Un réquiem para el glaciar: conversación sobre «La Pietà»

En Cine y Series miércoles, 11/03/2026

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

Una sábana blanca extendida sobre el glaciar como un sudario, el crujido del hielo componiendo un réquiem y una granja abandonada donde aún resuenan voces del pasado: La Pietà, el nuevo documental de Rafa Molés y Pepe Andreu, que se estrena en el 28º Festival Internacional de Documentales de Tesalónica, se construye como una elegía visual sobre el tiempo, la memoria y la desaparición del mundo natural. Inspirada en la historia real de los hermanos Björn —que a principios del siglo XX se retiraron a vivir junto al glaciar Vatnajökull y dedicaron su vida a observarlo mucho antes de que existiera la noción de cambio climático—, la película convoca pasado y presente en un mismo espacio fílmico. El regreso del fotógrafo Ragnar Axelsson a la granja donde pasó su infancia reabre una puerta a ese universo perdido y permite escuchar de nuevo la voz de Flosi Björnsson, convertida en una letanía que atraviesa el tiempo.

La Pietà no es un documental científico sobre el deshielo sino que propone una experiencia sensorial y casi espiritual: una meditación sobre la belleza, la culpa contemporánea y la responsabilidad frente a un paisaje que desaparece. Conversamos con Rafa Molés sobre el origen de la película, la dimensión fantasmática del tiempo en el film y la manera en que el cine puede transformar la emoción en conciencia.

Origen y motivación del proyecto

Iniciamos la entrevista indagando sobre el origen del proyecto. La Pietà parte de una historia real casi olvidada: la de los hermanos Björn y su vida junto al glaciar. Los directores estuvieron hace unos años en Reikiavik, donde ya habían trabajado anteriormente, «Sí, mi compañero Pepe Andreu y yo hace dos décadas que hablamos de cómo podríamos convertir a un glaciar en el protagonista de una historia… No encontrábamos la manera; era solo un deseo, una intuición… y, después de decirlo tantas veces, un día nuestro amigo y coproductor islandés, Ólafur Rögnvaldsson, mencionó a Flosi Björnsson y a su familia, que vivían aislados en su granja, sin casarse ni tener hijos, y que dedicaron sus vidas a estudiar y cuidar el glaciar y la naturaleza que los rodeaba. Al día siguiente, Ólafur había conseguido la llave de la granja abandonada y condujimos seis horas para llegar allí». Debió ser como abrir una puerta al pasado: «Cuando abrimos la puerta de la granja, sentimos que también se había abierto la puerta a otro mundo y también la vía para hacer la película que intuíamos».

‘La Pietà’ es una meditación sobre la belleza, la culpa contemporánea y la responsabilidad frente a un paisaje que desaparece.

Para Molés, el rodaje incluyo una experiencia casi mística ante el glaciar, comparable a la fe infantil. El hielo, el paisaje extremo, sigue despertando una dimensión espiritual incluso en un contexto secularizado, el director nos lo confirma «En 2006 visité Islandia por primera vez. Recuerdo perfectamente el día en que me bajé del pequeño coche que habíamos alquilado. Era casi de noche, había muy poca luz. Caminé solo por una colina de grava volcánica y morrena y, de repente, sin esperarlo, me encontré cara a cara con el enorme muro de hielo del glaciar Svínafell. Fue sobrecogedor: no alcanzaba a comprender la magnitud de aquella masa de hermoso hielo azul. Los sonidos, los crujidos de aquel ser que claramente era un ser en movimiento, que respiraba de algún modo… Fue tan impresionante que, de pronto, recordé esa emoción plena e irracional que se siente cuando se cree en Dios. Dejé de creer en Dios hace muchos años, pero conozco los detalles de esa sensación, la he experimentado, y estar allí, frente al glaciar, me llenó de la misma manera en que la idea de Dios llena a un creyente: con una emoción abstracta pero cierta de plenitud».

La película revela los efectos del cambio climático, pero frente a la abundancia actual de datos, gráficos e imágenes sobre el cambio climático, los directores eligen una historia íntima y casi espectral. Parece más importante contar esta historia desde la emoción y no desde la evidencia científica, «Pepe y yo siempre trabajamos con la idea de que la belleza tiene un poder movilizador. Funciona con nosotros y está claro que ha funcionado con muchos seres humanos a lo largo de la historia. El arte, en todas sus expresiones, nos conmueve, mueve el mundo hacia adelante.

