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Palau de les Arts

Por qué Metronomy siguen molando tanto

En Música 20 September, 2019

Carlos Pérez de Ziriza

Carlos Pérez de Ziriza

PERFIL

Metronomy molan. Parece una obviedad. Bien, es una obviedad. Son una de las pocas, escasísimas bandas (¿la única?) de nuestro tiempo que, moviéndose en el terreno del synth pop o pop electrónico con vistas al pasado y al futuro, con esquirlas nostálgicas y amarres en la contemporaneidad, sigue editando discos en los que prácticamente no sobra nada. Sin grietas. Sin renuncios. Sin resbalones.

Su carrera tiene esa pizca de aguda inteligencia, de perspicacia y de consistencia que les ha faltado durante los últimos años —el tiempo de su actividad— a Hot Chip, Cut Copy, Friendly Fires, Holy Ghost!, M83, Passion Pit y otros proyectos afines. La década que está a punto de concluir, la de los 2010, tiene en las canciones de los británicos una estupenda banda sonora con la que explicar cómo ha evolucionado el pop en la actualidad, siempre combinando sentido lúdico, visión comercial y esa brizna de extravagancia que es hoy en día indispensable para sacar cabeza en medio de una oferta tan saturada.

Sí, Metronomy siguen molando. Y lo mejor de todo es que ellos lo saben. Por eso han bautizado su nuevo disco como Metronomy Forever (Because/Caroline/Music As Usual, 2019), jugando irónicamente con la idea de perdurabilidad que buscan con sus propias composiciones. Pero también con el tiempo que llevan juntos como banda, algo más de una década.

Y además se pasan por el arco del triunfo los consumos apresurados que a todos parecen atenazarnos en estos tiempos en los que no nos concedemos ni un respiro, en que nadie parece poder reservarse casi una hora para escuchar el mismo álbum. Han vertido 17 canciones en él. Más de cincuenta minutos.

Consciente de que no son tan importantes los ingredientes escogidos sino el cómo combinarlos, Joseph Mount sigue extrayendo petróleo de viejas ideas que, en otras manos, sonarían a rancio anacronismo: hay que ver, o escuchar, cómo modula la manoseada herencia lisérgica del primer sonido Madchester (808 State, A Guy Called Gerald) en “Miracle Rooftop”. O cómo se marca breves interludios marcianos que hacen de argamasa entre canción y canción, de esos en los que se nota que hace lo que le da la real gana, como “Forever Is a Long Time”.

O cómo escribe una letra cuasi adolescente en el rol de un batería que cabrea a su novia, al tiempo que se ve expulsado de su banda y estrella el coche de su padre contra un árbol, eso que ocurre en “Upset My Girlfriend”. O cómo se las ingenia para que “Salted Caramel Ice Cream” y “Sex Emoji” suenen tan rematadamente sexy, o para que “Insecurity”, “Lately”, “The Light” o “Wedding Bells” sean golosinas pop tan irresistibles.

Metronomy

Metronomy by Michele Yong.

Si cualquiera de ustedes ha podido verles en alguno de los muchos festivales que se han pateado por nuestra geografía, lo habrá podido comprobar: no encabezarán nunca sus carteles con todos los honores, ni se toparán con decenas de fans enfundados en camisetas suyas, pero son un valor tan seguro que pueden salvar la noche más aciaga, ya sea en un Arenal Sound, en un Día de la Música, en un SOS o en un FIB, por citar solo algunas de las citas en las que hemos podido disfrutarles.

Un metrónomo es, en sentido estricto, aquel instrumento que marca el compás de la música de forma exacta, fría, inanimada. Un mero ardid mecánico. Como un robot. La música de Metronomy, fiel a su intención de deparar siempre mucho más de lo que en un principio insinúa, no puede situarse más lejos de esa idea. Por suerte. Y que dure.

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