Del arte de la arquitectura y el cine de terror - el Hype
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Hermosos y malditas

Del arte de la arquitectura y el cine de terror

Del arte de la arquitectura y el cine de terror

Hace años que me distraigo pensando en la forma en que las casas afectan a las personas que las habitan, pues me ha parecido ver que se esconde justo ahí, al fondo del pasillo, donde conspiran la arquitectura y el carácter, una de las claves de esta rara charada que es la vida. Uno de

Hace años que me distraigo pensando en la forma en que las casas afectan a las personas que las habitan, pues me ha parecido ver que se esconde justo ahí, al fondo del pasillo, donde conspiran la arquitectura y el carácter, una de las claves de esta rara charada que es la vida.

Uno de los primeros libros que compré de niño fue El resplandor. Antes había cogido de la mesita de noche de mi madre las Narraciones fantásticas de Poe y aún hoy no he podido calibrar exactamente el peso de La caída de la casa Usher en relación con mis inclinaciones (y caídas) no sólo estéticas sino también vitales.

Adrien Brody en "El Profesor"

Adrien Brody en “El Profesor”

El caso es que ya entonces la posibilidad de adquirir en el supermercado de Continente otro libro de terror por 150 pesetas me pareció una gran inversión. A la semana siguiente, compré dos libritos más: Frankenstein de Mary Shelley y Otra vuelta de tuerca de Henry James. Desde entonces tengo a los libros de bolsillo y, en particular a los clásicos del terror, como un negocio más rentable que esos lodazales para el alma y la cartera, instalados en edificios con cristales de gafas para mafiosos, que llaman paraísos fiscales.

Pero ha sido precisamente esta madrugada lluviosa cuando he caído en que en todas aquellas historias, la casa, el espacio urbano, la ciudad y el paisaje, la altura de los edificios y el verde de los jardines eran justamente personajes de esas emociones espirituales, aunque también corporales, que desde la Poética de Aristóteles conocemos como catarsis.

Cube (Vincenzo Natali, 1997)

Cube (Vincenzo Natali, 1997)

La casa en el confín de la Tierra de William Hope Hodgson (escritor muy admirado por H. P. Lovecraft) se convirtió en semanas en mi libro preferido,  pero insisto en que ha sido justo en este instante, esta madrugada muy lluviosa, mientras aparto al gato de mi plato de cereales, que he caído como caen los escombros de Usher, en la afinidad de esa novelita de terror materialista con la minuciosidad del director de 2001.

Por ejemplo, el baño rojo de El resplandor fue un diseño de Frank Lloyd Wright que el director artístico encontró en un hotel en Phoenix. Toda está trazada con la pericia de Mies van der Rohe. Sin embargo, El resplandor, la película, fue la primera frustración en las experiencias estéticas de mi vida. Con el tiempo he sido capaz de señalar como culpable a Carlos Saura, director de un doblaje enfermizo capaz de sabotear la sorpresa en ese proceso de conversión del carácter, bajo la influencia de una arquitectura de crímenes y recuerdos a la que estaba abocado Jack Torrance.

King Kong en el Empire

La película de Stanley Kubrick, un genio, pero un genio humano al fin y al cabo, siempre me pareció un petardo. Ese extraordinario cinéfilo que es J. J. Abrams ha sostenido, sin embargo, que la filmografía de Kubrick tiene la calidad claramente arquitectónica de un gran sistema filosófico: dice algo sobre cada cosa. El autor de Lost equipara así a Kubrick con otros directores de cine muy próximos la posibilidad de esculpir en el tiempo pensamientos profundos y no sólo imágenes hermosas, como Ingmar Bergman o el propio Andrei Tarkovski.

Sólo tengo espacio y tiempo aquí para sugerir modestamente algunas perspectivas desde las que se podría proponer una mirada entretenida a la relación de la arquitectura y el cine de terror. En primer lugar, me resulta evidente la relación de la mansión encantada con el miedo que suscitan los fantasmas del pasado. Los ojos/ventanales de la casa ubicada en el 112 de Ocean Avenue, en Amityville (Nueva York), tienen la inquietante propiedad de mirar atrás, como los 75 escalones del barrio de Georgetown admiten la posibilidad de la salvación de un cura bueno, Karras, El exorcista.

Amityville

Amityville

Otra vía exploraría el decorado expresionista y la distopía, como en El gabinete del Dr. Caligari (Robert Wiene, 1919) o Metrópolis (Lang, 1927) respectivamente. Las visiones arquitectónicas de un futuro sobre-urbano, torturador y dañado son parte de la trama de Blade Runner, pero también del Brazil (Terry Gilliam, 1985) diseñado por Ricardo Bofill.

El gabinete del doctor Caligary, Robert Wiene, 1929

El gabinete del doctor Caligary, Robert Wiene, 1929.

Creo que fue Walter Benjamin quien mejor emplazó a pensar las relaciones entre la arquitectura (las técnicas y materiales de la construcción) y una serie de comportamientos evaporados en al aire: el flâneur, del dandy y el spleen, pero también la sobre-exposición de la mercancía, la prostitución y el hastío.

