La crítica literaria, en sus formas más activas, ha de partir de una evidencia incómoda, porque hace tiempo que la literatura contemporánea ya no se organiza alrededor de un centro estable, ni en términos de grandes editoriales rectoras ni en torno a temáticas hegemónicas, y aun así esa apariencia de dispersión —ese rumor en banales redes de sensibilidades y recelos simultáneos— suele ocultar tendencias de subjetividad compartida que reaparecen con insistencia bajo velos muy distintos.
Se diría que, por debajo del azulejo, late una tonalidad común, hecha de desconfianza hacia el futuro y aflicción, de conciencia de la desigualdad socioeconómica y de búsqueda de identidad en el pasado, de sensibilidades algo narcisistas y de una desorientación que ya no se vive como lapsus, sino como ontología. En esa convergencia, que mezcla corazón y teoría, herencia y aura de ruptura, se ensayan ensamblajes y se discute qué es lo que el cuerpo de una novela puede hacer, porque —como escribió Spinoza— nemo hactenus determinavit quid corpus possi».
A esa escena se añade un dato paradójico, porque se publican muchos libros buenos —y se publica bien—, con editoriales que eligen, cada vez con mayor finura, dentro de una oferta amplísima, y que cuidan catálogo y riesgo, aunque el ecosistema lector parezca menos exigente con la buena literatura, como si el mercado premiara antes la familiaridad, la confirmación que la apuesta. En paralelo, el mapa urbano se resiente, y el cierre de librerías de referencia, con su función de filtro y comunidad, deja un hueco (un bajo en alquiler): Tipos Infames.
En ese contexto, el reconocimiento de las referencias también se vuelve frágil, no porque falten genealogías, sino porque cuesta compartirlas, y ahí la tarea del crítico, como suelo insistir en esta sección, se parece a la que W. H. Auden le asignaba, ya que más que valorar ayuda a situar. También el reconocimiento, en sentido más amplio, se ha vuelto escaso, como si ya no supiéramos con facilidad ante quién ponerse en pie, por decirlo con la pregunta de George Steiner, y ese descreimiento de la autoridad conduce a la literatura a justificarse de otra manera, ya no por el prestigio de una trayectoria o un canon compartido, sino por la inteligencia del discurso y por la intensidad de la experiencia que produce.

Retrato de la autora María José Galé Moyano. Foto: Candaya.
Ahí la exploración formal no funciona como capricho, sino como respuesta a una presión concreta, la de unos moldes narrativos cada vez más dominantes —tramas en escalera, «ganchos» pautados, cliffhangers, psicologías de manual, narración modelo Netflix—: la forma deja de ser elección estética y pasa a convertirse en una ética de la atención.
Con su estructura de «cremallera», a caballo entre la crónica de barrio y el ensayo artístico, entre la escritura de la herida y el coming of age, con su discurso inteligente y su innovación formal según las coordenadas motivaciones del párrafo anterior Arterial (Candaya, 2025) supone una sorpresa literaria, el primer latido de una autora que, sin embargo, lleva tiempo pensando con lucidez el cuerpo y la imagen, sus efectos, y también la manera —ética y estética— de narrarlos.
María José Galé Moyano, nacida en L’Hospitalet de Llobregat y afincada desde niña en Zaragoza, doctora en Filosofía y formada también en humanidades orientadas al arte y la cultura contemporánea, con una mano en la filología y otra en la pedagogía, he elegido una historia física salpicada de símbolos en torno a la sangre donde una cicatriz, igualmente metafórica, funciona, por decirlo también en el marco de nuestras consideraciones iniciales como memoria estética de una herida y al mismo tiempo como ética de un deseo.
