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Cultura

Máximas en ascenso: La Rochefoucauld

En Hermosos y malditas, Cultura martes, 30 de julio de 2019

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

Estos días de bochorno y máximas en ascenso en toda Europa, de convicciones personales de un presidenciable elevadas a máximas y maximalismos de un puedo y no quiero o de un sonrojante puedo, quiero pero no sé (ya en España), estos días calientes y globales infestados de fatuos petulantes, autócratas ridículos, machos vanidosos, líderes pomposos, oportunistas sin escrúpulos, adalides de la prepotencia identitaria y la bajeza moral aplaudidos en el mundo por doquier (de Jair Bolsonaro a Viktor Orbán, de Boris Johnson a Matteo Salvini, de Vladimir Putin a Donald Trump) me he acordado de uno de los pensadores que mejor supo desvelar los juegos de apariencias de la virtud y la falsa fortaleza de la moral: François de La Rochefoucauld (1613-1680).

Lo que entiendo por filosofía es una forma específica del pensamiento laico, una búsqueda disciplinada pero indócil del saber que, valorando la verdad científica y partiendo de la convicción moral de que los actos de crueldad son lo peor que hay, explora respuestas relativas a cuestiones profundamente relacionadas con la existencia, el conocimiento, la belleza, el bien o la historia. En mi opinión, las peores páginas de la filosofía son aquellas que olvidaron la antigua sensación de estupor ante las cosas, la humildad y la brillante idea de que casi nada en el mundo es exactamente aquello que parece.

En esa comprensión amplia de la filosofía tiene cabida un tipo de literatura interesada por los problemas del ser (si se admite el tono alto y heideggeriano), la novela (de Cervantes y Sterne a Joyce y Foster Wallace), los ensayos: de Montaigne a Susan Sontag, y ese conjunto de géneros pequeños, el aforismo, el apotegma, la máxima a los que cuando formé parte de la revista, hoy desaparecida, Canibaal, dedicamos un número especial (acaso nuestro mejor número) con ensayos sobre lo pequeño (Juan Poz y José Ramón González) y microtextos (una nómina larga entre Andrés Trapiello, Carmen Camacho y Erika Martínez entre otros).

Vigas de la biblioteca de Michel de Montaigne.

Vigas de la biblioteca de Michel de Montaigne.

Entre los cultivadores de estos géneros pequeños ligados al pensamiento se puede distinguir muchas líneas, así, a bote pronto y según lo veo, una línea de oscura profundidad de Heráclito a Nietzsche, otra ligada al cálculo y la experiencia, de Marco Aurelio a Shopenhauer, una mística (de Pascal a Emil Cioran), una lúcido-festiva de Lichtenberg a Pittigrilli y Oscar Wilde, una consciente y meta-breve, de Hofmannsthal, del que escribí hace poco aquí, a Elias Canetti)  y una última, de luminosidad poética que abarca todas las personalidades de Fernando Pessoa.

Todos hicieron bueno el célebre dicho (perfectamente, otro aforismo) de Baltasar Gracián en su Oráculo manual y arte de prudencia (1647): Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Hay aforistas de género doblemente bueno que supieron repetir o bien arriesgar fórmulas nuevas, así, en castellano uno piensa pronto en Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Gómez de la Serna o Sánchez Ferlosio, hay muchos más. En mi opinión, un género muy específico al que siempre podemos acudir cuando las máximas del bochorno van en ascenso es el que cultivaron en Francia los «filósofos» moralistas.

El término moralista no significa en francés aquello que parece. El moralismo surgido de la cultura mundana de los salones parisinos no es la prescripción de normas edificantes sino que (como ya hemos recordado alguna vez aquí) redunda y profundiza en el significado del término moral (mores) en tanto que usos y costumbres. Los moralistas franceses de los siglos XVII y XVIII pensaron y escribieron (por ese orden) sobre lo humano, desde el análisis de sus pasiones a los modos de seducción, desde la política de sus ambiciones a la anatomía de su corazón. Para ello abrazaron las máximas, los apuntes, los aforismos o los esbozos, como si con esa preferencia por lo breve, ya dijeran algo de la ontología del sujeto/objeto de sus reflexiones.

En Chamfort, Vauvevargues, Joubert y La Bruyère  (1645-1696) autor de Los caracteres no hay sermones, no hay sistema (como no lo había en Pascal) sino retrato de la vacilación, sugerencias, agudezas de validez intemporal, visiones realistas, ironía y desenmascaramiento, anticipación de las aristas de una idea muy actual como el mérito personal. Caracteriza, además de esa preocupación por lo humano y esa preferencia por lo breve, el gusto por un gran estilo, la exhibición brillante de la idea y la complicidad del lector esforzado (estos textos requieren a menudo de varias lecturas).

Representación de la matanza de San Bartolomé según François Dubois

Representación de la matanza de San Bartolomé según François Dubois

Creo que en verano es preferible La Rochefoucauld a Pascal. En los «alfilerazos» del primero es bien visible la intersección señalada por Carlos Pujol (en la introducción en Edhasa que manejo) de lo galante y lo fúnebre, lo frívolo y lo desolado, la frontera de dos mundos, el de la muerte y el juego, de acuerdo con Roland Barthes, aceptación lúcida de una naturaleza que tiene que ver con la ficción y el uso jugoso del lenguaje: Los hombres no vivirían mucho tiempo en sociedad si no se dejasen engañar unos por otros. El autor de unas escandalosas Máximas supo ver el espíritu del vicio de su tiempo en el teatro del bien, en los motivos de las «nobles» acciones y en la vanidad del amor propio, se ensució con el barro serio del juego de la guerra, además, La Rochefoucauld es el autor de mi aforismo preferido sobre la identidad: A veces somos tan diferentes de nosotros mismos como de los demás.

Para La Bruyère no era bueno hacerse pasar por filósofo, y menos aún, por spin doctor, podríamos añadir hoy. Suben las máximas, los políticos manejan sin piedad la mala arte de extenderse en el decir insustancial, la práctica agotadora de hablar sin decir nada, presumen de fuertes convicciones como si la debilidad fuera un crimen, al otro lado escribió La Rochefoucauld, escritor mundano, salonard receloso de las virtudes, que la debilidad es el único defecto que no cabe corregir y que dos que no se aman no pueden ya romper.

Y en lo que toca al espectáculo político de esta semana, en España, este pensador del arte de entrar de lleno en el fondo de las cosas para poder romperlas desde dentro dejó dicho que solo elogiamos a quienes nos admiran, que Las únicas personas que nos parecen sensatas son las que opinan como nosotros, que La confianza sirve en las conversaciones más que el ingenio y que La confianza que se tiene en uno mismo engendra la mayor parte de la que se pone en los demás.

Hermosas: Máximas.

Malditas: cosas de la izquierda.

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