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La magia de los años 9

En Cine y TV 12 enero, 2020

Ángel Pontones

Ángel Pontones

PERFIL

Hay escondida en los años 9 una necesidad que nos impulsa a hacer recuento, y a dejar situado el marcapáginas en ese punto para que nadie lo mueva en los siguientes diez años. No se trata solo de la moda nueva y habitualmente efímera, marcada por la intermitencia y la necesidad de etiquetar. Es algo más, y ese algo parece a la espera de una última carcasa de fuegos artificiales que demuestre que el recorrido ha valido la pena; un epílogo trascendente y ruidoso cuyos ecos se escuchen más allá de su década, extendiéndose por los primeros y titubeantes pasos de la siguiente. Es en el cine, más que en cualquier otro sitio, donde mejor podemos ubicar estos puntos y aparte.

Star Wars Episodio IX: El Ascenso de Skywalker (J.J. Abrams, 2019)

Star Wars Episodio IX: El Ascenso de Skywalker (J.J. Abrams, 2019).

Este 2019 que se nos termina de marchar, ha luchado en todo momento por hacerse oir y reivindicar su trascendencia. De principio a fin nos ha prometido la película definitiva, el hype entre los hypes. Se ha servido como vehículo principal del cierre (aparente) de dos series míticas: Vengadores y Star Wars. La primera había dejado en el aire un desenlace tan intenso y desolador, que dejaba vendida a una conclusión que lo tenía casi imposible para estar a su altura. En el otro lado las aventuras galácticas de los Skywalker y los Sith venían tan lastradas por los continuos bandazos y cambios de gestión en la historia, que la despedida y cierre ha supuesto para muchos un alivio.

Érase una vez... en Hollywood

Érase una vez… en Hollywood (Quentin Tarantino, 2019).

A estos dos buques insignia podríamos sumar Érase una vez… en Hollywood, el vistazo tarantiniano los últimos 60 y en especial a su coda, el desmadrado e histórico 1969. O ese Joker diferente e incómodo, capaz de tocar desde una sencillez casi minimalista, una tecla especial en el público que le ha llevado a contemplar con una mezcla de envidia y horror, la tragicomedia a cámara lenta que supone la conversión del desgraciado Arthur Flick en la quintaesencia del mal, con la desintegración moral de Gotham de fondo. También quedaría espacio para El irlandés, esa última aventura de Scorsese que juntaba todos los ingredientes soñados excepto el que no está a la venta: el tiempo que oxida a todos, especialmente a las leyendas.

El irlandés (Martin Scorsese, 2019)

El irlandés (Martin Scorsese, 2019).

La historia nos habla de años 9 similares, abanderados por obras que resumían o complementaban toda una década. 2009 trajo consigo la presentación en sociedad de la nueva tecnología que nos proporcionaba un Rey Midas reencarnado en James Cameron, con sus cámaras estereoscópicas, sus alienígenas azul turquesa, y toda la parafernalia que daba sentido al remozado universo 3D. Fenómeno de masas instantáneo, pulverizó todas las taquillas pero no mostró continuidad ni encontró sucesores, si exceptuamos todos esos trucos publicitarios que nos iban vendiendo como 3D un 2D con 4 añadidos ocasionales. Avatar era un efectivo batiburrillo de tópicos con trasfondo ecológico, para contar la historia de siempre pero vestida con un traje fascinante que nos hacía sentirnos caminantes de otro mundo. Tras una larga temporada en barbecho, Cameron nos espera agazapado en estos locos años 20 con ¡cinco! secuelas de la original.

10 años antes de entonces, aparecía Matrix (2009) la distopía madre de los entonces hermanos Wachowski, que fue y sigue siendo acogida como un punto y aparte en la historia del séptimo arte, de nuevo por una revolución en los efectos especiales y sobre todo, en la forma de emplearlos. A los ojos saturados de hoy puede parecerles entrañable y simplón asistir a los ballets a cámara lenta de Neo/Keanu Reeves evitando las balas de los hombres de negro encabezados por el señor Smith, pero la génesis de todo el CGI que invadió la década siguiente se encuentra contenido en esta representación de la llegada del mesías ciberpunk, y su posterior sacrificio y acceso al trono de la leyenda. Un nuevo testamento que debió detenerse en su primera parte, pero que sorprendió a casi todo el mundo (excepto a los fans de Dark City, 1997).

El cazador (Michael Cimino, 1978)

El cazador (Michael Cimino, 1978).