La trama se abre en una simetría explícita: una pérdida y un hallazgo. Django (con su nombre de guitarrista de desmayo), un chico de barrio, acaba de perder a su madre tras una enfermedad larga y aprende a respirar en ese aire espeso de hospital que dejan los cuidados cuando se apagan, mientras Florencia, artista reconocida, se topa con un hallazgo húmedo e insólito en su portal y, a partir de esa irrupción, se ve obligada a retocar el sentido de una exposición que creía cerrada. Ella viene del corazón o de una arteria principal de la ciudad y la seguimos en tercera persona (tercero en derecho es quien no es parte del juicio). Django proviene de la periferia, de ahí quizás la segunda persona como interpelación frente a su bloqueo como esos niños ensimismados a los que se anima a bajar a la calle a jugar. Desde ahí, la urbe (cualquier urbe) se vuelve itinerario formativo, y el viaje en coche (el Kadett rojo) que atraviesa la noche va reuniendo las emociones afines de personajes unidos por lazos que se intuyen, como si la vida tejiera por debajo y la conciencia, que suele llegar tarde, como la propia filosofía, apenas alcanzara a seguir el flujo.

La autora no se conforma con contar «lo que pasa», y en su resistencia ética a la mera anécdota afina la pregunta estética relativa a hasta dónde duele, indagando qué le ocurre al cuerpo cuando algo ocurre, de qué cosas es capaz. Ese doble movimiento, ético y estético, narrativo y reflexivo, sostiene una prosa en la que el realismo comparece como una forma de tacto, antes que como un barniz de verosimilitud (enseguida volveremos ahí). Lo cotidiano, en su escritura, no «ilustra» el mundo, lo palpa, y si hay gracia en los detalles (que la hay) es porque María José Galé es una escritora inteligente y sensible al temblor de lo mínimo, aunque lo que domina en Arterial sea lo físico, lo corporal, como si el lenguaje tuviera que ensuciarse para poder decir la verdad.
La sangre en Arterial funciona como un idioma anterior a la palabra, una sintaxis que antecede al argumento y lo empuja desde dentro, de manera que lo corporal se vuelve territorio narrativo donde herida, deseo y memoria se anudan mientras la autora ensaya una exploración que roza la filosofía del cuerpo (su normatividad, su performatividad), la ciencia, la historia, la literatura y el arte.
La apuesta podría haberse despeñado por el lado del subrayado o del fetiche, pero aquí la sangre se sostiene como medio muy fluido, y el libro se emparenta con agilidad y un sinfín de sugerencias bajo una constelación estética donde el rojo más que un color es un pensamiento, desde el claroscuro sacrificial de Caravaggio y la frontalidad feroz de Artemisia Gentileschi hasta la carne como teología laica en Francis Bacon, pasando por las liturgias del cuerpo del accionismo de Hermann Nitsch y por las huellas rituales y políticas de Ana Mendieta, donde lo que mancha también escribe y compromete.

Herman Nitsch: Six Day Play, 1998.
En el cine, —y por acudir solo a algunas referencias bien conocidas — esa gramática de la sangre que se desborda encuentra una de sus imágenes más elocuentes en la famosa escena del ascensor, pero también en el rojo saturado de los aseos del Overlook de El resplandor (1980), que funciona como cámara de transmisión, porque allí la violencia de la sangre se heredaba y la arquitectura conocía lo que los personajes todavía no eran capaces de decir.
Por eso junto a la cuestión estructural tan bien explorada por autoras muy distintas como Nancy Fraser o Silvia Federici, creo que encaja en algunas digresiones de la autora la sugerencia de Mark Fisher, que vio en aquel espacio bermellón una escena de reproducción generacional, ya que el lavabo masculino, con su teatralidad de «cargas» viriles, condensa una pedagogía oscura donde el abuso engendra abuso y el daño viaja de padre a hijo: la pared color sangre del baño de hombres del hotel exige repetición.
El lector vive junto a Django el duelo cuando la pena lo asfixia; la casa vacía se vuelve cámara de eco y el desconcierto se instala con esa humedad persistente que no se ve, pero lo ocupa todo. La novela, aun así, evita el encierro como destino rumiante, y empuja el duelo hacia fuera, de modo que ese aprendizaje brutal de la ausencia se escriba también con el cuerpo que camina y con la ciudad que lo recibe.
