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Sean Connery no quería ser James Bond

En Cine y TV 14 septiembre, 2020

Ángel Pontones

Ángel Pontones

PERFIL

Sean Connery pertenece a ese tipo de individuos que, cayendo habitualmente de pie, no terminan de estar conformes con el asfalto que les ha tocado en suerte. Sus idas y venidas encarnando al personaje que cambió su carrera y su vida, el agente del MI6 James Bond 007, son un buen ejemplo de ello. Desembarcado en la saga casi de casualidad, comprendió enseguida las posibilidades que le ofrecía dar vida a un icono unidimensional, al que podía moldear casi a su antojo, y al que supo incorporar una visión de las cosas entre cínica y cruel que realmente lo convirtió en marca de fábrica.

Sean Connery, agente 007 James Bond.

Sean Connery, agente 007 James Bond.

No obstante, Connery también vio las limitaciones de su obra, y pensó que progresivamente encerrado y encasillado en ella, era muy posible que terminara arrastrado en su declive. Buscó cómo liberarse tensando la cuerda con su cuarta entrega, Operación Trueno (Terence Young, 1965), donde se percibía cierto agotamiento de la fórmula. Tras la quinta, Solo se vive dos veces (Lewis Gilbert, 1967, puso directamente entre la espada y la pared a los creadores del invento, Harry Saltzmann y Albert Broccoli, exigiéndoles un sueldo inasumible. Funcionó.

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Solo se vive dos veces (Lewis Gilbert, 1967).

Libre de Bond, Connery exploró con libertad territorios que la agenda de 007 no le había permitido compatibilizar. A las órdenes de Sidney Lumet había mostrado sus credenciales en un maravilloso sopapo antibelicista como es La colina de los hombres perdidos (Sidney Lumet, 1965. A cambio, Marnie (1964) le había decepcionado porque Alfred Hitchcock la había convertido en campo de batalla de sus deseos insatisfechos.

Nunca llegó a entender su cometido en Un loco maravilloso (Irvin Kershner, 1966), acaso por estar muy alejado de su registro habitual, y se había tomado su inmersión en el extraño spaghetti-western Shalako, (Edward Dmytryk, 1967), como lo que era: unas vacaciones.

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Marnie (Alfred Hitchcock, 1964).

Mientras tanto, Saltzmann y Broccoli habían encontrado sustituto para el primer 007: George Lazenby, un modelo australiano que apenas sabía actuar. Para ocultar adecuadamente sus carencias le habían proporcionado uno de los mejores guiones de la serie (Al servicio de su majestad, Peter R. Hunt, 1969), y una compañera de reparto tan estimulante como esa vengadora que se nos acaba de ir, Diana Rigg. La película fue un taquillazo y Lazenby tenía aseguradas varias continuaciones, pero se le subió el Bond a la cabeza y el dúo de productores prescindió de sus servicios. Antes de apostar a fondo por Roger Moore, optaron por lo seguro y convencieron a Connery, por un dineral superior al que pidió en su momento. El resultado, Diamantes para la eternidad (Guy Hamilton1971), no satisfizo casi a nadie, pero sirvió al actor para justificar un segundo adiós a la saga con un estruendoso “¿Lo véis?

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Diamantes para la eternidad (Guy Hamilton, 1971).

Surgió entonces el mejor Connery, centrado y dispuesto a aprovechar esta segunda carta de libertad. Contaba con la ayuda de un físico que iba alejándose rápidamente del personaje que terminaba de abandonar. Estuvo grande en medio del polvorín de conflictos de Odio en las entrañas (Martin Ritt, 1970); inquietante en La ofensa (1973, también de Lumet, su director fetiche de la época), notable en El viento y el león (John Milius, 1975), y sencillamente soberbio en dos historias tan hermosas como crepusculares: El hombre que pudo reinar (John Huston, 1975) y Robin y Marian (Richard Lester, 1976). Hasta en patinazos como Zardoz (John Boorman1974), aportó oficio en medio del desmadre.

Sean Connery abandonó  los 70 convertido en un actor de referencia, dotado de una presencia poderosa y un físico que había logrado enterrar el recuerdo de Bond. El Solo ante el peligro ambientado en Júpiter que fue Atmósfera cero (Peter Hyams, 1981) parecía confirmarlo. Pero una sucesión de elecciones mediocres, que no funcionaron artística ni comercialmente, dejaron entrever que el actor enfrentaba mal su madurez, y que comercialmente había terminado estancado en tierra de nadie.

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Robin y Marian (Richard Lester, 1976).

Pero llegó 1983, y en sus bolsillos un cheque enorme que hizo volver por tercera vez a Sean Connery al calor de 007 en un título (Nunca digas nunca jamás, Irvin Kershner, 1983) que parecía haber sido elegido para él. Se trataba de un remake poco imaginativo de Operación Trueno, y el cheque no procedía esta vez de la productora oficial del agente 007, sino de una aventura bastarda gestionada por los guionistas de aquella.

