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Viridiana, el regalo envenenado de Buñuel al régimen franquista

En Cine y TV 9 May, 2021

Sergio Ariza

Sergio Ariza

PERFIL

Viridiana es una de las mejores películas de la historia del cine, la mejor obra de uno de los colosos de esto del celuloide, Luis Buñuel, pero también es mucho más que eso. Es el regalo envenenado que le dio este exiliado al régimen franquista y que demostró que el hombre que había ido con los bolsillos cargados de piedras al estreno de Un perro andaluz  (1929) seguía teniendo las mismas ganas de tocar las narices a los 60 años que a los 30.

Y es que si la película es una maravilla por sí misma, todo lo que la rodea es fascinante, cómo llegó a hacerse, cómo fue el regreso de Buñuel a su país de origen, cómo sorteó la censura y cómo el régimen franquista, que se consideraba el garante de la religión católica en Occidente, ganó el Premio más importante del Festival de Cannes con una película que fue considerada blasfema por el Vaticano.

Viridiana

Lo que comenzó siendo visto como una bajada de pantalones por gran parte del exilio republicano terminó con su protagonista convertido en héroe, haciendo siempre lo que le dio la gana y reencontrándose con los escenarios de sus años de juventud, Madrid y Toledo, donde pasó los años más importantes de su vida, Buñuel entregó una película que fue eliminada de la historia por el régimen y solo pudo verse en el país en el que se realizó 16 años después de ser rodada, con Franco muerto desde hacía dos años.

Se hizo célebre una triple viñeta de cómic en la que, en la primera, se veía a Francisco Franco ponerle una alfombra a Buñuel para su regreso, mientras, al fondo, se puede ver a alguien gritando ¡Buñuel, eres un prevaricador!; en la segunda, Buñuel le entrega un regalo en una caja a Franco, donde pone Viridiana, y se va, el personaje del fondo sigue a lo suyo: Muerte a Buñuel; en la tercera, el paquete explota en la cara del dictador y el personaje del fondo se queda totalmente sorprendido. Es un perfecto resumen de lo que supuso aquel retorno de nuestro cineasta más importante.

Así que comencemos con el momento en el que se comenzó a fraguar ese reencuentro. Buñuel había decidido llevar a la pantalla grande el Nazarín (1959) de Benito Pérez Galdós y puso sus ojos en un actor español que le parecía perfecto para el papel, Paco Rabal. El murciano fue a México con una bota de vino de Valdepeñas y un trabuco antiguo de regalo y se ganó la amistad del director para siempre. Desde ese momento se llamaron tío y sobrino y su complicidad fue absoluta. Rabal le escribía a su esposa cómo descubrió Los olvidados (1950) y se quedó impresionado ante aquel maño que le parecía tan genial como Goya.

El caso es que Nazarín fue muy bien tanto en crítica como público, pero, además, fue bien vista por la jerarquía eclesiástica que no supieron (¿o sí?) ver que Buñuel criticaba la insuficiencia de la caridad cristiana y cómo la jerarquía eclesiástica se enfrentaría con el mismísimo Jesús de aparecer en esos tiempos. El caso es que la película obtuvo el Premio del Jurado del Festival de Cannes de 1959 y también fue propuesto para el premio de la Oficina Católica Internacional de Cine en Cannes.

Viridiana

Definitivamente, Buñuel ha quedado encantado con Rabal y le quiere para su siguiente proyecto, Ángel Guerra, otra adaptación de Galdós. Se habla, por encima, de poder hacerla en España. El proyecto no salió, pero Buñuel no se olvidó de Rabal, ni de Galdós. En mayo de 1960, el director estaba de nuevo en Cannes, presentando La joven y decidió escribir a su “sobrino” para pedirle que moviera algunos hilos para poder entrar en España, ya que estaba bien cerca y su madre se encontraba enferma en Zaragoza. El actor lo hizo y se encontró con un admirador de su obra y un amigo en el cónsul español en París.

Después de 22 años Luis Buñuel regresaba a un país que, como le reconoció a Rabal, le era desconocido, que no era el que él había conocido. Se reencontró con su familia, primero con su hermana en Barcelona y luego con su madre en Zaragoza. No olvidó escribir a Rabal para agradecerle que le consiguiera el visado que impedirá que me den garrote vil en España y para decirle que en junio estaría en Madrid. En Cannes había conocido a Carlos Saura y había tomado contacto con algunos de la productora Uninci que eran comunistas como él, pero su visita era más personal que política. Recorrió los lugares en los que más feliz había sido, el Madrid de la Residencia de Estudiantes y, por supuesto, su querido Toledo.

Fue por aquel entonces cuando Rabal decidió presentarle a dos mexicanos que querían hacerle una propuesta. Se trataba de la actriz Silvia Pinal y su marido, el magnate Gustavo Alatriste, ella había protagonizado varias películas con éxito en su país natal y ahora lo hacía en Europa, en España e Italia, había estado a punto de protagonizar Tristana con Buñuel, pero el proyecto no salió adelante. Cuando Alatriste le dijo que le pidiera lo que quisiese la actriz no lo dudó: Quiero hacer una película con Buñuel.

