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Llamarse Ernesto carece de importancia o la decadencia de la verdad

En Hermosos y malditas, Cultura 22 April, 2020

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

Cuando en 1895 Oscar Wilde escribió The Importance of Being Earnest, A Trivial Comedy for Serious People el público de Londres disfrutaba la ambigüedad de un juego de la homofonía: Ernest (Ernesto en castellano) sonaba como Earnest (que en inglés significa «serio»). Un juego parecido al que hizo no hace mucho Richard Ford con Frankly, Frank, el regreso de su personaje más sarcástico, Frank Bascombe protagonista de El periodista deportivo, El Día de la Independencia y Acción de Gracias. En ambos casos, la seriedad y la franqueza se recortan en un suave trasfondo de hipocresía y deterioro de la idea de verdad como una cortina de terciopelo carmesí.

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Más tarde, Wilde escribía una obra pequeña en apariencia pero que sabía condensar, en un delicado equilibrio de forma y mensaje, su fabulosa comprensión de la vida y el arte. La mentira sobre la que escribía era la posibilidad no solo de superar determinados aspectos del realismo como versión (siempre parcial) de la realidad sino de hacer un mundo más hermoso de acuerdo con la forma en que la vida imita siempre al arte. Cien años después de La decadencia de la mentira (1898) el paseante de la ciudad previral sufría la desaparición tanto de la belleza como de la verdad.

¿Cómo empezó todo? En lo que toca a la ciencia, el siglo XIX fue el tiempo del positivismo científico, de los formalismos jurídicos y la objetividad, de la sociología y la huida de los juicios de valor, mientras que en lo relativo al arte, el realismo social fue la necesaria (y quizás poco interesante) aportación a una estética de la verdad. Por ello, Wilde podía lamentar el declive de la mentira como forma de mejorar la realidad.

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Atardecer en la calle Karl Johan (Munch, 1892)

Wilde no podía sospechar que el siglo XX —que en sentido estricto nunca llegó a ver— supondría uno de los atentados más terribles a la idea de verdad: la mentira unida al asesinato fue el arte preferido del nazismo. La maestría de esa asociación criminal que fue el III Reich se resume en el famoso aserto de su experto en propaganda Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.

Quien quiera convertir el «estado de alarma» en un lúcido «estado de decepción» sobre el significado del término «humanidad» podría dedicarle 10 horas a ver el imprescindible documental de Claude Lanzmann, Shoah en el que se desvela tanto aquello que ya vio con sobrecogedora lucidez Jean Amery (la tortura era la finalidad del nazismo) como la compleja urdimbre de mentiras (Madagascar, Terezin o Theresienstadt)  bulos, mezquindades y guiñoles que condujeron a la «solución final».

Las peores mentiras de Stalin, por su parte, no tuvieron que ver con la famosa fotografía soviética sobre el Reichstag, sino con las hambrunas y las purgas de la disidencia política.

Soviet flag in Reichstag. Yeygeny Khaldei

Un montaje no es necesariamente una mentira.

Paralelamente, cierta herencia de la subversión genealógica de Nietzsche, como una corriente de agua subterránea, hacía crecer plantas cada vez más resistentes a la capacidad de juzgar: nihilismo no reconocido, mayo del 68, relativismo cultural, postmodernidad estética y literaria, perspectivismo moral.

Wittgenstein analizó por qué no existen los lenguajes privados y Orwell advirtió del peligro de pensar que la verdad (al menos como correspondencia de los enunciados con los hechos) no existe, pero recelar de la verdad significaba para muchos jóvenes pedantescos no solo ponerse a la altura intelectual de Derrida, o colocarse a la altura moral de Michel Foucault, sino sacarle dos cabezas a Platón, Spinoza, Hegel y Weber tal como parecía pretender Lyotard.

Como suelen suceder tales cosas, merced a un sinfín de raras influencias gregarias, la gente empezó responder a una pregunta con otra pregunta, a recelar, a erizarse al escuchar la palabra «verdad» como quien oye la palabra «mierda» en la mesa, algo desagradable, como ese tipo de cosas que estropean una buena barbacoa en la playa de una isla paradisíaca, como ese tipo de monsergas que manejan comisiones que no tienen otra cosa que hacer, al parecer, que escuchar la voz entrecortada de unos pobres obsesionados con llorar o mirar al suelo diciendo no sé qué de uñas y tenazas o la letanía de unas mujeres pesadas, magulladas y temblorosas que afirman que las acaban de violar.

