a la que tanto aman acerquen sus sucios hocicos por ahí.

¿Qué creen que pasará si sigue subiendo el nivel de histeria cuando un inmigrante cruce una frontera, cuando un refugiado ponga un pie en Europa, cuando desembarquen las próximas pateras en años venideros? ¿Les dispararán? ¿Les escupirán? ¿Qué hará la gente? ¿Delatar, dar balas, aplaudir?

Esta crisis no tiene un ideólogo, tiene desaprensivos misteriosos  tratando de sacar tajada, tiene una serie de personajes mediocres conduciendo a la ruina a sus estados, tiene víctimas que dejan familias rotas, cuyo dolor debemos respetar, no son bajas de una guerra, son ciudadanos que merecen más camas de hospital. Las terrazas de Estocolmo siguen llenas porque Suecia no quiere romper su sociedad. De momento, hay cuatro verdades como cuatro jinetes del apocalipsis light; aumentan los muertos, aumentan las mentiras, aumenta el miedo, aumentan los dictadores. Debe seguir el disenso y si hay que hablar del fin del mundo, San Juan siempre fue mi evangelista preferido: era rico en temas y recursos y escribía mejor.

Hermosos: films de Bi Gan y Hu Bo

Malditas: pandemias

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