Reconozco que todo aquello que soñé formaba parte de una conversación privada. Dos partes negociaban a ambos lados de una única mesa circular estilo inglés situada en el mismo centro de un salón cuyas proporciones se perdían en una inmensidad que escapaba a toda comprensión, como lo hacía su lenguaje, un zumbido intermitente salpicado de pausas que no eran silencios y que en cualquier otra circunstancia tú y yo habríamos tardado vidas en procesar. Pero ya que soñar trasciende a un plano donde todo parece suceder al mismo tiempo, y donde lo sencillo se embarra y lo complejo se simplifica, convendremos que puede haber sueños donde no sean necesarias las escuelas de idiomas.
Las mismas dos partes negociadoras no eran entes corpóreos ni haces de luz, al igual que la mesa alrededor de la que trataban tampoco era realmente una mesa al uso, y si únicamente empleo estos conceptos es porque nuestra mente precisa de etiquetas identificativas para no perderse en abstracciones que terminan apareciendo en otros sueños. En algún momento de éste fue a surgir el nombre de Bowie, justo al final de un zumbido extraordinariamente largo, y como si ello hubiera presionado un interruptor oculto, me hice consciente de donde dormía.
En el sofá de la casa que creí haber dejado atrás hace tiempo y a la que regresaba siempre que volvían los problemas.
David Bowie al principio me resultaba un borrón, o un suspiro en el tiempo al que por si fuera poco descubrí que costaba acercarse. Solo esforzándome fueron llegando primero chispazos, más tarde imágenes: Un traje de muy buen corte, un tupé color zanahoria, una voz cuyo vibrato desmenuzaba en un terciopelo que casi podía acariciarse. La voz… la voz parecía esclarecerlo todo con la cadencia de una linterna apuntando a los rincones oscuros de un trastero abandonado en medio del cosmos. Sí, durante años (cerca de 50) Bowie había resultado un acontecimiento inclasificable en la vida de muchos, un rayo de luz envuelto en el celofán de una estrella de rock especialmente mediática. Su imagen siempre mutable, ambivalente, sexualmente confusa, su caterva de conocidos alrededor de los cuales asomaba como gurú respetable, sus curiosos códigos de conducta, su magnetismo plasmado en un estilo siempre a contracorriente de lo demandado más que de lo esperado, ese dedo en el ojo del transcurrir cotidiano, habían atraído durante mucho tiempo a una multitud que ni en los peores momentos dejó de adorarle. Incluso su sorpresiva muerte fue interpretada como un “último truco”, como un medio más de causar sensación, de pillar a contrapié al destino. Durante meses, tras la catarsis, el planeta siguió girando con su inercia, como esperando un single antesala de un disco antesala de un nuevo personaje, uno que en este caso hubiera desafiado al otro mundo. Diez años después, ayer sin ir más lejos, aún había quien seguía esperando una resurrección.
Aquí concluía la crónica de la rockstar. Fue a las pocas semanas de aquel anticlimático 10 del 1 del 16, cuando alguien comenzó a desclasificar a toda prisa una serie de informes basados en miles de evidencias cotejadas por agencias de investigación (y verificadas por un par de agencias espaciales), a partir de los cuales cierto director de origen taiwanés armó el documental “Changeling” que permitió al mundo cambiar el punto de vista que tenía no solo sobre Bowie sino sobre el universo en su conjunto.
David Robert Jones no había visto la luz por primera vez en Brixton sino en un punto próximo a las pirámides de Elysio, un paisaje bien cartografiado de la planicie marciana. No era posible verificar su edad sin incurrir en error apreciable, pues las pistas incidían sobre acontecimientos ocurridos en Marte y no en la Tierra, y por tanto desconocidos. Si se sabe que nos había visitado previamente en dos ocasiones, en alas de una insaciable curiosidad y una tecnología desconocida: La primera en tiempos de Giotto, del cual absorbió como discípulo una técnica que solo apareció en su mejor trabajo, el único que no llegó a publicar, técnica que al solo poder expresarse convenientemente en un primer intento, acabó desechando. La segunda lo vio ejerciendo de embajador veneciano en la corte decadente del niño Luis XV, donde descubrió el significado de la ironía y experimentó el lujo desmedido y el muro sonoro de toda una gama de nuevos instrumentos de viento. Las dos visitas fueron breves, apenas unos meses de tanteo.
