Hechizo y elegancia: «Alcina», de Händel, en el Ravenna Festival

En Música domingo, 16/11/2025

Gian Giacomo Stiffoni

Gian Giacomo Stiffoni

PERFIL

La Trilogía de Otoño del Ravenna Festival, dedicada íntegramente a Georg Friederich Händel, en su edición de 2025, constituyó una de las apuestas más significativas de la institución en el terreno del teatro barroco. Se trataba de un proyecto concebido como un recorrido progresivo por distintas facetas del compositor: dos óperas italianas (Orlando y Alcina), ambas inspiradas en episodios del Orlando furioso de Ludovico Ariosto, y un cierre con el oratorio del Messiah, obra emblemática del repertorio sacro. La elección no fue casual: con Orlando y Alcina se abarca una parte esencial del “ciclo ariostesco” händeliano, al que pertenece también Ariodante, piezas que muestran cómo el compositor supo convertir la materia caballeresca en un laboratorio teatral donde explorar la psicología más íntima de sus personajes.

Alcina

Dentro de este contexto, Alcina ocupa un lugar especialmente relevante. Estrenada en 1735 en el Covent Garden de Londres, en un momento de plena madurez creativa para Händel, la ópera representa uno de los puntos culminantes de su producción italiana. Su escritura revela un equilibrio admirable entre virtuosismo vocal, refinamiento expresivo y una comprensión profunda de la retórica afectiva. A diferencia de otras obras de la misma época, Alcina combina una estructura formal tradicional —recitativos secos y accompagnati, alternancia de arias da capo con momentos de transición muy calculados— con un tratamiento dramático que anticipa una sensibilidad casi preclásica. El personaje de la maga, capaz de transformar la realidad a través de sus hechizos, se convierte así en el epicentro emocional de un universo sonoro que progresa desde la seducción a la vulnerabilidad, del dominio al derrumbe interior.

Alcina

Martina Licari y Elmar Hauser en Alcina © Zani-Casadio.

La versión presentada en Ravenna bajo la dirección musical de Ottavio Dantone reafirmó este enfoque. Accademia Bizantina ofreció un sonido de gran limpieza estilística y un fraseo siempre articulado con cuidado, cualidades que responden a una visión atenta al equilibrio entre precisión histórica y teatralidad. Quizá en algunos pasajes habría sido deseable un mayor contraste dinámico o una gama más amplia de acentos, especialmente en las escenas donde el conflicto interno de los personajes reclama una mayor tensión. Aun así, el tejido musical mantuvo en todo momento coherencia, elegancia y una evidente compenetración con el lenguaje händeliano.

Alcina

Elmar Hauser y Žiga Čopi en Alcina © Zani-Casadio.

El reparto vocal elegido se mantuvo siempre sólido y homogéneo. Giuseppina Bridelli ofreció una Alcina convincente, de creciente densidad emocional; Elmar Hauser aportó nobleza a su Ruggiero, mientras que Delphine Galou fue capaz de realizar una Bradamante segura y de fraseo preciso y limpio. Pero quien verdaderamente sorprendió fue Martina Licari, una Morgana de frescura inmediata, con una voz cálida con agudos penetrantes y llenos —y con musicalidad natural—, así como una presencia escénica que iluminaron cada momento de su intervención. Su interpretación destacó además por la manera en que supo integrar el virtuosismo técnico con la expresión afectiva, convirtiéndose en uno de los grandes atractivos de la función. Eficaz el resto del reparto con un impetuoso Žiga Čopi en el papel de Orante y un convincente Christian Senn en el de Melisso.

Alcina

Martina Licari y Žiga Čopi en Alcina © Zani-Casadio.

Frente a una eficaz realización musical, la puesta en escena del veterano director de escena Pier Luigi Pizzi mantuvo su habitual impecable elegancia visual, recurriendo a líneas sobrias, espacios depurados y una estética que armonizó con cierta eficacia con la atmósfera del barroco tardío. Sin embargo, esta belleza formal no siempre logró generar un impulso dramático sostenido. En una obra donde el tema de la ilusión y el desengaño pide una dramaturgia intensa y una inagotable fantasía escénica y visual no fueron suficientes las escasas proyecciones que Pizzi utiliza a menudo en los últimos años. De esta forma, el todo resultó en ocasiones demasiado estático, más contemplativo que verdaderamente implicada en el conflicto.

Con todo, la velada confirmó la altura artística del proyecto barroco del Ravenna Festival. Recuperar este repertorio con seriedad estilística, calidad musical y una intención interpretativa clara significa devolver a Händel la dimensión teatral profunda que su música encierra. Y en Alcina, esa vitalidad vuelve a hacerse sentir con fuerza. Algo que el público apreció con creces al final de la velada.

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