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Con vistas al mal

Crónica de breve estancia (microrrelato)

En Cultura, Con vistas al mal 23 June, 2019

Ángel Pontones

Ángel Pontones

PERFIL

1.
Aeropuerto. Sala de espera. Esperas. Cambias de chicle. Sudan las manos. Pican las palmas. Vas y vuelves. Rodeas a un chico que sujeta un cartel donde dice que también espera. Sonríes sin saber por qué. Te rodea un viaje fin de curso compuesto de ojos rasgados. Dejas pasar a una madre a la que espera su hija, las dos en silla de ruedas y a las dos les cuesta abrazarse. Miras a las pantallas. Compruebas el vuelo. Recuerdas el parking. Dudas. Sale más gente. Cierras los ojos. Piensas en dulces. Abres los ojos. Te mira mientras se acerca. Cuentas hasta 4 y no llegas. Ella te contará todo a partir de entonces.

 

2.
Camináis por el parking, ella sujeta al asfalto y tú aún subido en la nube. Mientras te limpia el carmín de los labios, acaricias por reflejo el hombro que le molesta. Apenas se queja, tu mente ilumina los primeros siete números del fisio, pero luego deja en sombra a los restantes. Subís al coche, ella sintoniza  una tierra de nadie ubicada entre Sibelius y Rosalía. El aeropuerto deja paso a la nacional, ella ojea tus planos, tú repasas sus planes. Te vuelves estrábico controlando el tráfico sin perderla de vista. Descubres lo caro que resulta aparcar en el centro. La sigues aunque eres tú quien conoce su destino. Pasáis por consigna del colegio mayor, dejáis atrás el jardín de eucaliptos, subís al primer piso, lucháis con la tarjeta de acceso. Sonríes. Ella se cambia de ropa, tú miras hacia otro lado.

Microrrelato

Te cuenta la historia de su maleta y tú vas sumando países. Atesoras todos los momentos posibles. Compartís un vinito, mientras os chamusca el mediodía. Observas la danza de sus pies mientras consulta el teléfono y se empapa de la lluvia de mensajes y atrasos. Una arruga finísima marca camino entre el final del tobillo y el dedo gordo, y te imaginas circulando por ella todos los días. Cuando estás a punto de llegar a alguna intersección, levantas la cabeza y te topas con su sonrisa. Ha recordado su agenda y en ella ha quedado a comer con otra gente. De hecho, te está citando a media tarde. Al marcharse le tiras dos fotos pero todo sale movido, excepto ella.

 

3.
Anochece. Os despedís de la gente. Comentáis la jugada. Mencionas un indio. Ella sugiere otro vinito. Es marzo encasquetado en junio, y en la terraza te quedas pajarito vestido de verano. Te aferras a sus ojos y a su conversación. La observas ramificarse, infinita. La admiras mientras te frotas los brazos y creas estática alrededor de la mesa, las copas y los torreznos. El viento os trae las quejas de críos que discuten alrededor de respuestas a exámenes que en septiembre saldrán mejor. Buscáis el indio. Pedís demasiado para acabar cenando muy poco. Ella te cuenta aún más vida y tú ruegas que se pare el tiempo, o se pierda la cuenta. Descubres que todos los pensamientos que comienzan en tu ciudad, terminan desviándose hacia la suya. Te pierdes en el viaje de vuelta, como si ya estuvieras allí. Su risa se ha apoderado de tu GPS. Tu coche entra en un túnel plagado de opciones, a la salida del cual hay un pañuelo que vuelve a limpiarte de carmín los labios.

Microrrelato

 

4.
Amanece temprano. Pasas a buscarla. Mientras se te enfría el café repasas su charla de esta tarde. Todo lo que lees te gusta, y lo que no te gusta resulta ser la carta de tes. Observas las espirales de su cigarro, una escalera de humo que conduce a un mirador, cuya vista no precisa de foto, pues es inolvidable. La acompañas a un consultorio, le aconsejan un cabestrillo. Lo usa hasta dejar de usarlo. Compra camisas, blusas y pañuelos, y se horroriza con el dibujo de una sandalia tan cómoda que acaba llevándosela puesta. Suena el reloj del mediodía. Decide alisarse el pelo y te manda a dar una vuelta mientras tanto. Os encontráis en otra terraza. Te encantan las lisuras como te embriagaban los rizos. Brindáis por algo bonito y olvidadizo. Desmenuza una sepia sucia fresca y deliciosa, y te enseña al abrirla la colección de gambitas que lleva en su buche. Te muestra además que la lozanía y frescura no siempre beneficia al que la vive.

El tiempo se acelera. Los rayitos de sol se detienen en los soportales de un muro de color añil sobre el que destaca una pintada: NO SE VENDE. Camináis en silencio hacia el hotel, para que ella descanse, se duche y mastique un poco más su intervención. Buscas un libro que ella no pudo encontrar, lo encuentras y te lo envuelven tanto que casi parece otra cosa. Llegas tarde al Paraninfo y te sientas donde puedes. “Donde puedes” es una esquina en que no se la ve, únicamente se la oye. Cierras los ojos inútiles para seguir escuchándola hechizado.

Microrrelato

 

5.
Amanece de nuevo. Pasas a buscarla. Caminas tan despacio como en cualquier despedida. El sol asoma y se esconde entre nubes y cimborrios. Desayunáis junto a la catedral, repasando horarios de tren, pensando en la nueva charla de esta tarde. Otra ciudad y otra gente. Escarbas en los días futuros, fantaseas con subir a ese tren y no volver jamás a tu casa. Aventuras planes mientras veis patinar en el mármol a las palomas. No tienes la menor idea de cómo limpiar de trascendencia y solemnidad un adiós para alguien tan despreocupado y libre. Entregas el libro que no parece libro, y cuando ella lo abre se lo dedicas con una cita anónima escrita con caligrafía preescolar. Ella te sonríe y te confiesa que la autora del libro será la otra ponente del encuentro de la tarde. Finges sorpresa. Ella limpia tu incipiente nostalgia con una fecha de regreso. Sonríes con una lasaña de alivio y dudas. Recibes a cambio carmín. A las puertas de la estación, le pides a una cría que os haga una foto en la que todo salga enfocado salvo vosotros, perdidos en la complicidad de un abrazo borroso.

 

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