La evidencia científica es más profunda, más directa y más accesible que nunca. Sin embargo, somos muchos los que nos abrumamos ante los datos o ante la idea de que no está en nuestras manos cambiar algo tan grande. Por eso, encontrar la historia de Flosi Björnsson, un hombre que dedicó con devoción su vida al glaciar mucho antes de que existiera siquiera el concepto “cambio climático”, nos resultó muy inspirador, a nosotros y a otras personas como el fotógrafo Ragnar Axelson. Así que pensamos en lo que nosotros podíamos hacer. Qué estaba en nuestras manos. Y el cine es nuestra pequeña aportación, la única abarcable. Y lo hacemos desde donde nos sentimos fuertes: a todo el mundo le gustan las historias, todo el mundo es capaz de disfrutar de la belleza».

Tiempo, memoria y fantasmas

La película está atravesada por la idea del tiempo: pasado, presente y futuro se superponen constantemente. La forma en que Andreu y Moles trabajan cinematográficamente esa sensación de viaje temporal es muy singular: «Hubo un momento durante el proceso de investigación y preparación en el que nos dimos cuenta de que, de algún modo, muchas personas, incluidos nosotros en ese momento como cineastas, habíamos acudido al glaciar como en una especie de peregrinaje. En diferentes momentos de la historia, como siguiendo un camino lleno de pistas para que otros lo sigan en el futuro. Por tanto, esa senda que cruzaba lo temporal se incorporó al filme.

Está el pasado, a través de las imágenes de archivo encontradas de mediados del siglo pasado sobre la familia Björnsson, su granja y sus expediciones al glaciar. Aparecen casi desnudas en diferentes momentos de la película, reviviendo esos objetos inertes que ocupan la granja hoy.

La Pietà Thessaloniki

La Pietà (Pepe Andreu y Rafa Molés, 2026).

Pero, sobre todo, están los diarios manuscritos que encontramos de Flosi Björnsson, en los que describe su día a día y sus mediciones y observaciones del glaciar. Anotaciones que, a su vez, hacen referencia a escritos aún más antiguos, del siglo XVIII, que él leyó. Al leer estos diarios en voz en off pretendíamos que su alma, o su fantasma, ocupase el espacio presente recordándonos, desde el pasado, que la advertencia de la muerte del glaciar ya existía y que, pese a ello, no hemos hecho nada por repararlo.

Por otra parte, los personajes del presente, Ragnar Axelson, a través de una vida dedicada a la fotografía y, esperamos, que en alguna medida este filme, sea una forma de congelar la memoria para el futuro».

La granja abandonada aparece casi como un cuerpo vacío, un esqueleto que conserva huellas de vida, con esas etiquetas en los objetos abandonados, que esperan ser leídas por desconocidos en un futuro incierto. Ese espacio juega un papel como archivo material y emocional: «La granja es una naturaleza muerta. Un espacio donde la vida se siente por cada rincón, en el olor, en los sonidos de la madera, pero que, sin embargo, está en un momento de agonía. Así pues, la granja es una metáfora del propio glaciar, de toda la historia que contiene y que merece ser rescatada y cuidada. Todavía alberga la noción de la vida, pero hay que ser rápidos para que no exhale su último aliento.

Aislarse del mundo deja un inmenso espacio libre y abierto para mirar cerca de ti y observar la naturaleza, el entorno y aquellas cosas cuyo control, cuidado o reparación están en nuestras manos. 

Además, se ha convertido en un motivo estético esencial, donde los objetos se agrupan artificiosamente, como en las pinturas clásicas de naturalezas muertas y bodegones, para recordarnos esa conexión permanente con la belleza, con la idea de buscar la belleza aunque sea en el último estertor de vida».

Los diarios revelan un aislamiento radical del mundo, incluso en momentos históricos clave como la Segunda Guerra Mundial. Por ejemplo, esa entrada del 12 de diciembre de 1939 cuando la URSS invadía Finlandia y la anotación describe el modo correcto de tratar un libro para conservarlo, no doblar las esquinas… por exemplo. Rafa Moles nos cuenta qué es lo que les ha interesado mostrar de esa desconexión voluntaria respecto al ruido del mundo: «Aislarse del mundo deja un inmenso espacio libre y abierto para mirar cerca de ti y observar la naturaleza, el entorno y aquellas cosas cuyo control, cuidado o reparación están en nuestras manos. A veces, la mirada global del mundo hace que todo parezca inalcanzable e imposible. Flosi y sus hermanos se aislaron y entendieron enseguida aquello realmente importante, aquello sobre lo que ellos tenían una responsabilidad.