Cuando Django sale una noche con Chelo, la camarera mayor de la que está enamorado, y ambos se suman a un grupo humano (una pequeña horda) por algunos bares del extrarradio, se levanta una mitología humilde de barrio (en un momento alto de la novela), compuesta por ritos mínimos muy bien trazados por la autora, como si la comunidad operara, sin solemnidad, a modo de prótesis de supervivencia. En esa deriva nocturna uno cree adivinar (seguramente de forma muy subjetiva) correspondencias estructurales con After Hours (1985), donde Martin Scorsese imaginó la noche imprevisible como un laberinto circular que educa a golpes de escalpelo hasta fijar al ciudadano, literalmente, en escultura al final del recorrido.

Griffin Dunne y la escultura humana de After Hours (Scorsese, 1985).
Si Arterial convierte la ciudad en sistema circulatorio, el barrio emerge como unidad de sentido: instancia de vínculos, clases, deseo y destino. De ahí que su respiración parezca acompasarse mejor con un fondo musical más cerca deThe Queen Is Dead —protesta de The Smiths contra la mutación urbana del Norte, atravesada por la desindustrialización thacheriana— que del «I’ll See You in My Dreams» de Django Reinhardt.
La novela se inscribe, así, en una constelación de relatos donde el barrio actúa como microscopio social: de Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, a La última vez que fue ayer, de Agustín Márquez, o el reciente Barrio Moscardó, de Sergio Galarza. Y convoca, por vecindad expresiva, la melancolía geométrica de Edward Hopper y la épica comunitaria de Jacob Lawrence; como si la calle, en su doble condición de promesa y amenaza, hallara en el cine formulaciones especialmente nítidas en Barrio (Fernando León de Aranoa, 1998), Accattone (Pier Paolo Pasolini, 1961) o Do the Right Thing (Spike Lee, 1989).
Que Jane Jacobs, en Muerte y vida de las grandes ciudades (1961), pensara la calle como infraestructura de convivencia y conflicto permite rozar —por un camino sociológico— lo que Galé Moyano persigue por vía narrativa. Porque cuando una novela acierta con un barrio, acaba por revelar sus proyecciones sentimentales, sus aspiraciones emocionales: una forma de vida.
Ese fondo se afina aún más desde una perspectiva social si se deja oír el eco de Los usos del desorden (1970), donde Richard Sennett formuló una intuición que, medio siglo después, sigue funcionando como brújula para leer la vida urbana, en la medida en que muestra hasta qué punto los espacios que habitamos no se limitan a alojarnos, dado que también nos modelan y, a veces, nos deforman con su fértil desorden de mezcla, imprevisión y roce.
En Arterial, ese desorden no aparece como programa urbano, aparece como práctica de supervivencia, porque la reconstrucción tras el duelo de uno de sus dos protagonistas empieza justamente cuando el personaje acepta exponerse.

Barrio (Fernando León de Aranoa, 1998).
La novela, por lo demás, mantiene muy bien la atención con ese «cierre y apertura» propio de una cremallera: alterna el luto de Django con el trayecto mental y estético de Florencia, cuya relación con la emoción artística se desplaza hacia un territorio de vértigo y transgresión, como si la belleza también pudiera enfermar.
De ahí que la trama avance en párrafos y fragmentos, a la manera de fotografías o diapositivas, como las que escupía el carrusel Kodak de aquel proyector doméstico que hacía clac, tragaba una, expulsaba otra y derramaba sobre la pared una luz ligeramente febril; escenas que se engarzan menos por continuidad que por corte, por salto, por montaje, hasta el punto de que de pronto el arte pasa a sostener la arquitectura del relato: en sus juntas se incrustan fotografía, música e instalación, seres expuestos y exposición y todo converge cuando la aventura nocturna desemboca en la galería, donde el encuentro se vuelve revelación sin necesidad de iluminaciones fáciles.
Si se mira el libro desde una lectura más social —con la discreta cortesía, poco romántica pero creo que pertinente de preguntarse de dónde viene cada cual, qué capital arrastra, qué puertas se le abren y cuáles se le cierran—, podría asomar una pequeña pérdida de verosimilitud en la extracción del grupo: el músico que pincha, la camarera, la artista ya consagrada, la propia galería… como si todos compartieran una misma atmósfera de acceso y familiaridad con el mundo cultural que, fuera de la ficción, suele repartirse con mucho más cálculo que delicadeza.
