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Cultura

“Milana bonita”, pero Lucas me quería a mí

En Hermosos y malditas, Cultura 9 febrero, 2021

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

El reciente centenario (valga la aliteración) de Miguel Delibes no suscitó demasiado entusiasmo entre youtubers, influencers y jóvenes escritores, pero al menos su homenaje no fue cancelado (pongamos, por haber sido cazador).

Los santos inocentes, acaso su obra mejor conocida, transcurría en un cortijo extremeño de los años 60 cuya inmensa amplitud permitía, sin embargo, atar como a perros a los humillados, una familia humilde al servicio de los señores del latifundio: Paco y Régula, sus hijos, Nieves, Quirce, Rogelio y Charito (la Niña Chica, con trastorno del desarrollo intelectual antes deficiente mental) y el pobre Azarías, un inocente que apenas sabía hablar. Su única fuente de dicha era una grajilla, su milana bonita a la que el señorito Iván acaba descerrajándole un tiro. Delibes presenta a Azarías así:

Y antes de amanecer, así que surgía una raya anaranjada en el firmamento delimitando el contorno de la sierra, el Azarías ya andaba en la trocha y, cuatro horas más tarde, sudoroso y hambriento, en cuanto oía a la Lope descorrer el gran cerrojo del portón ya empezaba, milana, bonita, milana bonita.

milana bonita

La incultura y la desigualdad que reflejaba la novela de Delibes evolucionaron más o menos así:

España llevaba 20 años de dictadura católico-nacional, iletrada, sórdida, irracional y cruel y aunque estaba apunto de iniciarse un leve desarrollo económico, lo bien cierto es que en las grandes ciudades la clase media seguía sin aparecer, mientras que en el campo la cuestión oscilaba entre el sistema de castas y la explotación feudal. En los años 60, un importante porcentaje de la población española era analfabeta, la cultura era una salida para la liberación (guardada por bancos, cuarteles y catedrales bajo llave) y cuando se hablaba de igualdad era para luchar contra ese tipo de desigualdad económica y social.

A partir de 1976 se dejó de requerir el permiso del marido para que una mujer accediera a un empleo. En 1981, se aprobó una ley paternalista sobre interrupción del embarazo. Para una parte de la población igualdad quería decir igualdad de género.

La igualdad socialista tenía que ver más con la extensión de derechos y la asistencia estatal que con la redistribución de la riqueza.

Yo vi la formidable adaptación que hizo Mario Camus de Los santos inocentes en esa época (1984), probablemente en el cine Artis donde solía acudir solo. Tenía 15 años y recuerdo bien lo que se debe recordar de las películas que vemos a esa edad: su tono, su emoción, su temperatura. Solo más tarde he apreciado la importancia del casting de aquel reparto acertado al milímetro: Alfredo Landa, Terele Pávez, Juan Diego, Paco Rabal, Ágata Lys y Agustín González.

milana bonita

Dos años antes, Felipe González había ganado las elecciones, las apelaciones a la igualdad del PSOE durante la campaña electoral de 1982 tenían que ver con la universalización de la sanidad, la educación y las pensiones. Y empezamos a observar una dinámica desalentadora: En nuestro país cuando gobernaba la derecha aumentaba la desigualdad mientras que cuando gobernaba la izquierda la dejaba igual. La igualdad socialista tenía que ver más con la extensión de derechos y la asistencia estatal que con la redistribución de la riqueza. Los referentes mentales suscitados por la palabra cultura, por su parte, tenían todavía un tímido aire ilustrado: la cultura podía ser (podía haber sido) una forma de emancipación.

En los años 90, cuando se hablaba de igualdad ya se querían decir muchas cosas: igualdad interterritorial, igualdad entre nacionales y extranjeros, mujeres y hombres, escuela laica y confesional… Por su parte, cuando las ficciones cinematográficas de finales del siglo XX hablaban de igualdad querían decir sexo (derechos y no discriminación por un hecho tan natural como la identidad sexual). Los periódicos cambiaron el rótulo ilustrado, universalista, acumulativo y progresista cultura por el etnográfico, relativista, descriptivo y acrítico culturas, un error que todavía no hemos acabado de pagar.

La novela de Delibes es la expresión de una época muy alejada de la sensibilidad actual relativa a la igualdad.

Perdona bonita, pero Lucas me quería a (Catanari, 1997), no era exactamente Muerte en Venecia (por supuesto, no pretendía serlo) aunque tampoco se acercaba, ni ligeramente, a La cage aux folles (Molinaro, 1978), ni siquiera a las todavía tempranas Fucking Amal (Lukas Moodysson, 1989), Mi Idaho privado (Gus van Sant, 1991), Totally Fucked Up (Gregg Araki, 1993), Beautiful Thing (Hettie MacDonald), 1996 o C.R.A.Z.Y. (2005) de Jean Marc Vallée, por citar solo algunas buenas películas que tenían que ver con una visión joven reivindicativa de la homosexualidad.