Pero no había omisión del resto del mundo. Leían libros y revistas que les llegaban por viajeros o naufragios de barcos. En un momento, la radio se convirtió en un hilo directo con el mundo. Les preocupaba lo que sucedía más allá, pero sabían que lo que tenían cerca era importante y podían intervenir desde su lugar en el mundo global».

Voz, imagen y forma cinematográfica

La voz de Flosi, recuperada a través de los cuadernos, funciona como una letanía, casi como una advertencia. ¿Cómo se concibe el trabajo con la voz y su dimensión fantasmal? «Sucedió de forma natural al tocar, abrir las notas de Flosi y pasar nuestros dedos por sus páginas en el interior de la granja —nos revela Molés–. Revivía; su voz revivía y la encontrábamos en cualquier crujido del suelo, golpetazos de ventanas, sonidos inidentificables. Parecía que Flosi seguía allí y sus palabras manuscritas eran un código para que le entendiéramos. Así que esa voz de un espíritu, de un fantasma amable y cariñoso, estuvo en nuestra mente muy pronto.

Después había que elegir quién sería esa voz. Estábamos en el festival de Cannes y el increíble actor islandés Ingvar Sigurðsson estrenaba una película en el festival. Nos parecía como algo imposible poder hablar con él y que aceptara. Pero nuestro coproductor islandés, Ólafur Rögnvaldsson, consiguió su teléfono y nos lo compartió. Le llamamos y respondió. Estrenaba esa misma noche, pero nos dijo de quedar a tomar un café. Hablamos, le contamos la historia y dijo inmediatamente que sí. Meses después estábamos en el estudio con él trabajando y grabando la voz de Flosi Björnsson».

La Pietà Thessaloniki

La Pietà (Pepe Andreu y Rafa Molés, 2026).

Visualmente, La Pietà evita los tonos azulados habituales del hielo y opta por una gama de grises muy contenida, que revela una decisión estética lejos de plasmar el paisaje de belleza tradicional. Rafa Molés nos revela el por qué: «Buscábamos la verdad del glaciar, el tono exacto de su piel, cambiante, duro a veces, deslumbrante otras. Cada vez más se suele alterar e intensificar el azul intenso de los glaciares en las redes sociales. Siempre nos da la sensación de que son un puro trofeo, ‘tengo esa foto’, pero se aleja de la realidad del glaciar. Es como ponerle maquillaje para banalizarlo, olvidando su belleza real y su importancia.

Así que, siendo el protagonista de La Pietà, queríamos representarlo como es. No necesita más belleza que la que desprende. Quizás haya pocas tan bellas en el mundo como para pasarlo por un filtro».

Por otra parte, la música tiene un tono de amenaza sorda, casi subterránea. ¿Cómo se ha conseguido ese diálogo de la banda sonora con la imagen y con la idea de un réquiem para el glaciar? «Tanto para la banda sonora como para el diseño sonoro se lo pedimos a Alberto Lucendo, nuestro compositor, y a Iván Martínez-Rufat«, nos revela Molés, quien les pidió «que pensaran en un barco a la deriva, en una ballena muerta varada en la arena. Estas dos ideas, donde lo sólido y lo acuoso colisionan, representaban el suspiro de la película y era algo que componía una armonía con los sonidos naturales del glaciar.

Así lo hicieron. Alberto Lucendo ha usado muchos instrumentos de viento en la banda sonora, donde el soplido en el instrumento suena a veces tanto o más que la propia nota. Esto nos pareció impresionante: nos llevaba a la respiración, al aliento, al aire exhalado… a la vida, pese a que sea una vida que se aleja y por la que hacemos sonar un réquiem.

El tema final del filme es el único donde aparece la voz humana. Se trata del fragmento de ‘Ay, triste vida’ del Misteri d’Elx, de donde es Pepe Andreu. Se trata de una obra sacra representada ininterrumpidamente durante siglos el 15 de agosto y que ha interpretado y reinterpretado para La Pietà la cantante Quiteria Muñoz«.

Símbolos y lectura contemporánea

Al final de La Pietà observamos sobrecogidos un gesto final, en que se cubre el glaciar con una gran tela blanca y que nos remite directamente a la célebre escultura. Pero también convierte lo que tenía vida en un fantasma. Preguntamos a Rafa Molés qué significado tiene para él ese acto entre lo épico y lo inútil: «Hace más de una década que se empezó a cubrir las partes delanteras de algunos glaciares con telas sintéticas blancas para reflejar el sol y evitar su deshielo excesivo durante los veranos. Durante años ha funcionado, pero cada vez se está abandonando más esta práctica porque las temperaturas son tan altas que el coste de acometer un acto tan épico no resulta ya útil».