Maniac, el clásico de los 80 de William Lustig (y su digno remake) no son concebibles sin esos diseños urbanos, selvas del corazón del lumpemproletariado. Los barrios nórdicos de un estado de bienestar pauperizado son parte de Déjame entrar (Alfredsson, 2008), la obra maestra del terror del siglo XXI, como es parte de nuestra peculiar ontología, la tienda de campaña efímera al final de Melancholia (Trier, 2011)Los pasillos de la High School son también un microcosmos hospitalario para el crimen y la pesadilla y entre mis películas preferidas se encuentran la serie Scream, los otros sueños de Wes Craven y en particular Elephant y Paranoid Park, las dos mejores filmes de Gus Van Sant.

Elephant (Gus van Sant, 2003)

Elephant (Gus van Sant, 2003)

Los espacios angustiosos conectan con los arquetipos del inconsciente al igual que aquel túnel de La naranja mecánica donde se apaleaba a un mendigo separa y conecta la civilización de la barbarie. Otra posibilidad se esconde entre la cabaña solitaria y la maleza oscura de los bosques, y en ese subgénero recomiendo una obviedad: la arquitectura subterránea y juguetona de Evil dead (Sam Raimi, 1981) y The Cabin in the Woods, la revisión posmoderna de Drew Goddard.

Evil dead: arquitectura en el bosque

Evil dead: arquitectura en el bosque

Hace poco leí aquí una estupenda entrada sobre la casa Van Damme y Con la muerte en los talones, el famoso filme de Hitchcock, si estuviera aquí Sandra Jiménez, su autora, le preguntaría qué relaciones observa ella entre la arquitectura y el cine de terror y qué películas le vienen a la cabeza… un momento, ¡pero si es Sandra!

–Sandra, tú sabes mucho sobre arquitectura, ¿qué relaciones ves entre la arquitectura y el cine de terror, qué películas te vienen a la cabeza?

–Jesús, mi fuerte no es el cine de terror, la verdad soy bastante miedica. De los pocos filmes de terror que he podido ver, deduzco que existe una relación entre ese tipo de películas y las casas que aparecen en ellas. En mi opinión, lo que realmente asusta, o por lo menos lo que me da miedo a mí, es el espacio no ocupado. Esa sensación de vacío, de lo desconocido… Generalmente, son casas excesivamente grandes (casonas, mansiones, palacetes…) para el número de ocupantes que las habitan. Todas ellas tienen en común: numerosas habitaciones y muchos metros cuadrados de superficie vacíos. Pienso en El Orfanato (Bayona, 2007) y el Palacio de Partarriu o Partaríu  en Llanes (Asturias) y en Los Otros (Amenábar, 2001) y el Palacio de Hornillos, Las Fraguas (Cantabria).

Los otros: Palacio de los Hornillos.

Los otros: Palacio de los Hornillos.

Sandra se va. El gato también. Queda la lluvia. Las aristas de esta entrada en el Hype son numerosas, permiten divagar en vano sobre hoteles y castillos, canecillos medievales y almenas que llegan a la luna, gárgolas e historias sangrientas en los relieves de puertas barrocas, graneros (El otro) y casas asomadas al abismo como hacía Sandra con Fallingwater.

En ese pasillo que une arquitectura y terror podemos pensar edificios en llamas, metáforas sociales como la Torre Elysium de High Rise, la entretenida adaptación de J. G. Ballard, sádicas construcciones como Cube, edificios agresivos con el entorno y el pasado (agravios a la lámpara de la obediencia del clásico de J. Ruskin), zigurats de 7 plantas, psiquiátricos abandonados (American Horror Story), pero también casas reales donde el dinero no llega para pagar la luz.

Aún no veo una evolución sustantiva de la relación arquitectura/cine de terror en el tiempo que media entre el Nosferatu de Murnau, el castillo de Drácula, la residencia para chicas de Suspiria, el magnífico filme de Dario Argento o la urbanización de Poltergeist.

Hitchcock en casa de los Bates

Hitchcock en casa de los Bates

Me gustaría que el mundo cambiara “para bien” (más justicia, menos hipocresía, más respeto a los derechos de los refugiados, ningún pobre, ningún racista en el poder, más deporte femenino en la tele, más filosofía en los colegios, menos desigualdad). Pero terminaré apuntando una posibilidad: creo que hay una nueva relación de la arquitectura con el terror.

Pienso en verjas, en resorts caribeños de baile obligatorio, en bungalows demasiado parecidos unos a otros, pienso en la gente que duerme debajo de los puentes y en refugios antiatómicos (sic) como en la sorprendente Cloverfield 10 (Trachtenberg, 2016), pienso en el levantamiento absurdo de muros para chivos expiatorios, pienso en la gente embrutecida, pienso en Trump, en la verja de Melilla y en aquellos inmigrantes recibidos a balazos, y creo que si el futuro va a ser así me meteré en un agujero físico, pero también mental, como hacía el protagonista de Take Shelter (Jeff Nichols, 2011una de las películas más lúcidas sobre arquitectura, sociedad del riesgo y terror que he podido encontrar.

Hermosos: zigurats

Malditas: concertinas

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