La llegada de Evgeny Kissin al Teatro La Fenice, en un concierto extraordinario que celebra los diez años de Musikàmera, se inscribió este año en un contexto singular: mientras uno de los grandes nombres del piano contemporáneo que encarna la madurez de una tradición, la ciudad acogió también el nacimiento del VeneziaPianoFestival, iniciativa de la Fondazione Amici della Fenice. Dedicado en esta primera edición a Frédéric Chopin y abierto a jóvenes intérpretes en algunos de los espacios históricos más emblemáticos de Venecia, el festival funciona casi como un espejo en el que mirar, en perspectiva, trayectorias como la de Kissin: la de un niño prodigio que, desde sus tempranas apariciones junto a Herbert von Karajan, Valery Gergiev y Zubin Mehta, ha terminado por convertirse en una referencia indiscutible. Entre el impulso de lo naciente y la autoridad de lo consagrado, Venecia ofreció así el marco ideal para escuchar, con oídos renovados, a uno de los últimos herederos de la gran tradición pianística que no visitaba la ciudad lagunar desde el lejano 1988, cuando, acompañado por el director Vladimir Spivakov, era tan sólo una joven promesa.
El concierto del pianista ruso se abrió con la Sonata n.º 7 op. 10 n.º 3 de Ludwig van Beethoven que puso de relieve, desde el inicio, una concepción firmemente asentada en la arquitectura. Kissin evitó contrastes excesivamente marcados y apostó por un equilibrio medido entre tensión y distensión. El “Largo e mesto”, núcleo expresivo de la obra, apareció contenido, casi recogido, con una dilatación temporal siempre vigilada donde vivió más la íntima continuidad del discurso que la dramatización episódica.

Evgeny Kissin. © Philip Andrukovich.
El grupo de mazurcas de Chopin (op. 27, 29, 35, 39 y 51), que siguieron en la primera parte la obra de Beethoven, supuso un cambio de atmósfera dentro de una línea coherente. Kissin trabajó con una paleta tímbrica refinada, rehuyendo cualquier acento folclórico explícito en favor de una intimidad pensativa. Sin embargo, es precisamente aquí donde su enfoque mostró algunos límites: la elegancia del sonido y el control del detalle no siempre se tradujeron en una verdadera elasticidad del fraseo, esa respiración interna indispensable para que Chopin alcance una dimensión plenamente emotiva y orgánica.
Lo que queda es la impresión de un pianista que mide, calibra y construye con una lucidez poco común, pero que en ciertos repertorios parece resistirse a ese leve abandono que convierte el discurso en algo verdaderamente palpitante.
Todavía más problemática resultó la Kreisleriana op. 16 de Robert Schumann. La opción por una visión unitaria, casi clásica en su control, fue sin duda deslumbrante, sin embargo, atenuó los perfiles más irregulares y visionarios de la escritura schumanniana. La claridad estructural fue incuestionable, así como el virtuosísimo, pero a costa de una cierta rigidez expresiva: lo que se echó en falta fue esa flexibilidad agógica capaz de dar vida a los bruscos cambios de carácter, a la inestabilidad emocional que constituye el nervio mismo de la obra.

Un momento del concierto de Evegeny Kissing en La Fenice © Musikamera.
La Rapsodia húngara n.º 12 de Franz Liszt cerró el programa con un virtuosismo plenamente dominado y nunca gratuito. Aquí, el control —marca distintiva de toda la velada— encontró su terreno más convincente: la progresión de la energía, la claridad de la articulación y la solidez técnica permitieron desplegar con eficacia tanto la dimensión espectacular como la lógica interna de la pieza.
Lo que queda es la impresión de un pianista que mide, calibra y construye con una lucidez poco común, pero que en ciertos repertorios parece resistirse a ese leve abandono que convierte el discurso en algo verdaderamente palpitante. En Beethoven y, sobre todo, en Liszt, esa distancia se vuelve virtud; en Chopin y Schumann, en cambio, deja entrever un margen expresivo aún por conquistar. El público, atento y caluroso, acogió la interpretación con entusiasmo y prolongó la velada con prolongados aplausos, a los que Kissin respondió con varios bises; en ellos, con un gesto más suelto y menos contenido, se dejó entrever una expresividad más directa y comunicativa.






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