Los mejores productos culturales de 2017 y una reflexión sobre la crítica.
Share on Pinterest
Share with your friends










Enviar
Buscar
728 x 90

Hermosos y malditas

Un año bajo un aspecto de la crítica cultural

Un año bajo un aspecto de la crítica cultural

Para la mayoría de lectores –y de los llamados a sí mismos, y a veces también por los demás, «críticos culturales»–, el aspecto más habitual bajo el que se presenta la crítica cultural es un artículo de opinión firmado en el que se enjuicia una manifestación artística, un trabajo creativo o un «producto cultural». Ese

Para la mayoría de lectores –y de los llamados a sí mismos, y a veces también por los demás, «críticos culturales»–, el aspecto más habitual bajo el que se presenta la crítica cultural es un artículo de opinión firmado en el que se enjuicia una manifestación artística, un trabajo creativo o un «producto cultural».

John Berger murió en 2017

John Berger murió en 2017

Ese aspecto de la crítica cultural, pienso mientras escucho la hermosa voz de la neozelandesa Aldous Harding, suele realizarse en función de distintas especialidades (literaria, musical, teatral, cinematográfica, etc.) y resulta siempre, porque no puede resultar de otra manera, de una mixtura de consideraciones subjetivas –«subjetivo» no significa «arbitrario» o «caprichoso» sino que remite a la idea de sujeto, esto, de la persona que escribe– y datos objetivos que, relacionados con las ponderaciones del autor del texto, proporcionan información interesante al lector.

Si lo importante en el apartado objetivo lo constituye la relevancia de los datos o el rigor en la descripción de las distintas relaciones entre el conjunto de hechos que identifican y definen el producto cultural, lo fundamental en el apartado subjetivo reside en las razones, en los argumentos, y en otra importante medida, en el aval histórico del propio autor, esto es, en la trayectoria de su sensibilidad y de su boca, en la reputación externa de la persona que escribe. La crítica, según lo veo, orienta, ayuda a aprehender, invita a ver lo que no es evidente, da claves para disfrutar (o para sospechar), es siempre más lúdica que cargante, más periodística que académica, más ensayística que sistemática, y si se hace desde la universidad no debería caer del lado del despacho, sino del otro lado de la ventana, aquel donde nos estrellamos los insectos, las aves que emigran y la gente que no ve.

Benjamin Clementine

En estas fechas, una modalidad feliz o sub-tipo hermoso de este aspecto de la crítica cultural consiste en la elaboración de listas con las mejores películas, libros, discos o exposiciones de arte del año que termina. La palabra crítica remite precisamente en una de sus acepciones prácticas, a la criba, esto es, a la acción de discernir, separar lo valioso de lo que no lo es, lo inteligente de lo aparentemente inteligente, lo bueno de lo malo, etc., y si la propuesta cultural de las cadenas televisivas –incluyendo, con el agravante de su carácter público, a la rancísima RTVE–  no fuera un circo infantil, embrutecedor y descerebrado, las listas (hechas por profesionales) formarían parte del contenido más interesante de fin de año.

Bajo ese aspecto (ya sub-aspecto) de la crítica cultural, no es imprescindible, aunque sería aconsejable, el conocimiento profundo de la historia del arte (o de las artes), bastaría haber aprovechado cierta suerte, una posición privilegiada en la pirámide de Maslow, un afán, acaso un mínimo interés y sensibilidad, y haberle dedicado el escaso tiempo que nos ofrece la vida a unas cosas antes que a otras. Es así que hasta yo mismo podría decir aquí, como es ahora mi intención más inmediata, algunas generalidades (no por obvias carentes de interés), así que las mejores exposiciones del año estuvieron dedicadas al arte ruso (Malévich, Maiakovsky, Kandinsky, Popova, Rodchenko, Rozanova o Chagall) como consecuencia del centenario de la Revolución de 1917 y que, ya en España, había que ver en el Reina Sofía Piedad y terror en Picasso: El camino a Guernica, aunque mucho más interesante me pareció Obras maestras de Budapest. Del Renacimiento a las Vanguardias, en el Museo Thyssen o la que en CaixaForum Madrid acogió el mundo onírico y metafísico de Giorgio de Chirico.

John Barth

John Barth

También andaría de lleno en el divertido y cómplice juego de las listas, si dijera que entre los mejores libros publicados en 2017 podrían destacarse las traducciones en Sexto Piso de Mariano Peyrou de dos títulos de John Barth La ópera flotante (1957) y El fin del camino (1958); El Domingo de las Madres del británico Graham Swift o que cabría estar más que atentos a Lincoln in the Bardo, la novela de George Saunders, siendo, por cierto, Diez de diciembre el libro de relatos de este escritor de Amarillo (Texas), uno de los que más he disfrutado este año, que es el año en que lo mejor que he leído ha sido la obra irrepresentable de Karl Kraus y el teatro del rumano Matei Visniec, dos textos, por cierto, cuyas posibilidades de anticipar las consecuencias estéticas y sociales del neo-nacionalismo catalán y del vaciamiento moral de la UE, respectivamente, podrían ser objeto de un trabajo que ya caería bajo otro aspecto de la crítica cultural.

