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La Historia y el cine, una batalla eterna

En Cine y TV 21 July, 2019

Aníbal Moltó Barranco

Aníbal Moltó Barranco

PERFIL

El visionado de cine histórico no es tarea fácil para un profesional de la Historia. La profesión va por delante y es casi inevitable plantearse la fidelidad del filme. El experto tiende a analizar fechas, vestuario, armas, batallas, y acontecimientos de la época… Como el más exigente crítico, toma nota de aquellos detalles que considera fuera de lugar, independientemente de su importancia.

Al espectador lego en la materia, acompañar a estos profesionales puede suponerle un auténtico suplicio. Un acompañante puntilloso con la Historia puede acabar despertando en cualquier aficionado instintos irracionalmente básicos, porque el resto del público simplemente quiere disfrutar de estos filmes, sin plantearse nada más, solo desean deleitarse con la espectacularidad de sus batallas, la solemnidad de sus arengas o sus monumentales construcciones de cartón-piedra.

No obstante, parte del presupuesto de producción de los filmes de época se destina a contratar asesores históricos. Fue notorio el caso de El Cid (Anthony Mann, 1961), que a pesar de contar con el asesoramiento de Menéndez-Pidal, no destacó precisamente por su rigor histórico. También podemos hablar de la producción española Hispania, la leyenda (Carlos Sedes, Alberto Rodríguez, Santi Amodeo, Jorge Sánchez-Cabezudo, 2010), que contó con el asesoramiento de Mauricio Pastor, catedrático de Historia en la Universidad de Granada y, que sin embargo, si por algo se distinguió fue por su incontable número de inexactitudes, anacronismos y errores históricos.

Menéndez Pidal saluda a Mann y Heston en el set de El Cid.

Menéndez Pidal saluda a Mann y Heston en el set de El Cid.

Y si hay asesores, la pregunta es ¿Por qué sucede esto? ¿A qué se debe que la opinión de estos no se tenga en cuenta? ¿Qué importancia tiene su criterio para los directores? En este post intentaremos dar una respuesta a estas cuestiones, analizando al mismo tiempo, la intencionalidad del cine histórico.

Para abordar esta cuestión, tenemos que tener en cuenta el objetivo principal a la hora de producir un filme, ya que el cine es el show bussiness por excelencia, más que una herramienta instructiva, un utensilio de entretenimiento. El objetivo primordial de los creadores no es ilustrar, sino amenizar y divertir, más que pretender representar la realidad, histórica o no, optan por impresionar, despertar emociones en el público. Es por ello que los directores recurren a conocimientos-clichés para transmitir imágenes fácilmente reconocibles por el espectador. La ambientación y el contexto histórico se ponen a disposición de la necesidad del metraje y del espectáculo.

Prueba de lo anterior fue la política llevada a cabo por Denis Kavanagh y Josef Von Sternberg, directores de Yo, Claudio, adaptación cinematográfica de la obra homónima de Robert Graves que nunca llegó a estrenarse. Ambos pidieron información sobre las vestales al asesor histórico. Este les explicó que eran seis, que vestían con un velo, un chal y una venda. No obstante, esto no resultaba atractivo para los dos directores. Prefirieron cuarenta vestales, y, además, desnudas. Hay que puntualizar que si las sacerdotisas se caracterizaban por algo era por su virginidad y pudor.

Otro ejemplo fue uno de los filmes más famosos del considerado padre del cine tal como lo conocemos: Intolerancia (D.W. Griffith, 1916). En su historia sobre la caída de Babilonia, puede apreciarse esta macrosesctructura arquitectónica palatina babilónica, donde podemos ver elementos arquitectónicos y escultóricos de diversas culturas: babilónicas, neobabilónicas, indias, egipcias… En otras palabras, un totum revolutum de  civilizaciones antiguas que si bien puede resultar colosal y espectacular para el espectador, es de un anacronismo absoluto.

Historia. Intolerancia (D.W. Griffith, 1916).

Intolerancia (D.W. Griffith, 1916).

Griffith no buscaba rodar un documental sobre antiguas civilizaciones mesopotámicas, su intención era la de crear una atmófera exótica, pretendiendo que el público fuera testigo de una historia ambientada en un lugar insólito, lejano, vinculado a un pasado primitivo y artísticamente esplendoroso.

En 1995, Mel Gibson brindó al cine una de sus películas más famosas: Braveheart, cinta que narra la historia de William Wallace, héroe escocés que hizo frente a las tropas de ocupación inglesas. Las desviaciones históricas son muy numerosas, pero si hay un detalle resaltable en este caso ese es el kilt. Lo que une a todos los personajes del bando escocés es la prenda erróneamente conocida como falda escocesa. No obstante, esta prenda surgió en el siglo XVII, mientras que la película está ambientada en el siglo XIII.

Historia. Braveheart (Mel Gibson, 1995)

Mel Gibson luciendo un kilt.

