Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y yo no me encuentro bien - el Hype
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Hermosos y malditas

Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y yo no me encuentro bien

Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y yo no me encuentro bien

Hubo un año de mi juventud que lo pasé leyendo solamente a Nietzsche. Leí sus obras tempranas (El nacimiento de la tragedia, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Consideraciones intempestivas), leí su mejores obras (Humano, demasiado humano, La gaya ciencia), leí las obras que escribió tocando a la puerta de la locura al final de

Hubo un año de mi juventud que lo pasé leyendo solamente a Nietzsche. Leí sus obras tempranas (El nacimiento de la tragedia, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Consideraciones intempestivas), leí su mejores obras (Humano, demasiado humanoLa gaya ciencia), leí las obras que escribió tocando a la puerta de la locura al final de sus días (El ocaso de los ídolos, Ecce Homo).

Leí las traducciones de Sánchez Pascual en los libros de bolsillo de Alianza Editorial que costaban una cuarta parte de lo que cuesta hoy un disco de Bisbal. Leí –pues leía en el contexto de un doctorado a medio camino entre la filosofía moral y del derecho– los libros que tenían que ver con la transvaloración de todos los valores, la voluntad de poder y la genealogía de la moral: Mas allá del bien y del mal (acaso su prosa breve más brillante y más hermosa).

No es que no tuviera otra cosa que hacer, pues, justamente ese año temprano de mi vida, leía y me doctoraba mientras terminaba un servicio militar del que no me permitieron desertar y comenzaba a trabajar en la sucursal costera de una entidad financiera, a cambio de un salario cuya mitad entregaba a una Empresa de Trabajo Temporal; circunstancias, todas ellas, que me alejan espiritual y materialmente de la visión del mundo, de la universidad, del máster de la más maldita de las políticas madrileñas del espectro liberal.

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Ni siquiera a mí mismo, que siempre me he considerado un alelado al modo de Epimeteo –ese titán retardado–, se me escapaba la ironía de estar leyendo de forma concienzuda a uno de los tres filósofos que Paul Ricoeur tildó como filósofos de la sospecha (Marx, Nietzsche y Sigmund Freud), precisamente en el descanso que me procuraba la colaboración en tres de las instituciones más conservadoras de nuestro país: la banca, el ejército y la Iglesia, pues buena parte de la «mili» la pasé ayudando en la capilla del cuartel.

¡La Iglesia! Yo nunca he entendido a los hombres religiosos, pero menos aún he entendido a los ateos. Me considero un agnóstico optimista. He sentido el goce que descansa en la aceptación incondicional de lo real y siempre, incluso estos días en los que un médico explora mi cerebro en busca de un tumor cerebral, he permanecido feliz cuando la razón acumulaba un sinnúmero de motivos contra la esperanza.

Pero hablábamos de Nietzsche, de los bancos en la playa y del pasado.

Enjaulado en una celda de cristal externa al banco, para mayor comodidad del turista alemán, descubrí por mí mismo, mientras daba el cambio en el idioma que había aprendido para traducir a Hegel y a Kant, que hay tres formas elementales de leer mal a Nietzsche, y que la mía había participado en gran medida sino de dos, sí al menos de una de ellas.

Las tres formas elementales de leer mal a Nietzsche eran, de acuerdo con ese descubrimiento bancario y personal: leerlo de forma literal, leerlo como un filósofo convencional, leerlo demasiado joven.

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Godard, Hitchcock o Buñuel fueron algunos de los cineastas preferidos de Rosset.

Sí, yo había leído a Nietzsche siguiendo las directrices de un profesor para el cual Nietzsche se podía leer como a cualquier otro filósofo, esto es, como un filósofo convencional. Pero Nietzsche no es un filósofo convencional. De entrada, su formación elemental es la filología. Nietzsche vendió apenas 50 ejemplares de sus mejores obras, jamás fue profesor de filosofía, no tuvo ninguna influencia en su siglo, el XIX, pues su lectura se compartió apenas por un grupo muy disperso de jóvenes artistas con ansias de ser siempre modernos.

Nietzsche es un filósofo inquietante que habría de influir, sobre todo, en un tiempo que estaba por llegar. Vislumbró con estremecedora clarividencia el horror del siglo XX y anticipó una suerte de nihilismo vacuo y un relativismo sobre el que descansa gran parte de una posmodernidad que ni siquiera hoy –los días de Jeff Koons, Sorrentino y Donald Trump–se asume como tal.