Perdona bonita… era una comedia desenfadada probablemente consciente de su recurso al estereotipo, una película en la que si nos ponemos críticos ya se podía advertir algunos de los defectos de la nueva ficción española, básicamente dos: la auto-indulgencia y la precipitación (un acertado título y algunos diálogos divertidos no lo son todo). En lo que más nos importa, los jóvenes del siglo XXI y muchos políticos de izquierdas cuando hablaban de igualdad ya se referían solo al reconocimiento de la identidad o al respeto a la diferencia, dos cuestiones relacionadas con la libertad y la no discriminación.

milana bonita

Y todo era justo. Mujeres y hombres homosexuales habían sido perseguidos durante siglos (todavía lo son), apaleados, encarcelados, violados, castrados, patologizados, y una larga serie de «ados» que caían bajo el signo de la «sociología de la desviación». Una vez superado (al menos formalmente) el injusto y doloroso estigma de lo «anormal» la igualdad empezaba a guardar cierto aire de familia con esa forma de consumo que consiste en tener por no ser menos. Por lo demás, cabe recordar que la lucha por la igualdad socioeconómica y la lucha por la igualdad sexual se distinguen porque en la primera se quiere dejar de ser pobre, mientras que en la segunda no se quiere dejar de ser quien se es.

Es decir, el contraste entre las reivindicaciones que crearon el universo de la igualdad en España en los años 70 y las nuevas reivindicaciones identitarias tenía que ver con la percepción sobre el significado de la acción política: en los 70 se pensaba que había que combatir la miseria, en el siglo XXI se trata de proteger la diferencia.

Lugi Ferrajoli, un magnífico jurista florentino, escribió que las garantías de los derechos de libertad aseguran la igualdad formal o política. Las garantías de los derechos sociales posibilitan la igualdad sustancial o social. Los derechos del primer tipo son derechos a la diferencia, es decir, a ser uno mismo y seguir siendo personas diferentes de los demás; los de segundo tipo son derechos a la compensación de las desigualdades y, por ello, a llegar a ser personas iguales a las demás en las condiciones mínimas de vida y supervivencia. En ambos casos, la igualdad tanto formal como sustancial puede ser definida como igualdad en los derechos fundamentales.

milana bonita

En el tiempo transcurrido entre el milana bonita al perdona bonita la idea de igualdad se desplazó desde la reivindicación material, la cohesión social o la lucha de clases al reconocimiento de la identidad. Como ningún político está en contra de la libertad ni de la igualdad mientras mantengan toda la inexigibilidad de su abstracción, ambos son utilizados, quizás muchas veces manoseados, por todos los partidos del espectro político.

En 2008, la idea (bastante hermosa) de hacer un Ministerio de la Igualdad tropezó a mi juicio con el afianzamiento de una idea imprescindible, pero ya muy reductiva de igualdad en tanto que igualdad de género y, en su seno (valga la metáfora un tanto incorrecta), o bajo su influjo la desigualdad socioeconómica se disolvió en el aire porque en adelante, las demandas igualitarias iban a seguir el molde de la igualdad de género: justas reivindicaciones de libertad y no discriminación (en términos de retribución salarial, representación política, reconocimiento simbólico-cultural).

Dicho de otra manera, si dejamos a un lado la insumisión de la mitad del país, su efecto sobre una difusa figura masculina e insoportables formas rancias de dominio patriarcal (que no es moco de pavo), tanto las fortunas multimillonarias como los que comparten con las cucarachas el cajero de una sucursal bancaria, tanto los de existencias privilegiadas en resorts de lujo con universidades privadas, chófer y mucama como los que buscan la comida en un contenedor de basura habían dejado de darse por aludidos cuando se hablaba de igualdad.

Estos días, RNE presenta Los santos inocentes como ficción sonora con las estupendas voces de José Sacristán, Carmen Machi, Antonio de la Torre, Roberto Álamo, José Luis García Pérez, Joaquín Notario y Ana Wagener, ¿quién la entenderá?

Sin duda, la novela de Delibes es la expresión de una época muy alejada de la sensibilidad actual relativa a la igualdad. También apena que ya no se vea en la cultura la mejor herramienta para emancipar. El chonismo, el popularismo, el dictatorial arte urbano, la «gracia» poligonera, el descrédito de la idea de mérito (¡cuando el mérito es una magnífica idea de izquierdas!) o la crítica al intelectual y  la «alta» cultura (a menudo expresada con el acento del pobre Zacarías en los platós de televisión) hacen el juego a los señoritos.

Cada día crecen nuevas reivindicaciones relativas a la identidad sexual entre ellas la transexualidad o la reivindicación transgénero, algo socialmente saludable, aunque eso es todo lo que entienden los jóvenes por igualdad. Algo que deja las cuentas bancarias de los más poderosos exactamente igual. Mientras tanto la pobreza y la incultura no paran de crecer. No verlas equivale a hacerse cómplice, porque somos cómplices de todo aquello que nos deja indiferentes.

Delibes fue un humanista demasiado particular, pero su sensibilidad no admite tacha: dio voz quebrada a los débiles, a los pobres, a las víctimas de la soberbia de los señoritos. ¿Dónde están estos hoy? Miremos en los grandes lobbies, en los gestores de las agencias de calificación, en la parte más oscura de la patronal al servicio del poder financiero multinacional, también he visto vídeos de españoles de a pie, posiblemente sin empleo, organizándose para humillar al emigrante, corregir a hostias y homilías al gay, parodiar a la mujer, reírse del transexual.

¿Y no se viste todavía cierto partido con la ropa del repulsivo y canallesco señorito Iván?

Hermosas: Los amores imaginarios (Xavier Dolan, 2010).

Malditas: humillaciones.

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