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El teatro del mundo: Shakespeare, Westworld and Co.

En Hermosos y malditas, Cultura 20 May, 2020

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

La idea de que el mundo es un gran teatro donde cada persona representa un papel ante los demás, ante los dioses o Dios (y posiblemente también ante sí mismo) es tan antigua como el más nebuloso de los sueños de la humanidad.

En griego antiguo, el término persona designa la careta porque prósōpon señala literalmente lo que está delante de la cara: la máscara. No solo quienes nos dedicamos a la filosofía de las normas, sino cualquier ciudadano del siglo XXI está acostumbrado a escuchar que las empresas actúan en el mercado: son personas jurídicas. La personalidad jurídica de las empresas privadas o de las instituciones públicas constituye un tipo de ficción. La expresión «jugar un papel» es un anglicismo que me desagrada: to play a role. No decimos que John Wayne juega muy bien su papel.

En el auto sacramental El gran teatro del mundo, uno de los mejores escritores en lengua castellana de todos los tiempos, Calderón de la Barca, no hacía más que repetir un inquietante lugar común que con diferencias de grado, profundidad e intención ha acompañado tanto el pensamiento como la sensación del hombre antes de que Pitágoras, Platón o los estoicos Séneca y Epícteto recordaran que al final de la vida lo que importa es cómo esta se representó.

teatro

Carlos Estévez, Theatrum Mundi, 2008.

En La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959), el sociólogo canadiense Erwin Goffman describió convincentemente la vida social como un teatro, la forma en que nos presentamos a los demás, cómo modulamos el tono, la cara, las manos, cómo actuamos, en definitiva, en función de a quién nos dirigimos. En la teoría de la argumentación del siglo XX, el filósofo del derecho belga Chaïm Perelman desarrolló una nueva retórica centrada en el concepto de auditorio universal concebido como construcción del orador quien debe adaptarse al auditorio para persuadir o convencer.

En el siglo XIX, el proyecto literario del realismo de Honoré de Balzac intento aprehender todo el espíritu de la época en más de un centenar de novelas: lo tituló La comedia humana. Como destaca uno de nuestros mejores investigadores de las metáforas, José María González García (ver sus Metáforas del poder) la teoría sociológica del teatro y los roles sociales incluye los análisis de Norbert Elias o de Richard Sennet. El primero describe en La sociedad cortesana o en El proceso de civilización el proceso de imitación y contención de los instintos: actuar contra nuestros sentimientos para  vivir en una sociedad marcada por lo ceremonial. La máscara se convierte en el verdadero rostro de muchos hombres.

En El declive del hombre público, Sennet, por su parte, se hace eco de la metáfora del teatro del mundo para introducir la ilusión y el engaño como cuestiones fundamentales de la vida social e insistir en el arte de la actuación. Sennet incluye la comparación entre el mundo y el escenario en el Tom Jones de Henry Fielding, la paradoja de la actuación según Diderot o la búsqueda teatral de la reputación de acuerdo con Rousseau.

Teatro

Como gustéis, dirigida por Luchino Visconti y escenografía de Salvador Dalí.

Siguiendo con José María González también Ralph Dahrendorf (Homo sociologicus) ha utilizado una batería de conceptos (máscara, persona, carácter, papel) que proviene de esa gran metáfora del Theatrum Mundi anticipada magistralmente por  Shakespeare en Como gustéis (As You Like It, 1599): El mundo entero es un escenario / y todos los hombres y mujeres no son sino actores./ Tienen sus entradas y sus salidas/ y durante la vida representan muchos papeles.

