«Everybody Digs Bill Evans», biopic sin jazz

En Cine y Series domingo, 15/02/2026

Aleix de Vargas-Machuca

Aleix de Vargas-Machuca

PERFIL

Everybody Digs Bill Evans, estrenada en la 76ª Berlinale, narra un episodio de la vida del legendario pianista de jazz (interpretado por Anders Danielsen Lie, también coproductor de la película), cuando la muerte de su bajista y alma gemela musical, Scott LaFaro, lo sume en una depresión y una catatonia artística.

El trío celestial que grabó dos de los discos fundamentales en la historia del jazz, durante sus conciertos en el Village Vanguard, acabó por un accidente de tráfico, y la carrera de Bill Evans se detuvo abruptamente. El director británico Grant Gee acomete su primera película de ficción tras su trilogía documental formada por The Gold MachinePatience (After Sebald)Innocence of Memories. Conocido por sus documentales musicales como Joy DivisionMeeting People is Easy, sobre Radiohead, aborda la crisis personal de Evans con saltos temporales de veinte años, marcados por diferentes opciones estilísticas. La alternancia del blanco y negro y el color —el primero, para los segmentos que parten de junio de 1961 en Nueva York y el segundo para los diferentes episodios hasta su muerte, en 1980—, con una fotografía remarcable de Piers McGrail, es el rasgo más destacado. Incluso, el tratamiento del color de alta saturación muestra a un Evans barbudo, recaído y débil, para acentuar exteriormente su deterioro.

Basándose en los hechos biográficos, con las debidas licencias, Gee filma el recorrido vital del músico hasta su recuperación, con el apoyo de sus padres, a pesar de su dependencia de la heroína y su compleja relación con su pareja, Ellaine Schultz (Valene Kane). La muerte es omnipresente en la película y en la vida de Evans, cercado por el accidente de su bajista, cuyas consecuencias en su propia vida son devastadoras, y el suicidio de dos seres próximos que, por el contrario, no vemos reflejados emocionalmente en el pianista.

La factura de Everybody Digs Bill Evans es elegante, con planos cuidados, inspirados en los maestros de la fotografía de los sesenta como Steve Shapiro, todos los interiores de Nueva York y el suburbio de Florida donde pasa una temporada recuperándose con sus padres jubilados son tan ilustrativos como las fotos de Lee Friedlander. Desgraciadamente, esos interiores resultan decorados, nunca nos hablan de Bill, solo de los demás, de hecho, poco nos habla de él.

Le hemos visto escaparse de noche para ir a un tugurio a colocarse, luchar contra el síndrome de abstinencia, jugar al golf con su padre y su hermano, charlar de noche con su madre, salir a tomar cervezas con su progenitor y, sin embargo, el admirado actor noruego Anders Danielsen Lie no puede transmitir lo que no se le ha encomendado.

Anders Danielsen Lie, Bill Pullman y Barry Ward en la rueda de prensa de Everybody Digs Bill Evans, en la 76ª Berlinale.

Anders Danielsen Lie, Bill Pullman y Barry Ward en la rueda de prensa de Everybody Digs Bill Evans, en la 76ª Berlinale.

La frialdad y falta de profundidad del personaje que debería sostener la película es notoria y deja un sabor de decepción, más evidente aún por contraste con la aguda construcción del personaje de su padre, que además Bill Pullman encarna con enorme solidez. La madre del pianista le plantea un símil afirmando que la pausa también es parte de la música, pero la pausa que nos describe Grant Gee es puro silencio post traumático, revelado en los momentos en que Evans es incapaz de tocar o en que recupera la música. El personaje que pena a lo largo de una hora y cuarenta y dos minutos podría ser tanto un músico como un arquitecto, porque su personalidad no está descrita a través del arte sino de las acciones.

No conocemos su mundo interior, su relación con LaFaro o con su hermano (interpretado por Barry Ward), ni lo que es más importante: un carácter que debería estar marcado por la música. En ningún momento se nos revela un alma de artista, un proceso creativo o de bloqueo (solo el resultado), ni la forma en que Bill Evans vive la música, la integración en su vida y sus exigencias, la felicidad o la tiranía adheridas a la genialidad.

Everybody Digs Bill Evans es una película elegante, sobriamente interpretada, fotografiada y narrada, pero es una biografía en la que el biografiado está ausente y no hay jazz.

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