Uno tuvo la intuición temprana de que una forma válida de leer y entender a Nietzsche sería aquella que no perdiera de vista la forma en que hablaba del lenguaje (otro de los grandes temas del siglo XX). Hay profesores que piensan que Nietzsche escribía aforismos debido a su frágil estado de salud. Dejando a un lado el error muy evidente de considerar el género de Lichtenberg o Canetti como fácil, lo bien cierto es que Nietzsche cultivó distintos estilos, desde los más sistemáticos, a los más poéticos, de los más discursivos a los más fragmentarios, pero lo hizo siempre con una plena conciencia del lenguaje (están los que creen que el lenguaje es solo un medio para decir cosas interesantes, y los que aprecian el interés en sí mismo del lenguaje); con todo, es cierto que fue un maestro del aforismo y él mismo se reivindicó como tal.

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Hablábamos de las lecturas imposibles de Nietzsche, de lecturas sin filtro (de Colli, de un Deleuze o un Klossowski) o con filtro malo. De las tres lecturas lamentables, la peor, según lo veo, es una variante de la vía literal y es quizás la más peligrosa y extendida: esta lectura interpreta, de acuerdo con ídolos y valores ya conocidos, conceptos como el de superhombre (Übermensch es, en realidad, quien supera los valores recibidos, no para negarlos sino para crear otro mejor), se debe mucho a la malicia de su hermana Elisabeth Förster-Nietzsche y ha dado lugar a una visión ¡nada más y nada menos que proto-hitleriana del pensador de Röcken! Lecturas que olvidan las exigencias de la poesía de la auto-descripción, la posibilidad abierta al hombre que sobrevive a Dios de darse a sí mismo su propio valor…

Al otro lado del espectro, una lectura de Nietzsche que me pareció pronto muy interesante fue la que hizo en La fuerza mayor el filósofo francés Clément Rosset.

La muerte de Clément Rosset hace unos días me sorprendió viendo Thelma, un filme de Joachim Trier, en él casualmente había reparado en medio del silencio de la sala en los ecos que la actitud afirmativa de su protagonista guardaba con la lectura que de Nietzsche hizo el filósofo francés: superación de los prejuicios morales, religiosos y metafísicos, particular tránsito de Cristo a Dionisio, visión del deseo no como carencia sino como afirmación, como producción (deseo como generador de las cosas).

Si se sortea el peligro de la literalidad (para leer Así habló Zaratrusta hace falta un diccionario de metáforas y un atemperador de hipérboles), el peligro de leer demasiado joven a Nietzsche es que a determinadas edades no se puede comprender en qué consiste el sentimiento trágico de la vida, o dicho de forma más precisa, no se puede separar la tragedia del pesimismo (su contrario). Tampoco se entiende el goce de vivir, pues es propia de la juventud la necesidad de su contracara: la idolatría del doble o de los ídolos.

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Los libros de Nietzsche son batiscafos para explorar la salud del alma humana, en la profundidad de la cultura. En Ecce Homo, su texto autobiográfico, Nietzsche se reivindica como primer filósofo trágico, es decir, como alegre mensajero, enemigo mortal del filósofo pesimista. Rosset, mensajero del mensajero que se consideró «dinamita», murió en París tras años de pensar entre la música y el insomnio. Entre sus ideas principales destacan las reflexiones sobre cómo el descrédito de lo real desemboca en una suerte de doble. La incapacidad de aceptar nuestro destino, la condición trágica de vivir se integra en una línea filosófica que siempre he sentido cercana: Lucrecio, Montaigne, Spinoza, Hume, Rorty.

En las páginas que dedicó a Nietzsche, enfrenta la vitalidad del alemán al pesimismo de Cioran: uno no está conforme con la visión que del rumano hace Rosset, pues siempre consideró al autor de La tentación de existir un humorista y un esteta (un formato del narcisismo que es una forma de vitalidad). Para Rosset, el conocimiento de lo trágico nos conduce a la alegría y el gozo de vivir es una consecuencia de la muerte irremediable.

A la muerte de Rosset se ha unido estos días la muerte sorpresiva, incomprensible e irremediable de un joven amigo al que muchos admirábamos por su inteligencia, su carácter alegre y su curiosidad intelectual: Vicente Montesinos. Esta entrada trágica y alegre se la dedico a él.

Hermosos: chistes de Woody Allen (el del título).

Malditas: ETT.

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