Para la tercera planeaba un experimento diferente. Quería integrarse en una vida completa y experimentarla. Anhelaba ser a la vez todo y eso normalmente solo es posible en sueños, pero a la vez tenía el suficiente instinto para comprobar que la perspectiva resultaría más plena e ilusionante empezando desde un piso inferior y ascendiendo progresivamente, así como eligiendo una disciplina artística que despertará la empatía y el cariño de la gente, los cuales necesitaba como combustible vital en mucho mayor grado que el respeto o terror al que hubiera optado como caudillo militar, o la condescendencia superficial de haberse decantado por el gris artesano. Desechó por ello a Giotto pues intuyó que como artista plástico el ascensor mediático funcionaría más despacio. Escogió en cambio Londres a mitad del siglo XX, en plena posguerra, pues la percibía estupenda como caldo de cultivo.

Este Bowie supo desenvolverse de maravilla en su nuevo hábitat. Descubrió la guitarra acústica y en ella metió sus lecturas y desparpajo, comportándose como un joven Dylan con hechuras de dandy, al menos hasta que los 60 colapsaron y la psicodelia le envió por senderos diferentes. Fue volviéndose multidisciplinar a medida que la música y aparejos de su tiempo se iban simplificando. Su vena lúdica le empujaba a dejar aquí y allá pistas de su verdadero ser, mientras iba construyendo alrededor una serie de alter ego que le acercaban y distanciaban alternativamente del nuevo mundo que contribuía a fundar. Se arriesgó creando a un marciano auténtico, Ziggy polvo de estrellas, ceñido en cuero y látex y coronado en un rojo chillón que emitía vibraciones a varias millas del escenario (mediciones que plantearon muchas preguntas y pusieron a mentes inquietas en la buena pista), y en pleno éxito decidió matarle en plena actuación con cierta técnica marciana invisible, con tal de dar vida a Aladdin Sane, el del rostro atravesado por un rayo, otro andrógino espécimen surgido de los intestinos del Teatro Kabuki. Este a su vez fue abandonado por una figura pálida, desgarbada y elegante llamada El Duque Blanco, y éste a su vez…
Las transiciones aceleradas estaban pespunteadas por amigos marcianos (Iggy y Lou, estos provenientes de las orillas del Valle Mariner), trifulcas familiares y ríos de coca que ingería como si formaran parte de una dieta revolucionaria, sin que le causaran otro efecto a su fisiología alienígena que la progresiva pérdida de peso. Los alter ego en cambio, revelaron a Bowie algo que ignoraba: Los índices de nitrógeno de la atmósfera terrestre, combinados con una nueva polución regalo de los 70 iban volviéndose intolerables para su sistema inmunológico, de tal modo que los cambios que renovaban su ser eran necesarios en cuanto le permitían ganar tiempo y aparcar la degradación celular. Esta explicación definitiva a su mutabilidad constante, le hizo abandonar al Duque Blanco por un Popstar regenerado, del gris oscuro de Berlín Oeste al Papaya de los atardeceres californianos, y de ahí al crooner rockero con banda incluida, a vieja gloria actuando con los tics de la vieja gloria (incluso esto estaba preparado), a artista resucitado y alternativo en búsqueda de la creatividad y la credibilidad por el camino del tecno, a maestro del pop elegante y finalmente a enigma oculto. Entre 2004 y 2016 jugó a desaparecer, colocando nuevos trabajos en el mercado solo cuando se le daba por desaparecido, para asistir al resplandor de los elogios sinceros y no tanto, por parte de una industria y crítica que devoraba todo excepto a los versos sueltos. Ya dije antes que costó convencer a la gente de su muerte. Solo cuando el deterioro fue demasiado evidente (69 años terrestres vividos a la velocidad de 240) decidió volver a su desierto rojo de Marte. Dejó un testamento llamado Blackstar, magnético, lugubre y comercial, solo para demostrar al mundo que al marcharse en su mejor momento, uno dejaba un recuerdo más duradero.

