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Hermosos y malditas

Cómo hacerle el amor a una navaja

Cómo hacerle el amor a una navaja

Creo que la poética Paterson (Jarmusch, 2016) será, entre todas las películas de 2016, la que mejor recuerde en el acelerado transcurrir de mi tiempo. Nos gustó mucho Carol (Haynes, 2016) y Hell or High Water el filme de David MacKenzey, inútilmente traducido aquí como Comanchería. La mejor de este año ha sido, sin embargo, y según

Creo que la poética Paterson (Jarmusch, 2016) será, entre todas las películas de 2016, la que mejor recuerde en el acelerado transcurrir de mi tiempo. Nos gustó mucho Carol (Haynes, 2016) y Hell or High Water el filme de David MacKenzey, inútilmente traducido aquí como Comanchería. La mejor de este año ha sido, sin embargo, y según lo veo, Everybody wants some (Linklater, 2016): una exhibición de talento y una lección sobre cómo tratar el delicadísimo material del que está hecha la nostalgia.

Paterson (Jarmush, 2016)

Paterson (Jarmusch, 2016)

Sé que no todo el mundo apreciará la tela muy fina (bajo un abrigo grueso) con el que está confeccionada esa historia de béisbol y hormonas desencadenadas, pero no estoy seguro de si eso es algo necesariamente malo. Me he dado cuenta, este año, de que las cosas más importantes de la vida no se pueden transmitir, de que es bueno para el corazón y los pulmones de los otros ir en bicicleta, me he dado cuenta de algunos aspectos relativos a la ontología del tiempo y de que, con el desmantelamiento del estado de bienestar y los retrocesos en materia de derechos humanos (la política de asilo de la UE, la extensión de la tortura en el mundo en la “lucha contra el terror”) la nostalgia ya no cae del lado de los fascistas simpáticos de las tertulias de televisión, sino directamente de nuestro lado.

Acid Ghost (Band)

Acid Ghost (Band)

Precisamente, he estado pensando mucho estas mañanas, mientras escuchaba Warhol de Acid Ghost, mi disco preferido de 2016, en el lapso de mi tiempo también favorito (el que transcurre durante las primeras luces del día entre que salgo de la cama y el segundo café) en el tipo de cine que he disfrutado este año que termina: ha girado, todo él, sobre la literatura, la nostalgia  y el tiempo.

También la música que escuché en 2016 (DIIV, Surf Curse, Best Friend, Cigarretes after Sex, Japanese Breakfast, The Radio Dept, Mazzy Star, Angel Olsen, Sun Kil Moon), discos, comprados todos en Kowalski, mi tienda preferida, apuntan a una querencia por el tiempo que pasó. Una de las canciones más hermosas del año, es la del dúo Hope Sandoval y Kurt Vile.

Japanese Breakfast

Japanese Breakfast

Me gusta mucho el combo Greta Gerwig (es simpática y se llama como mi mujer) y Noah Baumbach: Mistress America, aunque estrenada en 2015, la vimos en 2016 y es otra de las películas que más me han gustado, tiene que ver, también, con el paso del tiempo y la literatura. Lo mismo sucedió con dos filmes de Patrick Strickland, El duque de Burgundy (2014) y Berberian Sound Studio (2012), ambas han constituido agradables sorpresas para mi memoria cinematográfica hecha de imágenes empujadas por el tiempo y de música  ¿Tienen que ver con la literatura? No, tienen que ver con la nostalgia: películas hechas con la textura del pasado (el cine de los 80) al igual que Stranger Things (la serie más nostálgica del año) y una joyita del género de terror (mi preferido) que he disfrutado mucho en video en 2016: The House of the Devil (Ty West, 2008).

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Greta Gerwig

Animales nocturnos (Tom Ford, 2016) es otra de mis 10 películas preferidas de 2016 y aunque es, sobre todo, una revisión del tema (siempre agradecido para el público) de la venganza sentimental, puede leerse como una estupenda lección sobre el triple juego de ficción entre la literatura, el cine y la vida.

Este año que se va, año de nostalgia y percepción de la naturaleza finita de la vida, me he alegrado mucho el Nobel de Bob Dylan, pues recuerdo la tarde de hace 20 años cuando escuché por primera vez que el autor de Like a Rolling Stone podía ser candidato a un premio de literatura. Yo esperaba ese premio con paciencia como si fuera mío, no porque las canciones de Dylan me acompañaran mucho en mi juventud (que lo hicieron) sino porque he ensoñado que escucho música lenta y profunda en un local del Greenwich Village: sitio mental, hermoso, inteligente y bohemio donde amigos vestidos de invierno cantan y ríen como si un día todos fuéramos a morirnos o a morir: Janis Joplin, Simon & Garfunkel, Bob Dylan, la Velvet Underground y la Generación Beat.

