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Música

The Cookers, seis magníficos y pico con el ego justo

The Cookers, seis magníficos y pico con el ego justo

Las crónicas suelen referirse de forma elogiosa a los más de 300 años de experiencia musical que atesoran los siete músicos que abrieron formalmente, la noche del domingo, los conciertos del Seagram’s Jazz Festival en el interior del Palau de la Música de Valencia. Pero lo importante es verlos desprenderse con libertad y desparpajo de

Las crónicas suelen referirse de forma elogiosa a los más de 300 años de experiencia musical que atesoran los siete músicos que abrieron formalmente, la noche del domingo, los conciertos del Seagram’s Jazz Festival en el interior del Palau de la Música de Valencia. Pero lo importante es verlos desprenderse con libertad y desparpajo de cualquier estructura, para volver a engarzarse en gozosas  e inesperadas armonías.

Si exceptuamos a Logan Richardson, de 35 años, que actuó con los seis magníficos titulares en el Palau solo como sustituto puntual de Donald Harrison (aunque, según nos dicen, el saxofonista de Nueva Orleans sí subirá a escena en el próximo Festival de Penyiscola), el más joven de The Cookers es el trompetista David Weiss, que tiene 50 años y hace las veces de maestro de ceremonias de esta banda de maestros. Pero eso no significa gran cosa. El saxo alto Billy Harper tiene 71 años, pero si uno cerraba los ojos cuando él hacía sus solos, hubiera podido imaginarse que era el más joven de este supergrupo, considerado por algunos como lo más auténtico que pueda escucharse actualmente en hard bop.

Los solos torrenciales e incluso mareantes de este tejano eran ciertamente algo digno de celebrar. Le salían como si tal cosa, sin arrugársele ni un milímetro la camisa brillante que portaba, y parecían formar  parte de una corriente que aflora periódicamente con fuerza a la superficie, con huellas de dedos de Coltrane y recuerdos amigos de los Messengers de Art Blakey en los que Harper militó un par de años.

También septuagenario, el pianista George Cables parece estar en otro lado, en el de un plácido lirismo que cautiva. Suya era la pieza dedicada a Mulgrew Miller, su colega fallecido hace dos años, que parecía conducirnos despacio, afortunadamente, a la otra vida o al cementerio, con ese toque de mano izquierda que parecía un suave reclamo de campanades a mort.

Realmente, todos parecen haberse guardado los egos en los bolsillos a la hora de tocar. Son un conjunto de  socios pero también un puñado de solistas, que circulan como una cosechadora bien engrasada recogiendo la mies de muchos años de siembra y empacándola con las técnicas más modernas.

Tal vez recordar que Billy Harper y George Cables estaban tocando juntos hace ya 42 años una pieza tan suntuosa como “Sir Gallahad”, con la que los Cookers cerraron el concierto, o la inquietante “Capra Black”, con la que lo abrieron; o que el trompetista Eddie Henderson y el batería Billy Hart, que nacieron con un mes de diferencia hace 74 años, compartieron  la rabiosa modernidad del Mwandishi de Herbie Hanckock en los años 70, pueda contribuir a explicar la cordial sintonía de este septeto de estrellas que brillan aún hoy con vigor. Y que dan una lección de cómo el jazz puede ser un encaje perfecto de piezas que se desprenden con libertad y desparpajo de cualquier estructura para volver a engarzarse en gozosas  e inesperadas armonías.

Gozosas, sí, porque a The Cookers les gusta jugar como niños con las armonías y los vientos, especialmente en las aperturas y cierres de algunas piezas que, como en el caso de “Croquet Ballet”, pieza entre el vals, lo afro y el swing firmada también por Harper como las dos piezas anteriormente mencionadas, acaban provocando la sonrisa del respetable. Hubo al menos un blues descarado, material de raíz siempre asociado al hard bop, que era obra del octogenario bajista Cecil McBee. Se llama “Slippin’ and Slidin” y fue hacia el final.

A la vuelta del solo del contrabajista, vaya usted a saber por qué, Henderson miraba repetidamente la hora. Weiss reiteró a lo largo del concierto que le subieran el volumen del monitor. Había más sensación de paso que de inauguración, bendito paso en cualquier caso. La verdad es que el sonido no estuvo a la altura del septeto protagonista, no es la primera vez que pasa en el Palau, hay que tomar nota. Y solo cubrieron poco más de medio aforo de la sala grande, aunque el cartel merecía más. Sin embargo, contaron con un espectador de excepción.

En primera fila estaba el nuevo alcalde, Joan Ribó, que en eso también ha marcado diferencias con su predecesora, a la que no se recuerda haber visto en un concierto de jazz. Y nadie se la imagina tampoco en un recital de Toti Soler y Gemma Humet, que es lo que escuchó Ribó justamente la noche de su toma de posesión, según pudimos comprobar quienes retamos junto al Muvim a la lluvia. Celebrémoslo com música, parece un buen eslógan para estos tiempos.

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