Pero quizá ahí resida una decisión deliberada de Galé Moyano: suspender, por un momento, el determinismo de la clase para universalizar el relato, dejar que la noche y la belleza actúen como terreno común.
No hay referencias precisas y el barrio puede remitir al barrio del lector y por eso también resulta plenamente coherente que el libro incorpore al final el texto de sala de «Anatomía de la soledad», un gesto cartográfico que trueca la ficción en catálogo e invita a leer la exposición dentro de la novela, y la novela como parte de una exposición, como si narrar, pensar y montar fueran, en el fondo, variantes de una misma operación que a la autora se le da francamente bien.
Junto a esa innovación formal, en el plano de ideas Arterial gana densidad cuando se la lee a la luz de la propia formación filosófica de Galé, con ecos, por ejemplo, de Donna Haraway, quien en Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno (2019) defendió un parentesco entendido como práctica deliberada de alianza, responsabilidad y cuidado, y lo condensó en un lema provocador: «Make kin, not babies!».
Desde ese horizonte, la novela despliega una ambivalencia no sé si deliberada respecto del vínculo sanguíneo, al que mira con prevención cuando se invoca como garantía automática del lazo, aunque sin renunciar por ello a interrogar la biología de la maternidad, como si la experiencia del duelo obligara a sostener dos verdades a la vez, la de las relaciones elegidas —contingentes, laterales, a menudo improvisadas— y la de esa marca material del origen.
En un tiempo en el que los vínculos consanguíneos, sin desaparecer, ceden con frecuencia terreno a tramas electivas de cuidado —amistades que se vuelven familia, comunidades nocturnas que sostienen, afectos que reparan—, Arterial muestra que la supervivencia rara vez se organiza por genealogía pura, aunque la pregunta por lo que el cuerpo hereda, recuerda y exige siga ahí, latiendo con una terquedad que la cultura no termina de abolir. A esa tensión se suma, con naturalidad, el eco del pensamiento del cuerpo en Judith Butler, bien conocido por Galé, cuyas intuiciones sobre vulnerabilidad, duelo y vida común permiten leer la herida como algo que, aun vivido en la intimidad, aparece atravesado por marcos sociales que deciden qué cuerpos cuentan, de modo que la reconstrucción, aunque empiece a solas, solo se vuelve posible cuando alguien acompaña desde el bordillo, por así decir.
En lo que toca a esa integración del arte como motor narrativo, desde la magnífica elección de la cubierta, obra de la fotógrafa zaragozana Cecilia de Val Arterial se deja situar junto a ficciones que piensan con el arte sin renunciar a contar, como Kassel no invita a la lógica (2014), de Enrique Vila-Matas, o El nervio óptico (2014), de María Gainza, y también junto a El mundo deslumbrante (2014), de Siri Hustvedt, Maestros antiguos (1985), de Thomas Bernhard, Austerlitz (2001), de W. G. Sebald, o El mapa y el territorio (2010), de Michel Houellebecq, hasta llegar a Me llamo Rojo (1998), de Orhan Pamuk, que convierte la pintura y la teoría de la representación en intriga y ensayo sobre mirada, estilo y poder.
En todas ellas el arte no «aparece» como un invitado decorativo, dado que reconfigura la ficción desde dentro, y en ese sentido Arterial pide ser leída y mirada.
Charcos de sangre en el portal, arte, deconstrucción, puertas que se atraviesan, fotografías, Unheimlich y guiños a Stendhal, identidades bajo sospecha, herencias, vínculos con desconocidos, cuerpos y gotas como lazos, refugios estéticos y urbanos, significado profundo de la soledad; belleza, filosofía, circulación urbana y circulación arterial, literatura.
Nadie sabe lo que puede un cuerpo y nadie sabe lo que puede una novela. No sería extraño que, tras este magnífico debut, Galé Moyano esté pudiendo dejar a su paso un intenso reguero de lectores.
Hermosas: reflexiones sobre el arte en Arterial.
Malditas: patrullas ICE,






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