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Cultura

La metáfora Spinoza

En Hermosos y malditas, Cultura 8 septiembre, 2020

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

Dentro de un siglo, si la humanidad sobrevive a la dualización social, al calentamiento global y a la rapidísima desaparición de la inteligencia, Baruch Spinoza será uno de los pocos filósofos que hayan conseguido atravesar la historia moderna para plantarse fresco y legible en la nave del futuro. Tal fue la lucidez y la juventud de sus ideas.

Spinoza fue un filósofo neerlandés de origen judío nacido en Ámsterdam que pensó y escribió en el siglo XVII, una época que mantiene inquietantes analogías con la nuestra, entre ellas la sensación de resquebrajamiento, de abandono de un paradigma. Frente a la imagen de un dios trascendente hecho a a la medida de los miedos y los anhelos del hombre, identificó la divinidad con la naturaleza, defendió la unidad de lo que somos (en lugar de partirnos en dos tramos enfrentados: mente y cuerpo) y no solo tuvo la valentía de rechazar las bases religiosas del comportamiento moral, sino que vivió en coherencia con ella.

Cuestionó las bases del realismo cartesiano desde el mismo corazón del racionalismo. Su metafísica panteísta y determinista no suponía, como aducían sus detractores, un materialismo burdo  y resignado sino que de ahí pasó a defender la libertad de pensamiento y una forma política que protegiera la felicidad. Sofisticó con finura el significado de tres géneros de conocimiento: la imaginación, la razón y la intuición. Conectó el análisis del paso del reposo al movimiento como potencia con aspectos de la vida sobre los que los filósofos volcaban prejuicios: la idea productiva del deseo.

Spinoza

Ámsterdam.

Su Ética demostrada según el método geométrico redactada durante quince años como un encadenamiento germinal de secas exposiciones formalizadas sigue chocando en unas cabezas, las nuestras, estructuradas con unos mimbres raros como cuerdas de un falso sentido común. En el Tratado teológico-político, dedujo una política humanista, progresista y liberal en el que el poder de la multitud se conciliaba con la seguridad del Estado. Este año se han sucedido nuevas traducciones, biografías, correspondencias y estudios en cuyos prólogos se lee la misma palabra: vigencia. Pero hay tres motivos por los que creo que es posible sostener que Spinoza será uno de los filósofos del futuro.

El primero tiene que ver con un objetivo que aparece en sus obras una y otra vez y que habrá de consagrarse en los siglos venideros como el fundamento de toda tecnología: la alegría como indicador del conocimiento y en relación con ella la felicidad como un tipo de liberación ontológica. En el aspecto exterior, la comprensión holística de los vínculos sociales expresados en valores que tienen que ver con la democracia. La protección frente a la injusticia a través de leyes comunes que gobiernan a personas que no piensan todas exactamente igual.

En ambos casos, por dentro y por fuera, informada por una sabia indulgencia, la felicidad está ligada al conocimiento, no en el sentido más general y manido de que la filosofía es el amor por la filosofía, sino en que la filosofía define bien el sentido del amor por la elección de su objeto: saber más es la única querencia inagotable (una persona puede dejar de querer a otra, pero nunca se cansa de conocer). El conocimiento de todo es posible si nos asomamos a las cosas como poseyendo una especie de eternidad.

Spinoza

Relacionado con la libertad y sus versiones holistas, el segundo motivo es la ruptura de la dualidad mente-cuerpo (o alma cuerpo en el pensamiento de la Iglesia) que atraviesa la filosofía de Platón a Descartes. La neurología reciente recela del dualismo cartesiano y es probable que ese recelo sea el motor de una ciencia del futuro. Para el monista Spinoza, una vez que el hombre comprende y acepta el mundo puede actuar de forma racional. Lo hará en el marco de un complejo y paradójico determinismo: al igual que hay en el mundo una causalidad necesaria e inmanente, nada que sea podría existir de otro modo a como existe, dicho de otra forma, somos libres cuando comprendemos y aceptamos las leyes que rigen el universo.

Todo debe ser comprendido en su conjunto, en la unidad del todo. La vida no es infinita, pero en su indefinición tampoco es perfectamente finita. La duración de nuestra vida es indefinida y para sentirnos libres no debemos pensar en la muerte.

Por último, los asombrosos descubrimientos del universo, tanto la posibilidad fascinante y turbadora de que existan millones de millones de planetas habitados orbitando armónicamente estrellas similares al Sol, como la melancólica probabilidad de que seamos los únicos observadores de los confines despoblados del espacio-tiempo deben dejarnos perplejos como santos embebidos de esplendor. Dios o la Naturaleza, escribió a estos respectos Spinoza. Dios coincide con la naturaleza y sus leyes. Son lo mismo. Hay una única sustancia, una sustancia perfecta. Conforme la humanidad, convertida, ojalá, en una única civilización, comprenda mejor la ley que gobierna los mundos innumerables irá reconociendo el espíritu de este pensador de origen hispano-portugués.

O puede que lo que quede sea solo una metáfora, la del destino de los humanos más valientes. A Spinoza se le acusó de ateísmo, se le desheredó, se le persiguió, se le insultó, y ante todo ello no rumió su soledad, no se acodó en la barra de un bar, no maldijo, sino que, como herido por un fado solar, aprovechó la dulzura de los sitios tranquilos para pulir lentes de telescopios: una forma de hacer ver mejor incluso a los que se obstinan en no querer ver.

Hermosos: confines del Universo.

Malditas: palizas policiales y bolsas de plástico.

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