The Duke of Burgundy (Strickland, 2014)

The Duke of Burgundy (Strickland, 2014)

Este año, de entre los muertos, he lamentado, sobre todo, la muerte de Prince y de David Bowie. No puedo escuchar el disco de la estrella negra de Bowie sin emocionarme. Lo mismo sucede si me atrevo a colocar en mi tocadiscos Joy in repetition.

He notado que las personas prefieren hacer una descripción de sí mismas no a partir de los hechos que realizan, sino de acuerdo con los deseos que tienen acerca de la forma en que quieren ser, así que no diré lo que me ha gustado leer en 2016, sino lo que leído de verdad: he apuntado en mi vieja libreta de tapa rota, entre lecturas de 2016 que conservaré en mi memoria hasta que muera o me muera: De la naturaleza de las cosas (Lucrecio), Novela con cocaína (Marc Agueyev), Austerlitz (W.G. Sebald) y Los últimos días de la humanidad (Karl Kraus).

Bob Dylan

Bob Dylan

En 2016, disfruté del personaje de Miss Ives en Penny Dreadful, de las exposiciones de Louise Bourgeois en el Guggenheim y de Gregory Crewdson en el IVAM, de las charlas sobre Dorothy Parker en Bartleby, de mi trabajo universitario sobre indicadores para evaluar esfuerzos de algunos estados en la erradicación de la tortura, de las investigaciones académicas sobre los sin techo y el impacto regulatorio (better regulation) y de haber podido co-editar 60 segundos de luz, el libro de Lola Barcia y Marinela Forcadell para ediciones Canibaal en 2016.

Stranger things

Stranger things: más nostalgia

Por lo demás, quienes tenemos una concepción circular del tiempo nos alegramos y entristecemos por igual con el paso de los años. Que el tiempo es cíclico y no lineal es algo que aprendieron (y luego olvidaron) los hombres y mujeres observadoras de los ciclos agrícolas del campo y de las fases hermosas de la luna. Las civilizaciones egipcias y mesopotámicas dedicaron su ciencia al estudio de los cielos y duraron más que nuestra terrible era (más que el tiempo que va del Imperio Romano al triunfo de Trump: seña de identidad de este año hermoso y maldito).

Louise Bourgeois

Louise Bourgeois

No creo que la paz mundial llegue con la lluvia, es más, no creo que llegue jamás; no creo en la reversibilidad natural del cambio climático, ni en que la cultura se extienda por ahí, no creo en la democracia asamblearia, en los prejuicios, no creo que la gente aprenda a escuchar, ni en las políticas de derechas, ni en los reyes de Madrid, ni en las naciones, ni en los concursos de cocina, no me gusta el flamenco, ni el blues, ni el soul, ni los programas de bromas en la tele, detesto la lotería (no consentiría que nadie crea que sabe mejor que yo lo que yo quiero), no creo que sea posible el fin del capitalismo, ni que Facebook, el móvil o la WII-U sean, como se empeñan los tecnofílicos más irresponsables, señales de algún tipo de progreso. No vamos a ninguna parte, así que el eterno retorno de la primavera es una idea bella, sobre todo si se depositan en ella… las esperanzas, tal como cantaban The Sandkings, pequeño grupo de los años ochenta, cuyo EP me compré un día no de primavera, sino de invierno, en Radical Records. Depositar la esperanza en el regreso de la primavera no es una forma de jugar con ventaja, sino una forma de humildad.

Progreso

Sí, que el tiempo sea cíclico y no lineal, significa, entre otras cosas, que en realidad no vamos a ninguna parte. Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera, como en el bello filme de Kim Ki-duk. Como fui a un colegio católico en la dúctil estación de la infancia, tardé un tiempo, demasiado, en sacudirme de encima la idea del tiempo lineal, del tiempo con sentido. Como durante otro tiempo simpaticé en vano con el comunismo tardé más, más tiempo, en quitarme de encima la idea de un futuro redentor (el juicio final, la sociedad sin clases). Ahora que he pasado el ecuador de mi esperanza de vida soy muy consciente del tiempo y del paso de los años, sobre todo de su naturaleza tranquila y su forma elegante de ser: no somos nada a su lado (un tic, un parpadeo) y sin embargo, a menudo, aunque no precisamente en 2016, nos concede la posibilidad de olvidarnos de él.

David Bowie

David Bowie

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