Sin darnos cuenta, estábamos de lleno en la decadencia de la verdad, un tiempo donde no hace falta mentir porque ya carecía de importancia la verdad. Algunos pensadores como Harry Frankfurt sacaron provecho de los sobrios y limitados materiales de los analíticos y vieron necesario distinguir la mentira de la paparruchería (On Bullshit) ahora saben que es imprescindible defender la verdad (On Truth)

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La crisis financiera desveló el modo de vida estúpido, el mal gusto y la falta de talento de las élites, la idea de la pirámide meritocracia se resquebrajó. Con un alto porcentaje de paro y el planeta convertido en una copa de champagne (arriba unos pocos viviendo entre burbujas, abajo casi todos, y en medio un estrecho tubito resbaladizo para esnifar o ascender) los gobiernos empezaron a convertir sus agendas políticas en un menú a gusto de las mayorías sociológicas.

Los hechos objetivos perdieron poco a poco su capacidad para formar e informar a la opinión pública, porque casi todos preferían las apelaciones a la emoción, las creencias personales, aquello que cada uno conoce de verdad.

Los periódicos deportivos adaptaron sus portadas a los gustos locales, los medios de comunicación empezaron a alabar la sinceridad, cuando un futbolista decía una gansada se reían, cuando decía un taco (porque no conocían otra forma de hablar) el periodista decía: se puede decir más alto, pero no más claro.

Todos pensaron que la sinceridad era algo bueno, cuando en realidad la sinceridad no añade nada a la verdad, es más, cuando la sinceridad es algo que la mayoría de los machistas, fascistas racistas o idiotas de capirote deberían de ocultar, o, al menos de disimular.

Una amiga, profesora de Psicología, me recuerda ya se ha analizado la fobia a la estadística, el analfabetismo numérico, los trabajos del Nobel Daniel Kahneman (Pensar rápido, pensar despacio), sobre los sesgos cognitivos a la hora de procesar la información y la dificultad del pensamiento lento, racional frente al pensamiento rápido, intuitivo: buenismo grupal, exacerbación de la emoción, confusión ontológica, pensamiento teleológico…

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Hoy, en la época de la posverdad carece de importancia llamarse Ernesto, como carece de importancia insistir en los hechos y en los números de la pandemia —que, en mi opinión, de ninguna forma avalan el clima de pánico, el deterioro de las libertades de los vínculos económicos y del tejido social— la mayoría de nuestros queridos amigos y familiares no discriminan entre fuentes, les parecen todas serias —o peor, no les parece seria ninguna—, leen igual un artículo de El País o la BBC que una plataforma de Fake News.

Harry Frankfurt describe con acierto la experiencia liberadora que proporciona el descubrimiento de la verdad. Las afirmaciones verdaderas sobre hechos (pongamos los hechos de la pandemia) nos proporcionan razones para creer (o para no creer) diversas cosas y para emprender (o no) diversas acciones. La verdad es importante, y merece la pena que nos preocupemos por ella. La información fiable debe basarse en hechos. Aun hay quienes pensamos que el derecho a la información es contrario al paternalismo y que un ciudadano adulto debe saber cómo actuar para evitar contagiarse o contagiar una enfermedad.

Los gobiernos no deben solo guiarse, sino que deben también guiar. A mí me gusta la mentira cuando uno hace como el protagonista de La sirena del Misisipi, la inteligente y hermosa película de Truffaut: dejarse engañar; es lo que hace Louis Mahé (Jean Paul Belmondo) con Julie Roussel (Catherine Deneuve), hacer como que no sabe que lo está matando para poder seguir con ella un día más.

Aquellos pocos que creen o que creíamos en la razón, en un orden mundial justo y racional, en las ideas de la Ilustración parecíamos viejos, poco divertidos y apenas podíamos ligar, pero al menos nos quedaba la posibilidad de salir a la calle a pasear.

Hermosos: libros de Harry Frankfurt.

Malditas: cifras alarmistas y mentiras paternalistas.

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