1979 supuso, gracias a un rodaje filipino interminable, la puesta de largo de una obra magna destinada a 1977. Apocalypse now, fue sin duda el proyecto en el que más de sí depositó su creador, Francis F. Coppola, hasta el punto que parte de él quedó perdido dentro de ese rio interminable que la recorre de punta a cabo, o atascado entre las alambradas del sinsentido más absoluto de una guerra contemplada a través de un ácido. Junto a la estimable El cazador, supuso el inicio del subgénero bélico “La guerra que perdimos y sus secuelas”, al que se subió mucha más gente a lo largo de la década siguiente.

Pero 1979 no solo fue Apocalypse Now. Alien, el octavo pasajero nos enseñó a pasar mucho pero que mucho miedo en el espacio, a través de una versión de Los diez negritos trasladada a la Nave Nostromo. Cada plano de esta película es malsano y cada escenario inquietante, con mención a las escasísimas (un acierto) apariciones del bicho terrorífico diseñado por H. R. Giger. No hay nada mejor que sugerir y apenas mostrar el mal, norma número uno de todo clásico terrorífico que se precie. Ridley Scott tomó nota de ello, y ayudándose de un ritmo modélico al que no ha sido muy recurrente, el resultado fue un bombazo.

Sigourney Weaver. Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979)

Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979)

Pasemos a 1969, un año importante, cargado de otro tipo de historias que dependen mucho menos de efectos visuales, pero que igualmente contribuyen a echar el cierre a un modo de entender el cine, una revolución completa de ideas y de la manera de trasladarlas a la pantalla. Asistimos a un fin de la inocencia que ya venía mascándose hacia tiempo, en vías a explorar nuevos caminos que no desdeñan mostrar los grises de un mundo que se deshumaniza según va modernizándose. Tanto Easy Ryder, como Cowboy de medianoche, como Grupo Salvaje, suponen la primera mirada sin pestañeos a la cara oculta de una sociedad en la que los viejos tiempos aceptan a regañadientes que les toca morir para que los nuevos terminen de nacer. Sacrilegio y basura para algunos (John Ford), aire fresco para otros muchos (los Coppola, Scorsese, Allen, Spielberg o Lucas que esperan su momento).

Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969)

Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969).

En este recorrido a la inversa, Los años 50 suponen el apogeo de Hollywood como fábrica de estrellas y espectáculo. La segunda parte de la década es una apuesta por la grandilocuencia y el exceso, y para ello no tiene problemas en indagar en historias más grandes que la vida (aunque no tanto como la imaginación de sus guionistas), con trasfondo de civilizaciones lo suficientemente ostentosas donde asentarlas. Roma es el escenario favorito, y Ben-Hur (1959), la madre absoluta de todas ellas.

El film más redifusionado de todos los tiempos, parte de un argumento en forma de odisea a la que se ve abocado su protagonista (en gran parte por cierta ingenuidad a la hora de descifrar el carácter de antiguos amigos que ahora ejercen de amos), y que le obliga a cuadrar un círculo casi perfecto como única forma de sobrevivir y saldar cuentas. Todas las calamidades que van surgiéndole en el camino son solo acicates, que le acercan sabiamente a un desenlace estropeado durante el último cuarto de hora, a partir del momento en el que el auténtico mesías toma el mando de los controles (sin ser necesario) y conduce la historia a terrenos demasiado trillados, convirtiendo la epopeya en homilía. Pese a todo, Ben-Hur se mantiene incontestable en su trono del peplum, y define una época, un pensamiento y una manera de gastar el tiempo de ocio.

Ben Hur (William Wyler, 1959).

1939 también dispone de su Ben-Hur particular, Lo que el viento se llevó. En este caso la épica se reubica en unos aconteceres más respetuosos con la historia, cuyo conjunto queda aquí cimentado por los tejemanejes de una señorita sureña que se impone como puede en un mundo que funciona como cascanueces segregacionista y machuno. El personaje de Scarlett respira en casi cada plano, y hace bailar a su son a todos los que la rodean, sin terminar al final por conseguir casi ninguno de sus propósitos.

Esta macroaventura diseñada por un megalómano brillante como David O. Selznick y cocinada por demasiadas manos, era tan desmesurada y caótica como su creador, y si alcanzó el mejor puerto posible fue porqué los ingredientes eran mayoritariamente excepcionales, y todos los hados se juntaron cuando tocaba. Marcó a toda una industria y de algún modo dio pistoletazo de salida a la última y más dorada etapa del Hollywood clásico.

años 9

Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939).

Hoy que vivimos instalados en el punto de mira de una industria que solo puede sostenerse a base de hypes, nos preguntamos si la obra que nos marcará en 2029 será una distopía social ambientada en los anillos de Saturno, o acaso una historia que solo podrá verse en plataformas de pago, y cuyo guión habrá sido diseñado exclusivamente por nosotros, sus suscriptores.

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