Turismo en Auschwitz - el Hype
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Duodeno salvaje

Turismo en Auschwitz

Turismo en Auschwitz

Dicen que la muerte es el mayor espectáculo del mundo. La población de Oświęcim (nombre polaco de Auschwitz) está a unos 60 kms de Cracovia. Las carreteras polacas son estrechas y el tráfico es lento. En todas las guías turísticas, Auschwitz figura con la máxima calificación –tres estrellas en la Michelin, por ejemplo–, como la

Dicen que la muerte es el mayor espectáculo del mundo.

La población de Oświęcim (nombre polaco de Auschwitz) está a unos 60 kms de Cracovia. Las carreteras polacas son estrechas y el tráfico es lento. En todas las guías turísticas, Auschwitz figura con la máxima calificación –tres estrellas en la Michelin, por ejemplo–, como la torre Eiffel o las cataratas del Niágara.

Hay, además, razones familiares, históricas y políticas para que muchas personas quieran visitar los campos -KL Auschwitz I y KL Auschwitz II- este último Birkenau, en la terminología nazi. La favorable cotización del zloty polaco respecto al euro (4 a 1) y los moderados precios de alojamientos, restaurantes y transportes incrementan la cantidad de visitantes al país y a sus atracciones turísticas.

Así, pues, no me sorprendió al llegar a Auschwitz encontrar una multitud en la entrada del campo principal deambulando en torno a guías que dividían a los visitantes según el idioma que hablaran: inglés, alemán, español, ruso o francés, pero puede ser que hubiera otros. En la entrada hay un restaurante y una tienda de recuerdos (lamento no haber investigado qué se vendía como recuerdos) y en los alrededores, otros restaurantes y otras tiendas. Donde acude mucha gente -todo el mundo lo sabe- florece el negocio.

Lo primero que se visita es un museo del campo. Fotos, diagramas, grandes vitrinas llenas de zapatos, valijas, pelo humano, latas vacías de Zyclon B, ropa de bebés y niños, gafas, piernas y brazos ortopédicos. La mayoría de la gente pasa rápidamente al lado de los objetos de los muertos como si estuviera mirando otra cosa.

Después, la visita continúa en la zona de los barracones. Todos son iguales o muy parecidos, pero tenían funciones diferentes. A la entrada de uno de los edificios, un grupo de soldados uniformados del ejército israelí esperan sentados iniciar una visita, o descansan. Algunos tienen cara de aburridos. Supongo que sus superiores los han enviado para refrescarles la memoria. Un turista japonés le saca una foto a su hija de 15 o 16 años posando junto a un horno crematorio.

Auschwitz había sido un antiguo cuartel polaco, así que los barracones donde se encerró después a los presos eran sólidos y construidos en ladrillo. Birkenau, a unos minutos del anterior, es mucho más grande, más desolado y las barracas de madera fueron reconstruidas tras la guerra, cuando se creó el museo.

La gente ha leído o ha visto tantas películas o fotografías que, en cierta manera, se trata de la visita a un lugar más o menos conocido. Hay cosas, sin embargo, de las que la mayoría se entera allí, cosas concretas, por ejemplo, que originariamente el Zyclon B era un insecticida, o que si los que bajaban de los trenes eran ubicados a la derecha del andén significaba que irían directamente a las cámaras de gas, o que según sus orígenes o ideologías, los prisioneros eran identificados en su ropa con un triángulo invertido de diferentes colores: verde para delincuentes comunes, rojo para los presos políticos, marrón para gitanos –aunque también se les solía colocar el triangulo negro, que era el que se usaba para anarquistas o “asociales”–, amarillo para judíos, violeta para los Testigos de Jehová, azules para los emigrantes sin permiso  o rosa para los homosexuales.

También los guías informan de detalles técnicos, como que los cadáveres de los asesinados con gas debían ser lavados con mangueras de alta presión porque el veneno relajaba los esfínteres, y luego tenían que trabajar con los cuerpos los que les cortaban el pelo y los que buscaban piezas de oro, no solamente en la boca.

A pesar de que la mayoría de los prisioneros tenía diarrea crónica, solo les permitían defecar dos veces por día, al levantarse y al acostarse, en una hilera de agujeros en uno de los barracones. Esto provocaba peleas entre los internos ya que las letrinas eran limitadas. En los barracones donde dormían había camas superpuestas en tres niveles. Cada una era ocupada por hasta seis personas. Y no tenían mucho más de un metro de ancho.

Yo pensaba que debía quedar algún rastro objetivo del horror. Pensaba que en esos campos no podía salir nunca el sol, que siempre estaría lloviznando, el cielo gris o con niebla. Junto al andén de Birkenau donde llegaban los trenes, donde se hacía la selección de los que iban a morir poco tiempo después, donde habría tanto ruido y gritos y llantos, miré alrededor lentamente y no quedaba ningún rastro. Solo la desolación, las alambradas y, más lejos, los grupos de árboles cerca de donde estaban las cámaras de gas.

La tierra no es allí fosforescente, los raíles de las vías siguen perfectamente ordenados y cuando termina el horario de visitas, en ese lugar no se oye ahora ni un susurro, ni un gemido, ni una voz.

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