Con el cine de Almodóvar no hay término medio: o se le ama o se le odia. Así viene sucediendo desde 1980 con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, su ópera prima. Lo que resulta innegable es que, con 46 años de carrera y 24 largometrajes —además de varios cortos—, ha configurado una de las trayectorias más sólidas, personales e internacionales del cine español. Ha logrado constituir una marca en sí misma con características reconocibles que rastreamos en toda su filmografía: una estética visual propia, un diseño de producción sofisticado con elementos kitsch, el melodrama con tintes humorísticos, el universo femenino de «las chicas Almodóvar» y la identidad sexual. Estos elementos han evolucionado durante casi cincuenta años, volviéndose más pausados y reflexivos gracias a la perspectiva que la edad otorga a su creador, pero sin perder su esencia ni su impronta.
Es digno de elogio que Almodóvar siga haciendo «su» cine con éxito tras cinco décadas, sin traicionarse y siempre avanzando.
Todo autor se dirige a su generación, otorgando a su obra un matiz generacional por el contexto en el que nace. Obviamente, existe una «generación Almodóvar» que ha crecido con él: personas de más de 50 años que se identifican artística y emocionalmente con su propuesta. Sin embargo, también hay una generación de jóvenes a la que no le interesa, tanto por texto como por contexto. Es un hecho natural que ocurre con todo proceso artístico; lo digo como apunte, no como crítica.
Resulta curioso cómo David Broncano, presentador de La Revuelta (el late-night show de TVE y uno de los programas líderes de audiencia en España), le reconoció al propio cineasta en una entrevista que no había visto sus filmes, aunque estaba empezando a hacerlo y le gustaban. Esta afirmación no le impidió transmitirle su admiración, situando a Almodóvar en el panteón de los clásicos contemporáneos.

Ese estatus le pertenece por derecho propio, más allá del proceloso mundo del gusto, la edad o del posicionamiento por reactancia y esnobismo. Es un clásico con oficio y dominio de la industria, con sus deficiencias a veces intencionadas e hiperbólicas, su egolatría, sus premisas de marca y esa epistemología emocional adquirida en el conocimiento sentimental de la historia del cine. Esta manera de entender el hecho fílmico puede alejarlo de los universos de los nuevos creadores actuales nacidos con la televisión y otras formas de narrar, aunque no le son desconocidos. Con todo, es digno de elogio que Almodóvar siga haciendo «su» cine con éxito tras cinco décadas, sin traicionarse y siempre avanzando.
Amarga Navidad es un producto cien por cien Almodóvar. Es un ejercicio de metacine y autoficción lleno de anotaciones intertextuales a las que nos tiene acostumbrados desde La ley del deseo o Mujeres al borde de un ataque de nervios, y que ha revisitado en Átame, Hable con ella, La mala educación o Los abrazos rotos, hasta llegar a Dolor y gloria, su cinta más confesional, con la que enlaza este nuevo film. Cine dentro del cine; una estructura de matrioskas que sirve como proceso creativo y, a su vez, dialéctico. Existe una dialéctica del creador consigo mismo y con el espectador; un conflicto que nace de una historia dentro de otra, de personajes que son heterónimos del propio Almodóvar, todos ellos omniscientes de dicha heteronimia.
Almodóvar esgrime una feroz crítica sobre sí mismo, algo que le permite la autoficción, y que hace que el film adquiera una gran honestidad moral sobre el proceso creativo.
La película presenta un buen arranque al narrar desde dos tiempos diferentes dos historias que son la misma historia, aunque el guion no logra sortear ciertos baches y desigualdades. Aparecen personajes que entran y salen sin terminar de funcionar, dejando dudas sobre su necesidad para la historia o el discurso sobre el dolor, la maternidad y el duelo que desarrolla la película. En realidad, es la búsqueda del amor en un contexto de ficción-realidad.
Aunque la propensión rebuscada de Almodóvar suele rechazar el «menos es más», esta máxima se condensa en la magistral última secuencia con Leonardo Sbaraglia y Aitana Sánchez-Gijón, ambos espléndidos. Un diálogo sobre los límites morales de la ficción que da sentido al conjunto irregular de la película y conduce al final abierto de un rompecabezas fílmico que, en algunos momentos, nos hace bostezar. Ese cierre me remite a la Obra abierta de Umberto Eco, precisamente este año en que conmemoramos el décimo aniversario de su fallecimiento.
Esta larga secuencia es, por sí sola, Amarga Navidad. Tal vez la película sea un cortometraje alargado y lleno de paréntesis y acotaciones, rodeado de una excelente producción (casting, música, dirección de arte) al servicio de una historia ondulante que no emociona como otros de sus filmes, pero que desarrolla un discurso filosófico. Almodóvar reflexiona ahora sobre la función educacional del arte desde la empatía que sugiere Martha Nussbaum, o la calidad ética de la ficción de Wayne C. Booth. Ambos filósofos habitan esa secuencia final, sea de forma intencionada o no. Pero sobre todo, Almodóvar esgrime una feroz crítica sobre sí mismo, algo que le permite la autoficción, y que hace que el film adquiera una gran honestidad moral sobre el proceso creativo.

En una crítica es difícil sustraerse a Oscar Wilde y su idea de que no hay libros morales o inmorales, sino bien o mal escritos. Algo similar ocurre con Amarga Navidad: una factura encomiable y un guion deficiente que termina redimido por su última secuencia. Es un reto, un riesgo, una película de ideas, una autocrítica que no todos se atreven a rodar y que Almodóvar firma desde el magisterio de la madurez y el dominio de la autoficción. Si el guion hubiera estado más atado, estaríamos ante una de sus mejores obras; aun así, gracias a ese final, logra mantenerse en los primeros puesto de su filmografía.






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