Círculo negro, Malévich, 1915

Círculo negro, Malévich, 1915

En 2017, yo he escuchado, sobre todo, a Destroyer cuyo concierto en Valencia significó unos de los recuerdos más hermosos del año; he puesto en mi tocadiscos, una y otra vez, los primeros Lp’s de McCarthy, Felt y Cleaners from Venus; si hubiera estado más pendiente de la actualidad, podría decir, como de hecho estoy diciendo ahora, que A deeper Understanding el disco de The War on Drugs, con toda su elegancia, con todo su equilibrio y emociónes el disco más bonito del año; una música, la de Adam Granduciel que avanza la historia del rock, precisamente porque sabe todo lo que hay detrás. Particulares emociones me produjeron los regresos de Slowdive y The Jesus and Mary Chain, y soy muy sincero cuando digo que tanto el disco homónimo de la banda dream-pop de Reading como «Damage and Joy» (como también los poéticos discos de Japanese BreakfastThe XX o Cigarretes After Sex) deberían figurar entre lo más destacado de 2017.

Si pensara hacer una lista de las películas de 2017 que más me han emocionado, desecharía de plano la idea, o, al menos la pospondría, pues este año he ido poco al cine (aún no he podido ver A Ghost Story, ni The day after de Hong Sang-soo, ni la cinta sobre los Lumière, ni el filme de Lynne Ramsay con el genial Joaquin Phoenix) y muchas de las películas que más me han gustado se hicieron el año pasado como la incomprendida Juste la fin du Monde de Xavier Dolan o Personal Shopper de Olivier Assayas, una cinta delicada y ambigua cuyo guion podría haber firmado el mismísmo Henry James.

The War on Drugs

The War on Drugs

En mi futura lista de 2017 estarán, en todo caso, Mother! el film de Aronofsky que espero programen a partir de ahora cada Navidad, la fusión entre el vestuario azul-asesino y el frío rostro de Florence Pugh en Lady Macbeth, la infravalorada Detroit de Kathryn Bigelow y El sacrificio de un ciervo sagrado, pues tengo a Yorgos Lanthimos, como a Ruben Östlund o el rumano Cristian Mungiu, entre los jóvenes directores europeos que tienen lo mejor todavía por decir.

En el extrarradio de este aspecto de la crítica cultural, pronto aparece un problema que apunta a la naturaleza artística de las series televisivas, y aquí solo quiero balbucir que si lo específico de otro aspecto de la crítica cultural apunta a la cuestión de qué se entiende por cultura, o mejor, qué cae bajo una determinada acepción de la cultura, lo interesante del primer problema no se puede enfocar con lucidez sin la respuesta a la segunda pregunta.

El sacrificio de un ciervo sagrado (Yorgos Lanthimos, 2017)

¿Es de la misma naturaleza cultural la crítica gastronómica, la deportiva, la de los programas de canciones abocadas al triunfo como epítome del emprendimiento más absurdo, tal como parece ser el empeño de los viejísimos programadores culturales de la televisión y la radio pública? En otro lugar de este mismo blog Hermosos y malditas se propuso «Cómo acabar de una vez con “las culturas”» y una distinción elemental, y sin embargo, hoy muy borrada, entre dos formas de entender el significado de la idea de cultura: una apunta a la formación espiritual que tiene que ver con la filosofía, el arte y la literatura y otra mantiene un sentido más amplio y antropológico ligado a la idea de una civilización erigida frente a la naturaleza y lo crudo.

En mi opinión, los periódicos más influyentes de nuestro país hacen mal rotulando la sección cultural como sección dedicada a las «culturas», al menos mientras se siga hablando en ellas de arquitectura, cuadros, películas, y novelas y no de modelos de familia, imaginarios fundacionales, costumbres, regulación del incesto y otras cuestiones que caen del lado de la etnografía. Creo que esa división permite justamente distinguir que los toros (como los influencers, el porno o El Rubius) podrían presentar algún interés cultural en un sentido antropológico, pero en ningún caso es justificable su presencia bajo una acepción de una cultura que a modo de terrenos superpuestos se acumula desde Homero y Tucídides a Hume y W. G. Sebald, pasando por Goya, Mozart, Mary Shelley, Dostoievski, Leonor Roosvelt, Kurosawa El Criticón de Baltasar Gracián .

Twin Peaks

Una vez se dilucida qué cae bajo el rótulo cultura que nos interesa aquí, podemos hablar de series televisivas (HBO, Netflix, etc.) y reenviar otras cuestiones (peleas de gallos, recetas de arroces, Pablo Motos, jóvenes que cantilloran, boxeo, etc.) a diferentes secciones del periódico y decir, como digo ahora, que el último día del año, el primer episodio de los nuevos Black Mirror me pareció esperanzador y que en mi podio de 2017 estarían El cuento de la criada, Mindhunter y la tercera temporada de Twin Peaksese tesoro, ese regalo, esa delicia-potlach que es, sin duda, la mejor serie del año –serie y no «película» como dice, para epatar, Cahiers du Cinéma.

