La isla de la Belladona acoge a un grupo de siete ancianos, cuidados por una joven. Gaëlle (Nadia Tereszkiewicz), de 30 años, los protege con el mismo mimo que una madre, alimentándolos y acompañándolos, al tiempo que intenta alejarlos de cualquier actividad que los ponga en peligro. La calma de este lugar aislado, irreal, distópico, se verá alterada de forma significativa, pero amable, por la llegada de tres personajes en velero, hermano y hermana (Dali Benssalah y Daphné Patakia) y la hija de esta. Como ya se puede deducir, la estructura del relato es propia de un cuento de hadas; los números son simbólicos, siete, tres… y al final de la cuenta, tampoco falta la moraleja en esta historia íntima y a la vez social, de una actualidad innegable.
Otra mirada a la vejez
La directora Alanté Kavaïté (El verano de Sangaïle, 2015), coguionista de La torre de hielo (Lucile Hadzihalilovic, 2025), reflexiona sobre la vejez cuestionando ese rasero igualador que convierte a las personas mayores en un colectivo indistinto. A lo largo de su película, intuimos que las vidas del grupo han tenido un pasado diferenciador, que les ha unido el deseo de vivir fuera de un sistema represivo, en libertad, pero no será hasta que los extraños pongan el pie en la playa cuando los conozcamos realmente. Sus rasgos los definen entonces, mientras que en el primer acto eran personajes débiles, a los que Gaëlle llevaba la comida en termo y cuidaba como plantas en un invernadero. Cada uno tiene un carácter distintivo: Anna (Miou Miou), la aguda introspección; el humorista Pierre (Patrick Chesnais); el artista Olivier (Jean-Claude Drouot); la hermosa y coqueta Evy (Alexandra Stewart); François (Féodor Atkine), que se expresa corporalmente; André (Joël Cudennec) y su gula; y Yona (Claire Magnin) es la Penélope del grupo, tejiendo y destejiendo. A través de metáforas e imágenes sugerentes, la directora transmite su empatía, inclinando el filme hacia la poesía de un modo particular sobre el realismo aparente.
Entre propios y extraños, se sitúa la infatigable Gaëlle, solícita, amorosa, pero sobre todo temerosa. La protección de sus ancianos a toda costa es su misión, hasta el punto de que ha llegado a ignorar sus propios deseos. Kavaïté muestra sus rutinas, que ejecuta sin fatiga, su ropa, que ha convertido en uniforme, como un duende que revolotea del huerto al gallinero. Vivir más, muriendo cada día, o brillar hasta el último momento es el dilema que se extiende a lo largo de la película, exponiendo el derecho que tenemos a decidir en el lugar de quienes han perdido la fuerza y, a veces, la mente, pero que todavía conservan su propia personalidad, el deseo, el ansia de expresarse libremente.

Foto: © Les Films d’Antoine. Estrella Productions Belladone.
Un reparto legendario y el talento de Nadia Tereszkiewicz
Todo el reparto de La isla de la Belladona brilla en su vejez, de un modo también metacinematográfico, no podemos olvidar quiénes fueron en el pasado y cuánto les admiramos, qué representaron para el cine en sus momentos de máximo esplendor, la transgresora Miou Miou en los setenta, la bellísima Stewart, desde la Nouvelle vague, por ejemplo, y con ello la directora rentabiliza sus propias carreras enriqueciendo un filme que sería bien distinto con un reparto anónimo. Pero entre ellos, la presencia de Nadia Tereszkiewicz se alza como una presencia imponente y también inquietante.

Foto: © Les Films d’Antoine. Estrella Productions Belladone.
La dotadísima actriz, galardonada con el César a la actriz más prometedora en 2023, por La gran juventud (Les Amandiers, Valeria Bruni Tedeschi, 2022), ha trabajado bajo la dirección de grandes nombres como Arnaud Desplechin, Stéphanie Di Giusto, François Ozon o Robin Campillo y ha dejado de ser una promesa del cine francés para establecerse con la solidez de un talento confirmado, con más de 29 películas en su joven carrera. La actriz combina la candidez con el misterio y la inexplicable determinación que expresa con su particular mirada, entre la ausencia y la fijación. Tereszkiewicz transmite una hondura natural, es capaz de transformarse en una mujer barbuda creíble y bella, por lo que su Gaëlle resulta pan comido para una intérprete de su talla. La interacción con el resto del reparto es impecable, aunque acuse, como el resto de la producción la excesiva morosidad de un ritmo innecesariamente pausado en la última parte, donde también son evidentes los ecos de El festín de Babette (Gabriel Axel, 1987), es una lástima que la tentación de solemnidad desequilibre en el final un filme cuyo mensaje queda meridianamente claro desde el inicio.






Nadie ha publicado ningún comentario aún. ¡Se tú la primera persona!