Frente a la calva de un Kubrick, la pelusa de un Godard o el “mirlo” de un Hitchcock, David Lynch era de los directores con flequillo. Lo primero que destacaba en la figura de este individuo de Missoula, Montana, era ese flequillo que lo emparentaba con otro director indie-mainstream estadounidense de su tiempo, Jim Jarmusch, pero también con referentes internacionales como Eisenstein, Cronenberg, Cocteau, Jean Epstein o Pedro Almodóvar. Hubo una época en la que los directores de vanguardia se dejaban flequillo, e, inversamente, se asumía que cualquier flequillo espigado apuntaba hacia las alturas de la vanguardia. Por ello, muchos se sorprendían al encontrar, bajo el tupé estiloso de Lynch, un dechado de sencillez y bonhomía yanqui (que enmascaraba a un tímido) y, si rascaban lo suficiente, una concepción hinduista del mundo. ¡Qué daño hizo aquel flequillo!
Tras su fallecimiento a mediados del pasado enero se multiplicaron las apreciaciones sobre aquel individuo de obra “perturbadora” (la palabra más usada) y apariencia afable. ¿Cómo podía alguien así, que además de campechano era meditador veterano y embajador de la Paz y el Amor en el cosmos, filmar esas escenas…? Las retrospectivas sobre su obra se hacen eco de esta dualidad: violencia y ternura, metafísica y cotidianidad, horror y humor. La obra, pues, concebida como el propio Lynch, compuesto de esas dos partes claramente delineadas: el peinado avant-garde y un señor que parecía casi normal debajo de él.
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La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai (c. 1830)
Lynch era un artista para muchos públicos, cuyos registros apelaron a diversas sensibilidades. Es evidente que pretende introducir comic relief, patochadas y humoradas, en escenas y momentos comúnmente considerados inquietantes, “perturbadores”, pero eso no deja de ser un guiño a cierta sensibilidad anticuada, que el director compartía y conocía bien, por edad y crianza. Así, las escenas que filmó nunca pierden el horizonte de humor, como no lo hacen sus producciones en otros formatos. Humorada es ponerse ante la cámara como un jefe regional del FBI con sordera, humorada dar voz a un personaje de una de las execrables series animadas de Seth MacFarlane. Humorada deslizar The Straight Story entre las laberínticas películas Lost Highway y Mulholland Drive.
Desde otro punto de vista, la obra entera del director, en sus muchos formatos y soportes, es de comedia. ¿Por qué alguien que predica que vivimos una era fatídica de negatividad y descomposición muestra de esa forma “perturbadora” la pérdida de bondad y sentido? Simplemente son los materiales que facilita la época para el humor. En cierto modo, Lynch es a su época lo que Billy Wilder, Mel Brooks o Woody Allen a décadas anteriores. Refleja, curiosea, experimenta y, sobre todo, juega con el material que le proporciona su época, que no es la de Billy Wilder, sino una debacle planetaria opaca y sanguinolenta, por no hablar de la posmodernidad o la fragmentación irreparable del Sujeto en los departamentos de filosofía. Es un humorista para este marasmo.
Lo que algunos encuentran “perturbador” en las obras de Lynch es que alguien juegue con esos materiales por pura estética, que se rompan de esa manera casi frívola las convenciones de la lógica y el significado, que al puzle siempre le falten piezas. Muchos de sus detractores viven en los noventa o los 2010, pero remontan su imaginario y sensibilidad a los años cincuenta de Billy Wilder y otras épocas “felices” (para ellos, que no las sufrieron y pertenecen a la raza elegida). Lynch piensa en ellos cuando introduce el mencionado comic relief, el momento gracioso en medio de la (para ellos) pesadilla. ¿Por qué en el primer Twin Peaks de principios de los noventa la oscuridad espía desde el espejo y en la versión de 2017 se enseñorea del mundo? La respuesta será evidente para quien conozca ambas épocas desde el prisma estadounidense (y más si, como el último Lynch, tiende a progre).
David Lynch refleja, curiosea, experimenta y, sobre todo, juega con el material que le proporciona su época, una debacle planetaria opaca y sanguinolenta.
El otro humor, el de la mayoría durmiente, no responde a la Edad de Hierro, a este kali yuga. Vivimos en un mundo absurdo, desdoblado, impío, de ecocidio y masacre, pero pensamos que el humor debe barrerlo debajo de la alfombra. Que, en lugar de jugetear con el desastre epistémico y planetario que tenemos entre manos, el humor debe ser una forma de escapismo hacia otro tiempo y otros valores. Alguien nacido en los años cuarenta y madurado en los setenta, como Lynch, percibió clara y tempranamente la transición, y se debate él mismo entre épocas; de ahí las famosas alternancias en el tono, el comic relief. Su imaginario está claro en una filmografía casi impecablemente libre de actores afroamericanos. Pero él sabía que es imposible regresar a ese pasado fosilizado en ámbar, a esa burbuja “feliz” de los años cincuenta que se entretuvo agriando.
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