En otras palabras, nos encontramos con un anacronismo de cuatrocientos años, que se incluyó por una razón muy simple y efectiva: si hay algo que se asocie a la cultura escocesa es el kilt, es lo que tienen los estereotipos, hacen que el arquetipo de escocés venga asociado al kilt y la gaita. Se necesitaba un elemento fácilmente reconocible para el público, y en este caso fue la falda.

Cinco años después, Ridley Scott resucitaría el subgénero del peplum con la película Gladiator (Ridley Scott, 2000). En ella, un general (personaje completamente ficticio) convertido en gladiador se enfrenta al tiránico emperador Cómodo. Como en Braveheart, sus inexactitudes históricas y anacronismos son incontables, así que, nos centraremos una vez más en los escenarios. En la imagen, vemos el Coliseo ubicado erróneamente enfrente de la Curia Iulia, un edificio, por cierto, de planta rectangular y no redonda, como aparece en el film. Además, la columnata es sospechosamente parecida a la que rodea la plaza de San Pedro del Vaticano, por no hablar de las improcedentes cúpulas renacentistas del fondo.

Historia. Gladiator (Ridley Scott, 2000)

Gladiator (Ridley Scott, 2000).

Tanto el Coliseo como la Curia se encontraban a una distancia mucho mayor, y tales cúpulas y columnatas no se verían hasta más de quinientos años después. Sin embargo, en el mundo del cine estos son meros detalles sin importancia. Scott no quería un documental sobre la Antigua Roma, sino crear una obra de entretenimiento en la que el espectador apreciara elementos que pudiera identificar con la Ciudad Eterna. En este caso, el Coliseo y la plaza de San Pedro son elementos clave asociados indiscutiblemente a la civilización romana.

En 2004, Wolfgang Petersen presentó una adaptación de La Iíada, en su filme Troya. Con ella, se propuso una historia más alejada del elemento mágico de la que ofrecía la obra original de Homero. No se mostró por ejemplo, la acción de los dioses, recortándose muchos de los personajes originales de la historia y fue una adaptación originalidad e inteligente, con un toque más realista y humano. Se la dotó de esta manera de un aire más histórico y menos fantástico, obteniendo así una historia más creíble.

No obstante, el filme no quedó exento de polémica. Se criticaron detalles como que, tratándose de una historia inspirada en un conflicto del II milenio a. C., mostrara uniformes de hoplita, cinco siglos más recientes. Sin embargo, los diseñadores artísticos y de vestuario no buscaban otra cosa que mostrar el arquetipo de guerrero griego, identificado por la cultura popular con los hoplitas. De hecho, hay que tener en cuenta que el propio Homero habría imaginado a dichos personajes como tales, teniendo en cuenta que vivió durante el periodo clásico.

Historia. Troya (Wolfgang Petersen, 2004)

Troya (Wolfgang Petersen, 2004)

Concluimos, por tanto, que todo lo que hemos visto no son errores históricos, sino lo que podríamos llamar licencias históricas. No son otra cosa que adaptaciones de la realidad ajustadas a las necesidades del relato y el espectáculo. Obviamente son recursos frecuentes, que  no son algo inusual y preceden en otros muchos ámbitos a los orígenes del cine.

En el siglo XVIII, durante el Neoclasicismo, artistas como David o Peyron reflejaron, a su manera, historias del mundo antiguo sobre el lienzo. Obras como El juramento de los Horacios o La muerte de Viriato no son sino conglomerados de elementos estilísticos greco-romanos, sus artistas no buscaban representar una realidad histórica, sino contar historias, inspirándose en obras de arte de la Antigüedad. Buscaban arquetipos correspondientes a estas épocas, fácilmente identificables y asociables a la Antigüedad y el Medievo. Sus obras estaban llenas de errores históricos, como los filmes de los que acabamos de hablar. Y, al igual que en estas películas, no trataban de dar lecciones de historia, sino transmitir ideales, belleza y espectacularidad.

Historia. "Juramento de los Horacios", Jacques-Louis David

Así pues, y visto lo anterior, recomendamos tanto a los historiadores como al resto del público que se  limiten a disfrutar los filmes históricos por disparatados que resulten. Si un filme basado en una novela puede ser ameno independientemente de su fidelidad respecto a la obra original, una película histórica puede ser de calidad pese a no ser rigurosa  en los detalles.

Por otro lado, queridos lectores, no creáis todo lo que veais en los peplums. Como hemos dicho antes, son documentos audiovisuales destinados únicamente al entretenimiento. No son obras de eruditos, sino de aficionados que solo pretenden entretener. Si queréis aprender Historia, leed a los clásicos, a Hobsbawm, Gibbon, Syme o a Parker. Y si sois de los que se levantan con resaca después de leer, también podéis recurrir a los socorridos documentales de la BBC o de National Geographic.

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