Aunque el efecto estético es el de una instalación artística, no es en absoluto su objetivo, «es un intento real de proteger a los glaciares que, evidentemente, nos conectaba y nos inspiró la idea de La Pietà. Pero, paradójicamente, hacer algo así es tan épico, es un ejemplo tan claro de lo que los humanos somos capaces de hacer, que al final se convierte en una metáfora, de nuevo, de todo lo contrario: de la estupidez humana, de cómo somos capaces de lo mejor y lo peor; de cómo somos capaces de acometer algo tan increíble como tapar un glaciar con telas blancas, pero, sin embargo, a nivel global, no estamos tomando medidas suficientes para que las temperaturas no sigan subiendo y nuestro planeta no muera de forma totalmente alarmante».

La película parece sugerir que llegamos siempre tarde: sabemos más que los hermanos Björn, pero actuamos menos. Parecería que los directores han querido incluir el sentimiento de la culpa contemporánea, «Así es, la culpa es una emoción clave en este filme. La sentimos nosotros como directores y aspiramos a que esa culpa no se convierta, como ocurre en la religión, en algo que nos paraliza o que se limpia fácilmente con una plegaria. Nosotros confiamos en que la culpa nos sitúe a cada uno de nosotros en el centro del problema y, por tanto, de la solución.

Más que un alegato ecologista explícito, la película propone una reflexión sobre la pérdida y la responsabilidad. En realidad, según nos confirma Molés, estan interesados tanto en interpelar moralmente al espectador como en concienciarlo, «me gustaría que la emoción arranque alguna acción, la que cada cual tenga al alcance de sus manos».

Cine, belleza y responsabilidad

Entre no hacer nada y hacer algo, Andreu y Molés afirman que lo que le queda como cineastas es usar la belleza, pero ¿hoy la belleza sigue siendo una herramienta política? «Lo es, seguro. Creo que todos son capaces de escuchar una canción y transformar un momento, abrir un álbum de fotos y sentir algo que te saca de la realidad, admirar un edificio y caminar tres minutos por la calle con ideas emocionales flotando en su mente. No hay nadie que no pueda percibir la belleza. Todo depende de qué lugar y qué espacio ocupe —o dejes que ocupe— en tu vida. Pero, si la belleza se impone, siempre es una herramienta política de un extraordinario poder».

 Entre no hacer nada y hacer algo, el cine puede ser una pequeña forma de resistencia: un intento de congelar la memoria antes de que el hielo desaparezca.

El cambio climático ha tenido una plasmación en el cine, como arte narrativo y sensorial, y  Molés se muestra convencido de su papel en un debate que parece saturado de discursos, «creo que aporta un vehículo, un camino más, una suma a todo aquello que ya nos aporta firmemente la evidencia científica. Puede que no entendamos, o no queramos entender, los datos que nos certifican la muerte, o el asesinato lento, de nuestro planeta, pero todos entendemos las historias, a todos nos mueve la belleza».

La sensación final del espectador de La Pietà es como una sensación de duelo, pero también de escucha, «me gustaría que el espectador tuviese una experiencia sensorial que le conectase con las cosas bellas, con la idea de observar el mundo con fascinación y admiración —afirma Molés. Me gustaría que ocurriese lo mismo que me impulsó a hacer cine: que al menos una persona salga de la sala y, como me sucedía a mí desde niño, camine hacia su casa, aunque sea por unos minutos, con su estómago revuelto y sintiendo que todo es posible».

A lo largo de la conversación, el director regresa a una idea central: el cine no puede detener el deshielo, pero sí puede activar una mirada distinta sobre el mundo. Frente a la saturación de datos y diagnósticos sobre el cambio climático, La Pietà apuesta por la potencia movilizadora de la belleza y de las historias íntimas. El glaciar, la granja abandonada y la voz de Flosi funcionan así como un archivo emocional que conecta pasado, presente y futuro.

En última instancia, la película no busca ofrecer respuestas cerradas, sino abrir un espacio de escucha. Si el gesto final de cubrir el glaciar con una tela blanca remite a la vez a un acto épico y a la conciencia de su inutilidad, es porque la película sitúa al espectador ante una pregunta inevitable: qué hacer con esa culpa y con esa belleza que todavía persiste. Como dicen sus autores, entre no hacer nada y hacer algo, el cine puede ser una pequeña forma de resistencia: un intento de congelar la memoria antes de que el hielo desaparezca.

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