Los Meyerowitz: la familia no se elige (historias nuevas y selectas) (Noah Baumbach, 2017)

The Meyerowitz Stories (Noah Baumbach, 2017)

¿Habrá espacio en 2018 para una crítica cultural capaz de repensar el auge de este modelo de narrativa, más allá de lo evidente: las posibilidades que, relativas a la profundidad del guion, evolución de personajes, etc., ofrece el formato serial frente una industria, la del cine, que aún no ha encontrado un relevo consistente, a la propuesta de Cassavetes, Scorsese o Coppola, y antes, el free cinema, o la nueva ola del cine francés? ¿Hablarán de la sobreexposición ética de cuestiones relativas al género? ¿Seguirán enfrentando el racismo como tema del pasado? En este punto, sugiero una crítica cultural que integre el discurso del inintegrable cultural, el Islam desde una mirada no esencialista, la miseria en África, la polarización social, la porquería de mundo, aberrante y desigual que estamos dejando a los hijos que nunca tuve y que alguien, versado en iconología, investigue por qué Elisabeth Moss se erige como modelo de mujer distinta, mientras las palabras siguen siendo las de siempre o las mismas, tal como la enloquecida continuación de Top of the Lake, no puede, lamentablemente, dejar de ocultar.

Elisabeth Moss

Sobreexposición Moss

¿Seguirán las redes sociales siendo un vertedero de narcisismo y mala-hostia muy mezclados? La acepción de la cultura que más nos interesará recordar en 2018 apuntará aún al fundamento por el cual su defensa, protección, garantías de acceso universal, etc., tiene que ver con una suerte de desarrollo formativo de la personalidad y su contracara, evitar la reproducción de los hábitos más dañinos de una sociedad, la insensibilidad con los pobres, los parias y los miserables, el machismo, la homofobia, la crueldad, el racismo, la superstición, y todo aquello que convierte a amplias capas de la población en pasto de la demagogia más peligrosa para la cohesión social, así, el fanatismo religioso, la plutocracia, el fascismo simpático o los aplausos que siguieron, hace apenas unos días, a la afirmación de Donald Trump, un día especialmente frío del mediodía americano: aquí nos vendría bien un poquito de calentamiento global.

En este punto, apuntaría para terminar que la distinta valoración de un filme, para muchos de nosotros emocionante y hermoso como Dunkerque, sobre la base de que la película constituye una apología o una propaganda aliada, me remiten, de forma cansada y melancólica, a recordar a IIse Koch, quien hacía lámparas con la piel de los jóvenes judíos, a los niños que sólo conocieron la bota, la crueldad y la patada, a los millones de personas gaseadas en campos de exterminio al otro lado de Europa. Para aquellos que, bajo un aspecto adicional de la crítica cultural, compartimos, y tratamos de difundir, un tipo de cultura ligada a la propuesta (inacabada y errante) de la modernidad, y los valores que llevaba consigo (libertad, igualdad, fraternidad), para aquellos que creemos en un proyecto poético y una estética ligada a aquella, uno de mejores productos culturales de 2017 y de la década será el filme de Cristopher Nolan.

Dunkerque (Christopher Nolan, 2017)

Nolan componiendo un poema visual

Escribió Kundera, con nostalgia de un tiempo que está a punto de desaparecer para siempre, que una vez fue posible resumir una época con una novela, una cuadro y una pieza musical, ¿cuáles recogerá el final de la segunda década del siglo XXI?

¿Seguirán las tristes síntesis de la obra de célebres difuntos, entre los que creo que cabe lamentar en 2017 a los dos Berger: el sociólogo co-autor de La construcción social de la realidadPeter Berger y el crítico de arte e icono cultural Berger, John? ¿Se hilará más fino, durante este nuevo lapso de tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta alrededor del Sol, entre las oposiciones alta cultura / cultura popular, y, con más énfasis en la distinción entre las anteriores y la cultura de masas como opción perfectamente atacable? ¿Se atreverá alguien a criticar nuestra época sin que el viento moral del feminismo, el-buen-ro-lli-to o el mestizaje más cursi sople a su favor? ¿Se escribirá con rigor, pero sin homilía, acerca de los reflejos entre la sociedad y los productos culturales? ¿Se reflexionará sobre la tendencia del aburrido de Kendrik Lamarr a llenar las habitaciones de pibones que gatean y sobre las irresponsables elipsis –que ya caen bajo otro aspecto de la crítica cultural– que permiten oportunamente a demasiados críticos afirmar que Damm es (válgame Dios) el mejor disco del año que acaba de terminar?

Kendrick Lamar - LOYALTY. ft. Rihanna

Lamarr: como cantaban Miracle Legion, All for the best.

Hermosos: temas de Aldous Harding.

Malditas: poses culturales.

Artículos relacionados

Comentar

Debes ser registrado para dejar un comentario.

LO + VISTO

Últimos artículos del autor







Nuestros autores