El Simon Boccanegra de Giuseppe Verdi, estrenado en Venecia en 1857 y revisado para La Scala en 1881, representa uno de los picos de madurez del compositor. Nacida de un libreto de Francesco Maria Piave (revisado por Arrigo Boito para la versión de 1881) inspirado en un drama de Antonio García Gutiérrez, la ópera fusiona intriga política genovesa con un drama filial de hondo lirismo, donde el barítono protagonista encarna el conflicto entre poder y paternidad.
Musicalmente, destaca por su orquestación oscura y densa, el famoso Concilio de Génova de 1300 con su coral polifónico y arias como el «Il lacerato spirito» de Fiesco, que Verdi refinó para intensificar la dimensión introspectiva. Esta partitura, menos espectacular que otras de Verdi, pero de mayor hondura psicológica, explora la memoria traumática y el peso del pasado en un mundo corsario y republicano como pocas obras del compositor han logrado en su larga carrera.

Prólogo de Simon Boccanegra © Michele Crosera.
La nueva producción del Teatro La Fenice, estrenada durante los días del célebre Carnaval veneciano y firmada por Luca Micheletti, propuso una clave de lectura declaradamente mental y simbólica, transformando el escenario en una «habitación de la memoria» poblada de espectros y epifanías del pasado, con muros de cemento en bruto, un mar pintado en filigrana que reaparece en frescos obsesivos y ambientes que evocan el interior de una nave, aunque concebidos como espacios psíquicos. Todo sostiene una visión en la que el drama político se entreteje con fantasmas privados: un Simon Boccanegra casi ibseniano, suspendido entre concreción y metafísica.

Alberto Comes y Simone Alberghini en el prólogo de Simon Boccanegra © Michele Crosera.
La sobriedad inicial —escenografía de Leila Fteita, iluminación expresionista de Giuseppe Di Iorio y un elegante vestuario atemporal de Anna Biagiotti, que va de armaduras medievales a cilindros decimonónicos— resultó eficaz para amplificar el mar como eco simbólico verdiano. Sin embargo, la dirección escénica pensada por Micheletti incurre con frecuencia en simbolismos redundantes que distraen del fluir dramático, generando confusión especialmente en espectadores sin conocimiento previo de los pormenores narrativos.
La figura recurrente de Simone anciano al inicio y joven al final funciona como doble del protagonista, materializando su conflicto interno, pero satura la escena con referencias explícitas que lastran el discurso teatral. De modo análogo, la aparición insistente de la hija niña como fantasma no solo explicita lo implícito en la partitura, sino que fragmenta la progresión lineal, privilegiando recapitulaciones visuales sobre la tensión orgánica perfecta del libreto y de la dramaturgia verdiana. Estos «esqueletos en el armario» se vuelven así demasiado literales, rompiendo la autonomía narrativa de la música y diluyendo el impacto de momentos clave como por ejemplo el reconocimiento de Amelia.

Sara Cortolezzis y Simone Piazzola en el primer acto de Simon Boccanegra © Michele Crosera.
Renato Palumbo dirigió la partitura verdiana con un tinte oscuro y tempi dilatados, otorgando a la partitura un aliento fúnebre que subraya el destino inexorable de Simone, como un réquiem implacable, mientras la Orquesta del Teatro La Fenice respondió con disciplina e intensidad, sin sobreponerse jamás a la voz.
Lo que resultó menos lograda fue la manera como el director se acercó a los momentos más dinámicos, a veces simplificando demasiado la rítmica de las estructuras orquestales, con esto restándoles la justa intensidad y delicadeza

Sara Cortolezzis en el primer acto de Simon Boccanegra © Michele Crosera.
Simone Piazzola ofreció un Boccanegra sólido y musicalmente centrado, aunque previsible y sin demasiados matices. Algo similar ocurrió con el Fiesco de Alex Esposito demasiado truculento y autoritario y seguramente de fuerte impacto escénico pero incapaz de evidenciar de forma efectiva el envejecimiento de treinta años del personaje al inicio del primer acto después del prólogo.
Bastante más logrados estuvieron los personajes jóvenes: Francesco Meli consiguió un Adorno brillante y generoso y destacó como hizo también, la soprano Sara Cortolezzis, llegada in extremis para sustituir a Francesca Dotto como Amelia, con una prestación excelente gracias a una voz cálida, expresiva y segura en el centro (idónea para el papel) y una actuación teatral que convenció por su sutileza y emotividad, elevando la dimensión lírica de la hija perdida.
Completaron con eficacia el reparto Simone Alberghini, en el papel nada secundario de Paolo, y Alberto Comes como Pietro, junto a una excelente prueba del Coro de La Fenice. Más allá de los excesos simbólicos y de ciertas irregularidades interpretativas, fue la partitura —servida con nobleza y sostenida por una Amelia de auténtica inspiración— la que terminó imponiéndose, recordándonos que en Simon Boccanegra la verdadera escenografía está siempre en la música de Verdi.






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