El director se quedó sorprendido con la propuesta y le dijo al productor que él hacía películas totalmente personales y que además era un director caro, Alatriste, totalmente enamorado, le dijo Haga la película que a usted le dé la gana y mañana tendrá su sueldo habitual más un poco más. No firmaron nada pero hubo pacto entre caballeros.

Viridiana

Buñuel volvió a México y se puso a trabajar con su colaborador habitual en el guión, se trataba de Julio Alejandro, otro emigrante español con el que ya había colaborado en Abismos de pasión y Nazarín. Como en anteriores ocasiones todo comenzó con un sueño de Buñuel, en este caso del Buñuel adolescente que, obsesionado con la Reina Victoria Eugenia, se imaginaba colándose en el Palacio Real, echando un sedante en su baño de leche y luego aprovechándose de ella. Alejandro la convirtió en novicia y Buñuel le puso nombre, Viridiana, como una Santa que recordaba de sus tiempos del colegio y creó al personaje de Don Jaime, el hidalgo español que vive encerrado en su propio mundo. La película se les acababa con Don Jaime incapaz de forzar a Viridiana y suicidándose tras el rechazo de esta.

Fue entonces cuando volvió a entrar en la ecuación Galdós, en este caso su novela Halma, aunque también cogiendo cosas del proyecto de Ángel Guerra, Viridiana buscará redimirse intentando ayudar a unos mendigos que terminarán con una fantástica bacanal. Para mantener la tensión sexual meten el personaje del hijo bastardo de Don Jaime. Todo va tomando forma rápidamente cuando en ese momento se le presenta la oportunidad de rodar en España, Alatriste le dice que económicamente le va mejor y Buñuel le convence para trabajar con la gente de la Uninci, estos, entre los que se encuentran Pere Portabella, Juan Antonio Bardem o Domingo Dominguín son los que consiguen los permisos para su vuelta de un régimen dispuesto a ser visto como aperturista y a acoger como al hijo pródigo a aquel famoso republicano que había sido elogiado un año antes por la Oficina Católica.

Alejandro tuvo que reescribir el guión bajo la supervisión de Buñuel para adaptarlo al español de España y hacer una primera versión lo suficientemente “blanca” como para pasar el primer corte de la censura franquista. Buñuel le escribe a Portabella: El asunto es original y representa la continuación inevitable de mi línea de siempre. Está lleno de intenciones, pero en la forma puede parecer una película semi-blanca y dentro de lo posible es comercial. Lo más importante, que son los detalles, no aparecen en la sinopsis. Tengo gran fe en el personaje del tímido Don Jaime y en la conducta y reacciones de los mendigos, especialmente en el aquelarre final.

Viridiana

Queda claro que el aragonés ya tiene bastante clara la película en su mente, la censura da el visto bueno con algunos retoques, la película no puede terminar con la virginal Viridiana entrando a la habitación de un hombre, hay que cambiarlo. Entonces el director propone que esté con él su ama de llaves, Buñuel ve la oportunidad de un final todavía más escandaloso, un ménage à trois que dejará implícito bajo esta frase: No me lo va a creer, pero la primera vez que la vi me dije: Mi prima Viridiana acabará por jugar al tute conmigo.

A los censores solo les dice que el hombre estará acompañado por otra persona, el nuevo final pasa la prueba. Al final Buñuel rodaría los dos, en el primero el ama de llaves se va por la puerta y los deja solos, en el segundo se queda y juega la partida con Viridiana y su primo. El director pregunta al equipo qué final les gusta más, la votación es unánime, gana el de la censura.

Buñuel volvió a Madrid en noviembre de 1960 y se alojó en el piso 17 de la Torre Madrid, acompañado por los cuidados de su hermana favorita, Conchita. De nuevo el contacto con su país natal hará que aparezcan nuevas cosas en la película. Su rutina era simple, trabajaba allí y de vez en cuando miraba por la ventana para admirar las vistas, la montaña, el Palacio Real o la Casa de Campo. Parecía feliz recordando sus años de estudiante.

Cuando comenzó a investigar para el vestuario y las localizaciones, se levantaba a las cinco de la mañana y se pasaba el día recorriendo la ciudad y alrededores, muchas de las cosas que aparecen en Viridiana vienen de esos paseos, la navaja-crucifijo, el actor que hace de leproso, que era un mendigo verdadero que se encontró en el metro, o los perros atados salvajemente a carruajes. Su única distracción, algunos de los bares cercanos, con preferencia por Chicote en la Gran Vía.

Viridiana

Para los actores principales eligió a Fernando Rey, que se convertiría en amigo y habitual de su cine, para Don Jaime, por su distinguido aspecto, mientras que el del hijo bastardo fue para su “sobrino” Rabal. Entre el resto del reparto cogió a gente como Lola Gaos, Margarita Lozano, María Isbert o Teresa Rabal, la hija de nueve años de Paco. A ella le reservaba el papel de Rita, una niña a la que el personaje de Fernando Rey mira libidinosamente, la explicación de Buñuel a Rabal fue Me gusta mucho que los ojos inocentes de tu hija vean el vicio, el empeño de este hombre….

