Demencial, querida Watson - el Hype
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Hermosos y malditas

Demencial, querida Watson

Demencial, querida Watson

El Premio Donostia 2015 ha ido a parar a las manos de Emily Watson. Nosotros que queríamos tanto a Watson, nos acordamos, sobre todo, de sus manos de criada y de la sociedad de clases, un modelo demencial de sociedad, tal como vimos en Gosford Park. El Premio Donostia es un premio cinematográfico de carácter

El Premio Donostia 2015 ha ido a parar a las manos de Emily Watson. Nosotros que queríamos tanto a Watson, nos acordamos, sobre todo, de sus manos de criada y de la sociedad de clases, un modelo demencial de sociedad, tal como vimos en Gosford Park.

El Premio Donostia es un premio cinematográfico de carácter honorífico que se entrega en el transcurso del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Se creó en 1986 (entonces se otorgó a Gregory Peck) y este año lo han recogido las manos de Emily Watson.

Emily Watson (en adelante Watson) nació en Islington, municipio de Londres, comenzó como actriz de teatro y tras ingresar en la Royal Shakespeare Company se estrenó en el cine con Rompiendo las olas (1996), el falso milagro cinematográfico de Lars von Trier.

Watson en Gosford Park

Watson en Gosford Park

Watson nos gustó mucho en The boxer (Sheridan, 1997), en la adaptación de Vladimir Nabokov La defensa Luzhin (Gorris, 2001) y todavía nos reímos como tontos con Trixie, ese rarísimo film de Alan Rudolph, en el que, junto a Watson actuaba Brittany Murphy aquella joven actriz adicta a la muerte prematura de la que uno estuvo también prematuramente enamorado.

Sí, nos reímos con Trixie Zurbo, pero para mí las manos de Watson serán siempre las manos que, cansadas de limpiar basura física y moral, sostenían lúcidamente un cigarrillo en el cuartito de servicio del mejor film coral de Robert Altman, Gosford Park, un fresco del sistema de clases en la Inglaterra de los años 30, que incluye crimen de clase à la Agatha Christie.

Robert Altman y su discípulo Alan Rudolph componen junto a Alfred Hitchcock, John Carpenter, Andrei Tarkovski?, Werner Herzog, Luis Buñuel, Ingmar Bergman, Woody Allen y François Truffaut la heterogénea y personalísima nómina de mis 10 directores de cine preferidos.

A pesar de lo que decía esta semana, aquí en el Hype, el actual director del IVAM, la moral sí tiene cabida en la expresión artística, sobre todo si se incluye en el listado de artes, el cine, el teatro y el resto de la literatura. La moral no es necesaria (es prescindible), pero a veces cabe para componer complejas y contradictorias piezas de arte; sin ella, lo advirtió Borges, nos quedaríamos sin una nómina interminable de obras y escritores. No es una moral salvífica, puritana, ni de santos sino una moral llena de ambiguedades. Y es por ella, que apreciamos desde el pesimismo alegre de Beckett a la integridad golpeada del detective de Raymond Chadler, así, regresando a Altman, en ese estudio del detective decente y con gato en una sociedad de gente egoísta y desleal que fue Un largo adiós.

Nina Van Pallandt y Elliot Gould en The Long Goodbye

Nina Van Pallandt y Elliot Gould en The Long Goodbye

La película Gosford Park con hermoso guión de Julian Fellowes, basado en una idea de Altman y Bob Balaban, es el mejor retrato cinematográfico (junto a La gran ilusión de Jean Renoir) de la sociedad de clases y uno ha creído leer entre las líneas de Altman-Fellowes la inquietante conclusión de que nos inspiran menos los sabios que los idiotas y que no hay una clase mejor que aquella que nace de la aristocrática conciencia de la generosidad, esa que en Gosford Park se crea entre las penas de las criadas que bajan las escaleras.

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Como sabrá el lector, un sistema de clases es una de las formas de estratificación social, en la que la posición de una persona se determina mediante la adscripción a una clase desde su nacimiento. Durante las tres primeras décadas del siglo XX, un grupo social servía a otro sólo por el hecho de haber nacido arriba o abajo. En Inglaterra, sociedad un poco más clasista que la española, un estudio de la BBC, la London School of Economics y la Universidad de Manchester contabilizó hace bien poco 9 clases sociales.

Upstairs...

Upstairs…

La sociedad española es rara: si conocer personalmente a un escritor daña seriamente al vicio de leer, conocer de cerca a un aristócrata le empuja a uno a organizar la revolución de octubre. También sucede al revés: cuando tropiezas con gente que, como en las series de Tele 5, presume de bajeza y zafiedad. La sociedad británica, aunque no grita ni se interrumpe tanto al conversar, se parece a la española en que está definida por una élite opulenta y una clase que apenas subsiste con la ayuda del Estado. La clase social analizada por Engels o Marx sigue siendo una forma de estratificación (aunque no se tenga siempre conciencia de ello): un desdibujado grupo de personas comparte una característica que los vincula socialmente por su poder económico, o como en Gosford Park por su función social.

Hay clases... y clases

Hay clases… y clases

Hoy se habla poco de clases (aunque parece claro que hay diferentes clases de existencia: las duras y las desahogadas) y nadie reconoce pertenecer a una clase baja (aunque de hecho padezcan las inseguridades, privaciones y carencias características de la vida downstairs); la gente dice ser de clase media o trabajadora. En realidad es porque han recurrido al capital familiar, a las redes de solidaridad inmediatas, o a liquidar los ahorros duramente conquistados por el trabajo de sus padres.

... downstairs

… downstairs

La crisis financiera que siguió a la quiebra de Lehman Brothers ha significado, entre otras cosas, el aumento de la desigualdad y la proliferación de trabajos serviles o premodernos. Todo se ha polarizado y los de arriba han subido mientras que los de abajo tienen miedo de perder su sótano. Si unimos al precariado todos los involuntariamente excluidos del mercado laboral obtenemos la clase social más numerosa.

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El film de Altman captó toda la oscura profundidad de ese universo (desigualdades y luchas de la servidumbre o la inmoralidad insoportable del dueño de la mansión), jugó con la farsa y las apariencias (el actor camuflado como criado). Allí nuestra querida Watson interpretó su mejor papel, el de Leslie. Gosford Park dibujó un cuadro demencial de idas y venidas, sobre todo de señores de arriba buscando torpemente a las mujeres de abajo. Ahora todo resulta exagerado y los de arriba, expertos en esas lides, no tienen que molestarse ni en bajar.

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