Pero hablábamos hace ya un rato de un sueño en el que yo ejercía de espectador de entes que negociaban sobre una serie de puntos y a la vez hablaban de Bowie. Me llevó un tiempo entender que ambos conceptos iban unidos, y que Bowie marcaba los términos de la negociación en cuanto era la mercancía de la que se trataba en la misma, del mismo modo que me costó asumir que no solo en las letras diseminadas a lo largo de los años (“Starman”, “Space Oddity”, “Lovin the Alien”, “Gemini Spacecraft”, “Blackstar”) sino especialmente en la música, ya fuera una línea de bajo a destiempo, diez segundos de guitarra funky, el relámpago eléctrico que precedía al inicio de piezas como “Ziggy Stardust”, el sintetizador de uno a otro bafle en muchos momentos tecno de los 90, o el mismo renglón de saxo invertido con el que sacaba de quicio al oyente ortodoxo, es donde yo tenía alguna opción de descifrar la curiosa amalgama de zumbidos, y a través de ellos conocer y comprender al ente David Bowie. La decodificación de datos escondidos en la música nunca pasó en la Tierra de un nivel preescolar, mientras que en aquella sala sin límites funcionaba como un interfaz eficacísimo. A través de ella fui descubriendo todo lo que os voy contando y algo más: Que el marciano que visitaba la Tierra como experimento y la abandonaba por necesidad no era sino un nuevo disfraz, acaso el único no diseñado por él.
Uno y otro ente representaban al parecer los intereses de dos planos distintos de la existencia, lo que entenderíamos de una manera torpe y mascada, destinada a profanos de 2016 y de 2026, como universos paralelos. El ente situado a mi izquierda desde donde yo me encontraba era el negociador correspondiente a mi/nuestro “universo” y llevaba las de perder. Bowie era una fuente de energía tan escasa y poderosa (aunque no fuera la única) que precisaba no pertenecer únicamente a un solo lugar. Debía ser compartida. A lo largo de 69 años terrestres había enriquecido de algún modo a nuestro planeta, como podían atestiguar una parte nada despreciable de sus habitantes. Su banda sonora vital había sido golpeada por un meteoro que les había hecho sentir, elegir, cambiar, recordar o sencillamente mejorar. Un abrelatas mental acaso. Una supernova que al cegarnos, nos hubiera permitido un segundo antes poder verlo todo.
Ahora le tocaba el turno a otros de vivir en su mismo espacio, de percibir por primera vez su presencia. De experimentarla.
Y recuerdo al despertarme de este curioso sueño alrededor de una negociación bilateral alienígena, los efectos de una boca pastosa bajo el fondo raspado de una aguja de tocadiscos que hacía muchas horas había superado los límites de su vinilo. El sonido era insidioso pero al mismo tiempo relajante, y se me ocurrió pensar entonces en otro dispositivo que hiciera las veces de reproductor, diseñado de una manera que nos resultara especialmente incomprensible, del cual surgieran unas primeras notas que nuestros oídos no pudieran nunca descifrar, pero si los del protoplasma adolescente que escuchara, sintiera o viviera por primera vez el cúmulo de sensaciones que con el tiempo (si el tiempo allí era algo mesurable) le llevaran a adquirir aquello que nosotros solo podríamos entender como entradas para la primera gira que David Bowie ofrecía a sus nuevos conversos de otro universo.






Nadie ha publicado ningún comentario aún. ¡Se tú la primera persona!