Por entonces, Connery ya reconocía que había errado a la hora de predecir la caducidad del personaje. Volvía con un peluquín que curiosamente le hacia más viejo, y pareció casi todo el rato funcionar a medio gas, excepto en el primer acto del film, donde ajustaba cuentas con el pasado interpretando a un 007 oxidado, casi prejubilado, restañando sus heridas en una clínica de reposo. Acaso la películía habría ganado explorando esa vertiente, o igual habría terminado en un refrito estilo el primer Casino Royale (John Huston, 1967).

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Nunca digas nunca jamás (Irvin Kershner, 1983).

Nunca digas nunca jamás, proporcionó poca gloria a Sean Connery y menos a sus creadores, hasta el punto que no pudo desbancar al producto oficial de 007 que EON estrenaba ese año: Octopussy (John Glen,1983). Pero volvió a situarlo en el mapa y en la órbita de Jean Jacques Annaud que buscaba un Baskerville fiable para su adaptación de El nombre de la Rosa. No tenía nada claro que Connery diera el pego, pero le admitió una prueba y el actor, que intuía la importancia del papel, rebajó su impaciencia hasta límites nunca vistos ni antes ni después de aquello.

Que este proyecto enlazara inmediatamente con una historia con tanta visión comercial como Los inmortales (Russell Mulcahy, 1986), donde a Connery le bastaba un cuarto de hora de metraje para dejar en evidencia a Christopher Lambert, supuso para el actor el comienzo de una segunda carrera triunfal, Oscar incluido, que duró hasta el cambio de siglo.

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Los inmortales (Russell Mulcahy, 1986)

Los 90 fueron una alfombra de reconocimientos para el escocés. Desembarcado en ellos tras participar con nota en la tercera aventura de Indiana Jones, Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg, 1989), dio lustre a todo tipo de repartos y aventuras especializándose en el rol de un héroe de acción maduro que no había tenido predecesores, pues la energía de Connery lo hacía descollar por encima de actores mucho más jóvenes y sosos. Estuvo espléndido en La caza del octubre rojo (John McTiernan, 1990) y le debió gustar la experiencia pues repitió con el mismo director en Los últimos días del Edén (1992), convenciendo primero y luego ligándose a la entonces tan de moda Lorraine Bracco.

Tuvo química con Laurence Fishburne en Causa justa (Arne Glimcher, 1995) y salió con nota de una historia entretenida, excesiva y con más agujeros que el gruyère, algo habitual si al volante está Michael Bay: La roca (1996). Casi septuagenario bordeó el ridículo disfrazado de oso panda asesino en una adaptación mala sombra de la televisiva Los Vengadores (Jeremiah Chechik, 1998), y salió indemne de una aventura de las de más difícil todavía, junto a una Catherine Zeta Jones en todo su esplendor: La trampa (Jon Amiel)

Tras dos experiencias, una satisfactoria, Finding Forrester (Gus Van Sant, 2000), y otra muy deprimente —La liga de los hombres extraordinarios (Stephen Norrington, 2003)—, se apagaron los focos para el escocés. Los mentideros dicen que Connery tiró la toalla tras implicarse en esta chapucera adaptación del cómic de su mismo nombre, de la que esperaba al menos un jugoso plan de pensiones. No es del todo cierto.

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La liga de los hombres extraordinarios (Stephen Norrington, 2003).

De hecho aceptó una última y jugosa oferta, la del superviviente del holocausto Josiah Canon, cerebro del robo al banco suizo donde se acumulaba una fortuna expoliada durante la Guerra y manchada en sangre. Apareció un director fiable (Brett Ratner, hoy en la picota) y la producción fue tomando forma. Pero he aquí que a comienzos de septiembre de 2004 Sean Connery comparó el futuro plan de trabajo con los 18 hoyos de cualquier campo de golf de Bahamas. Hecho esto se bajó del barco con el pretexto de andar buscando tiempo para una autobiografía que acabaría publicando años después. Del holocausto nunca más se supo.

Aún hubo un intento más. Moustapha Akadd intentó ese 2004 tentarlo con una superproducción sobre las cruzadas, donde interpretaría a Saladino, el príncipe musulmán que, a finales del siglo XII, trajo  de cabeza a todo Occidente. Antes de poder siquiera sopesar la oferta, el destino habló por su cuenta y Akadd se dejó la vida a manos de Al Qaeda y su ruleta rusa. El proyecto, ya sin Sean Connery y bastante tuneado, pasaría a manos de Ridley Scott, pero para entonces nuestro hombre ya se había acostumbrado a su jubilación, que le resultaba demasiado entretenida para dejarla atrás. En algún momento se hartaron de llamarle y no esperar respuesta, del mismo modo que él terminaría en algún momento por hartarse de mirar mal a Bond.

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