La idea de que el mundo entero es un escenario y nosotros sus actores adquiere diferentes grados de dramatismo en la filosofía. Es inevitable pasar de la idea de que somos actores a la sospecha de que existe un guion. La posibilidad de que no exista el libre albedrío subyace al debate entre libertad y determinismo. ¿Dirigimos nuestra vida? ¿Elegimos hacer lo que hacemos, ser lo que somos o vivimos en algún punto una existencia prevista, organizadal, escrita por otros? El determinismo defiende que hay conexión necesaria de todos los sucesos y que ese condicionamiento causal que incluye todo acontecimiento físico, el pensamiento y las acciones humanas está determinado por una larga cadena que comenzó en el pasado.

Si la idea de que somos actores del mundo conduce a la posibilidad del guion la pregunta ulterior es más desazonadora: ¿quién lo escribió? ¿Un dios benigno, el diablo, un tarado?. La idea de que el mundo podría ser una ilusión malintencionada subyace a su vez tanto a la pesadilla-sueño del mismo Calderón como el dualismo racionalista de Descartes y su hipótesis del genio maligno.

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En el clásico Edipo el protagonista no solo no puede escapar del vaticinio del oráculo, sino que como advirtió Albert O. Hirschman en su análisis de la retórica de la perversidad, todos los actos y decisiones que los actores traman para escapar del futuro ya escrito se convierten en eslabones necesarios de la cadena causal, que hará precisamente que la profecía se cumpla. Si para Pitágoras el mundo es matemática, para el judaismo la vida está en un texto. ¿Y si la vida consiste efectivamente en desempeñar un papel en un relato del que no sabemos nada? En las versiones más puras del calvinismo el hombre está predestinado.

La cosa se puede complicar más, una vez fuera del marco greco-latino y de la escatología dualista medieval ¿no podría pasar que ese guion no lo escribiera dios ni un genio maligno sobrenatural sino el empresario de una gran multinacional?

En The Truman’s Show (Weir, 1998)  Truman Burbank vive sin saber que actúa para la gran cámara del mundo: un programa de televisión. En el cine de ficción, aquí, propiamente de ciencia-ficción, la posibilidad de esta narrativa es todavía más inquietante, el pasado de los replicantes de Blade Runner estaba escrito por un industrial: el dueño de la Tyrell Corporation.

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La cuestión del determinismo está presente en la sobredimensionada Devs, pero en lo que toca a la posibilidad del guionista borracho hay una hipótesis todavía más inquietante: ¿no escribió el propio Shakespeare que la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido? ¿Y si somos el entretenimiento de una raza desconocida tecnológicamente adelantada pero moralmente atrasada? Al nacer lloramos por haber llegado a un mundo de locos: ese es el aspecto más perturbador de Westworld, serie plagada de citas de  Lewis Carroll, Dante Alighieri o el Rey Lear y cuya trama de androides atrapados en el guión de un demiurgo enloquecido nos devuelve la imagen de nuestras propias narrativas.

Esa es también la idea turbadora que subyace a las nuevas teorías de la ilusión, idea ya adelantada por George Berkeley y que hoy se plantea a la luz de los horizontes de las supercomputadoras y la inteligencia artificial. El universo parece funcionar según un modelo matemático. La mecánica cuántica ha dado con algo extraño: tanto la materia como la energía parecen granulares como la pixelación de una pantalla. ¿Es The Matrix y su mundo computerizado la mejor explicación de esta vida carente de sentido? ¿Es posible que estemos llamando dios a un estudiante de ingeniería del siglo XXXIV o que todo esto sea, como apuntan algunos miembros del Instituto de Tecnología de Massachusetts, un experimento de ciencia de un estudiante de secundaria en otro universo?

Sinceramente, la explicación del mundo como un experimento de un estudiante de un universo adelantado, un guion escrito por un alienígena posmoderno no me parecen menos absurdas que el creacionismo o que la teoría del Big Bang. De ese guion cósmico, o de la narrativa del mundo de horizontes de cartón, muchos humanos solo lamentan, conforme el tiempo pasa a través de ellos, no poder volver atrás o disponer de goma de borrar.

Hermosos: Déjà vu,

Malditas: sospechosas inconsistencias de la vida.

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