El rodaje comenzó finalmente en la primera semana de febrero de 1961 y el equipo supo desde el primer momento que estaban rodando algo único y también peligroso. Buñuel metió todo lo que no aparecía en el guión, la famosa escena en la que los mendigos representan la Última Cena, con el Mesías de Handel sonando en medio de una bacanal que casi termina con la violación de la protagonista. Increíblemente don Luis, como le llamaban todos los miembros del rodaje, también se enteraba de si iba a venir alguien relacionado con el rodaje antes y cambiaba los planes para que solo vieran lo que él les dejaba ver.

Para los funcionarios que vigilaban la cosa, la película no era más que una novelita rosa con santos, ninguno parecía darse cuenta de la bomba de relojería que estaba preparando Buñuel. El único incidente durante el rodaje fue el 4 de abril, cuando el director se ausentó para asistir al entierro de su hermano pequeño, Alfonso, en Zaragoza, su madre enferma de Alzheimer ni se enteró.

Antes de finalizar el rodaje, el Festival de Cannes se interesó por la película española de Buñuel y le invitó a participar en el festival de ese mismo año, que comenzaba el 3 de mayo y finalizaba el 18. La película se terminó a finales de abril y, una vez terminada, comenzaron las sospechas de que cuando se viera lo rodado iban a rodar cabezas. Por si las moscas, se decidió sacar un negativo de España de la manera más rocambolesca, Juan Luis, el hijo mayor de Buñuel se fue a Barcelona con Domingo Dominguín y sacó los negativos a Francia entre los capotes del torero Pedrés.

Mientras tanto, en Madrid, Buñuel dijo que para sonorizar la cinta no había ningún estudio bueno y propuso uno en París. Se organizan unos pases para dar el visto bueno a la película, pero la versión que ven no es la finalizada, Juan Antonio Bardem se encarga de quitar algunos de los momentos más polémicos, como el crucifijo navaja o el momento en el que Lola Gaos se levanta las faldas para hacer “la foto” de la Última Cena. Eso sí, el aquelarre de los mendigos está allí, cuando se le pregunta a Bardem por la música, este miente y en vez de decirles lo de El Mesías de Handel les suelta que a Buñuel no le gusta la música en sus películas y que, probablemente, pondrá los tambores de Calanda.

La reacción es mala, piensan que Buñuel está gagá, pero no ven el escándalo, la junta de productores piensa que no es lo suficientemente buena como para representar a España en Cannes, tras una llamada, el festival se reafirma en su invitación a Buñuel, el director parte para Francia con otra copia y logra montarla y sonorizarla a tiempo para estrenarla el último día de Cannes. Eso sí, no asiste al festival, pues está malo, o esa es la versión oficial.

El caso es que su proyección fue un shock en toda regla, Viridiana era una maravilla en la que Buñuel se mostraba implacable con la beatería, el fetichismo, la falsa caridad cristiana y el cinismo. Sus mendigos eran como los pobres de Los olvidados, servían para describir la realidad de la pobreza y de los abandonados de la sociedad burguesa como lo que eran, un caldo de cultivo para la miseria, la violencia y la marginalidad. Un lugar imposible de abandonar, una vez que has nacido en él.

Era una película totalmente libre e irreverente y venía representando un país cuyo régimen era totalmente lo opuesto. Para colmo, a pesar de que el jurado ya tenía el palmarés decidido, se decidió a última hora darle el premio gordo, la Palma de Oro, ex aequo con Una larga ausencia de Henri Colpi. Como Buñuel no estaba allí, los de la Uninci, buscando un respaldo ante posibles represalias, convencieron a José María Muñoz Fontán, el director general de la Cinematografía española, para que recogiera el premio. España había ganado el festival de Cannes (algo que, por cierto, nunca ha vuelto a repetirse).

Al día siguiente se amplificó el escándalo hasta la estratosfera cuando el L’Osservatore Romano, el periódico oficial del Vaticano, declara a Viridiana blasfema. Cuando el pobre Fontán aterriza en Barajas es destituido inmediatamente de su cargo y la postura oficial del régimen es que la película nunca ha existido, se destruyen todas las copias que hay en España, aunque antes Franco decide ver la película que le ha puesto en ridículo ante medio mundo. Al finalizar la película, el dictador no ve que haya que formar tanto alboroto ante lo que, en su opinión, no es más que una colección de bromas baturras. En su autobiografía Buñuel no olvidaría comentar esa anécdota, A decir verdad, después de todo lo que sus ojos habían visto, esa película le debió parecer muy inocente.

La bomba había explotado y en su propagación Buñuel contó con un aliado totalmente sorpresivo, el Papa. Cuando, tiempo después, le preguntaron si su intención principal con Viridiana había sido ser blasfemo o, simplemente, tocar las narices, el autor de La Edad de Oro, otra película hecha para provocar a los valores burgueses, contestó: No me propuse deliberadamente ser blasfemo, pero el Papa Juan XXIII es mejor juez que yo para estas cosas.

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